Una efectivo del UME consuela a una vecina de Piedralaves tras quemarse la casa de su padre durante el incendio de Burgohondo.

Una efectivo del UME consuela a una vecina de Piedralaves tras quemarse la casa de su padre durante el incendio de Burgohondo. Fernando Sánchez / Europa Press

Entreclásicos

Maestros de resiliencia: reflexiones de un estoico ante los incendios

Marco Aurelio y Séneca plantearon ideas que pueden aportar esperanza a las víctimas de la tragedia que cada verano azota España.

"Dondequiera que haya un ser humano, hay una oportunidad para la bondad", afirmaba el filósofo de la Córdoba romana.

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La posteridad ha convertido a los estoicos en maestros de resiliencia. No es una interpretación arbitraria o inexacta, pero la filosofía estoica es algo más que la simple capacidad de reinventarse tras una catástrofe. Ahora que no dejan de publicarse antologías de Séneca, Marco Aurelio y Epicteto, no está de más especular qué clase de reflexiones les habrían inspirado los incendios de este verano.

Muchos hemos soñado con vivir en mitad del bosque, rodeados de árboles y animales silvestres, pero el cambio climático y el descuido de los montes han transformado esa fantasía en una trampa aterradora.

La separación entre el hombre y la naturaleza se agranda cada vez más, lo cual propicia los sentimientos de soledad y desarraigo. El paraíso cada vez está más lejos y el infierno no se parece al noveno círculo del infierno de Dante, un lago helado, sino a una hoguera inextinguible. ¿Qué dirían los estoicos de este momento histórico? ¿Qué nos aconsejarían para superar la sensación de fracaso y el miedo al futuro?

La popularidad de los estoicos nace de la convicción de que su filosofía es una inmejorable lección para afrontar la adversidad. Esa impresión suele pasar por alto que la filosofía estoica preconiza la serenidad a partir de una visión metafísica difícil de asimilar para la sensibilidad contemporánea.

Según el estoicismo, no existe el azar. El universo es totalmente racional. Gobernado por un Logos, a veces simbolizado mediante la imagen de un fuego eterno, todo obedece a una causa. No hay acontecimientos absurdos o superfluos. Es un error describir las catástrofes naturales, las epidemias, las guerras o las hambrunas como fatalidades. Cada evento forma parte de la economía secreta del cosmos.

La naturaleza y la historia son el escenario donde se despliega el plan del Logos, una fuerza divina, y rebelarse contra sus designios es tan ridículo como desafiar a la razón. El sabio sabe que todo es fruto de la necesidad y acepta las desgracias con entereza, pues entiende que nada es gratuito, injusto o innecesario.

El grado más alto de la sabiduría se alcanza cuando amamos indistintamente todo nuestro pasado (amor fati), incluidas las experiencias más infaustas, como la pérdida de un ser querido, la ruina material o la enfermedad.

Siglos más tarde, el cristianismo modificó ligeramente este argumento, transfiriendo a Dios los rasgos del Logos. Hegel ensayó una nueva variación, sustituyendo a Dios por el Espíritu.

No creo que estos argumentos proporcionen consuelo a las familias que han perdido sus hogares por culpa de las llamas. ¿Se puede amar la imagen del fuego destruyendo tu casa? ¿Se puede sostener seriamente que las ruinas, las cenizas y las vidas perdidas forman parte de un plan racional? ¿Alguien está dispuesto a suscribir la idea de que el sufrimiento es un elemento necesario para preservar la armonía del universo?

El estoicismo aconseja moderar las pasiones para minimizar el sufrimiento. En sus versiones más radicales, aplica este principio a la compasión. Afligirse por las desgracias ajenas es tan irracional como apenarse por los infortunios personales. El sabio entiende que el dolor es necesario y lo afronta con imperturbabilidad.

Séneca y Marco Aurelio no comparten esa perspectiva. Ambos elogian la entereza, pero también abogan por la compasión y la indulgencia. Séneca es uno de los pocos filósofos romanos que reprueba la esclavitud y condena la barbarie del circo, con su orgía de sangre inocente y su desinhibida crueldad con los humanos y los animales. Marco Aurelio recomienda ser indulgente incluso con los que nos ofenden, pues obran por ignorancia y no por perversidad.

Los incendios de este verano nos han enseñado que la compasión no pretende impugnar la razón, sino corregir los desequilibrios provocados por el azar, la negligencia o la maldad. Las imágenes de los refugiados en polideportivos, pabellones y escuelas resultarían intolerables sin los gestos de solidaridad de los vecinos y las acciones heroicas de los voluntarios y profesionales que han asumido la protección de las víctimas y la lucha contra el fuego. Presuponer, como hacen los estoicos, que todo obedece a una causa necesaria, nos llevaría a conclusiones aberrantes, como justificar la Shoah, la bomba de Hiroshima o cualquier dictadura.

La serenidad es sin duda una virtud, pero si su realización implica prescindir de la compasión, se transforma en una frialdad deshumanizadora. Así lo entendió Marco Aurelio, que aconsejó proscribir la ira, cultivar la comprensión y colaborar con nuestros semejantes. "No hay nada humano en la rabia. Son la cortesía y la bondad lo que definen a un ser humano", leemos en las Meditaciones.

"Debes vivir para el prójimo si quieres vivir para ti mismo". Séneca

Séneca desarrolló aún más estos planteamientos, formulando máximas donde se aprecia una gran afinidad con la moral cristiana, lo cual explica que circulara la leyenda de que había intercambiado epístolas con Pablo de Tarso. "Dondequiera que haya un ser humano, hay una oportunidad para la bondad", escribe el filósofo nacido en la Córdoba romana. "Debes vivir para el prójimo si quieres vivir para ti mismo", prescribe con su prosa elegante y precisa.

Pienso que estas frases sí pueden reconfortar a las víctimas de los incendios. En cambio, la idea de que la adversidad fortalece el espíritu y templa el carácter no aliviará al hombre de hoy, demasiado hedonista para concebir el sufrimiento como una oportunidad de superación y crecimiento personal. "Nadie me parece más desdichado que aquel a quien nunca le sucedió nada adverso; no ha tenido oportunidad de probarse", escribe Séneca. No es una reflexión afortunada, pues no hay nada reprobable en derrumbarse ante la adversidad.

Sin embargo, no hay que conceder al dolor el poder de destruirnos. Frente a una tragedia, conviene poner en práctica la máxima de Marco Aurelio: "Tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos. Date cuenta de esto y encontrarás la fuerza".

Nadie elige perder su hogar o a un ser querido, pero sí podemos escoger cómo afrontar esa desgracia. Después del estupor inicial y el inevitable pesar, lo mejor y más inteligente es intentar aplacar la frustración con nuevas ilusiones y proyectos. Hay que mirar hacia adelante. Una vida siempre puede reconstruirse.

El mejor homenaje a lo que amamos y a veces perdemos es trabajar por un mañana donde el presente, el porvenir y la memoria, lejos de excluirse mutuamente, caminen de la mano, movilizando todos sus recursos.

Los estoicos recomendaban no atribuir mucha importancia a las cosas materiales. Ciertamente, el desapego nos hace más libres, pero un hogar es algo más que un bien material. Entre sus muros, se forjan sueños y se viven momentos que no merecen ser pasto del olvido. El fuego no devuelve lo que reduce a cenizas, pero —como advierte Marco Aurelio— la mente puede llegar a ser una fortaleza inexpugnable y nos permite renacer incluso de las cenizas.

La filosofía estoica es hija de su tiempo y algunas de sus enseñanzas se han quedado desfasadas, pero nos ha dejado algunas reflexiones de gran valor, como que la felicidad depende de la calidad de nuestros pensamientos. El pesimismo y el desaliento son los peores compañeros en la adversidad. En cambio, una serenidad trufada de compasión es un campo fértil donde crece la esperanza.

Ojalá las víctimas de los incendios logren desarrollar la fuerza necesaria para rehacer sus vidas y solo recuerden de estos días la generosidad y cariño que les han proporcionado todos los que han acudido a prestarles ayuda. "Los hombres han nacido los unos para los otros", escribió Marco Aurelio. "Quien no ama a sus semejantes, no cumple con la función para la que fue creado". El dramático verano de 2026 solo ha corroborado que estas sentencias, alumbradas hace 1850 años, no son cavilaciones puntuales, sino verdades eternas y universales.