Lorenzo Silva.

Lorenzo Silva. Cristina Villarino

Entreclásicos

Lorenzo Silva: "El éxito es un arma de doble filo y a veces acarrea infelicidad"

El escritor reflexiona sobre su herencia militar, la novela negra como espejo de la desolación y el empeño de ser feliz en una sociedad marcada por la soledad y el desajuste de las expectativas.

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Hablamos con Lorenzo Silva en la terraza del Café Comercial. El verano ya comienza a calentar el asfalto y se agradece la sombra de unos toldos. Cerca de nosotros, un quiosco de prensa ofrece DVDs de ocasión y tres libros de bolsillo por tres euros.

Autor de noventa libros, finalista del Nadal, ganador del Premio Nadal, ganador del Premio Planeta y creador de la serie Bevilacqua y Chamorro, Lorenzo Silva ha conseguido el reconocimiento de la crítica y el apoyo del público.

Como no para de escribir y es relativamente joven, pronto superará los cien títulos, lo cual le convertirá en uno de los autores más prolíficos en lengua castellana. Al margen de todo eso, Lorenzo ha ejercido como abogado y, aunque comenzó a escribir con quince o dieciséis años, nunca pensó que tendría tanto éxito.

Pregunta. Perdone que entre directamente a matar. Parece un hombre feliz y optimista. ¿Es por el éxito o por otros motivos?

Respuesta. Intento ser un hombre razonablemente feliz. Creo que es algo en lo que uno se tiene que empeñar. O casi. Mejor lo diré al revés. Intento no ser innecesariamente infeliz. El éxito no me ha ayudado tanto en ese aspecto. El éxito siempre es un arma de doble filo y a veces acarrea mucha infelicidad. Me considero afortunado por haberme encontrado con personas que me han permitido ocupar mi sitio en el mundo. Eso es lo principal, sentir que uno está siguiendo su propio camino, que uno está en su lugar, que uno se está llegando a ser el que es, según la recomendación de Píndaro. Y eso es muy difícil. Creo que quienes hemos tenido la fortuna, el privilegio, me atrevería a decir, de poder hacer algo que coincide con nuestra vocación, debemos dar gracias todas las mañanas por haber sido distinguidos con ese destino, pues no muchas personas tienen esa fortuna.

P. ¿Significa eso que durante sus doce años como abogado no fue tan feliz como ahora?

R. Mi actitud existencial era la misma, pero en un contexto diferente. Procuraba no ser innecesariamente infeliz. La profesión de abogado tenía muchas cosas buenas. Me permitió pagar las facturas y sacar adelante a mi familia. Además, me ayudó a conocer a gente muy interesante. Personas a las que les iba muy bien o muy mal. Conocer esos contrastes siempre es enriquecedor para un novelista. Ser abogado también me permitió conocer mejor España y viajar por otros países. No era mi vocación, no era lo que yo quería ser, pero escogí ese camino como una forma de seguir adelante con la escritura, una actividad que no fue lucrativa hasta que pasó muchísimo tiempo.

P. ¿Le hubiera gustado ser Philip Marlowe? Creo que su encuentro con Philip Marlowe fue determinante para su elección de escribir novela negra.

R. Me hubiera gustado escribir como Raymond Chandler. Curiosamente, mi autor favorito al inicio de mi carrera literaria era Franz Kafka. Nunca he dejado de leerlo y creo que ha influido decisivamente en el sustrato más profundo de mi escritura. Pero Raymond Chandler fue el que me descubrió que la escritura que yo buscaba podía también florecer en esa especie de campo oscuro que es la ficción criminal. Y eso fue lo que me animó a escribir novela negra. Ya lo he dicho muchas veces y lo diré las que hagan falta. Escribo novelas policíacas por culpa de Raymond Chandler. Luego las novelas ya son culpa mía, pero el impulso se lo debo a él.

P. ¿Y qué opina de Dashiell Hammett? ¿También ha sido una inspiración?

R. Me parece un autor contundente, interesante, con un montón de alicientes, pero nunca he sentido el deseo de escribir una novela similar a las que surgieron de su mente. Esa sensación, que es una especie de raya que se cruza con muy pocos autores, solo la he experimentado con Chandler.

P. Si no me equivoco, es hijo y nieto de militares y su tío abuelo fue un guardia civil condenado a muerte por mantenerse fiel a la república.

R. Así es. Mi tío abuelo salvó el pellejo. Le conmutaron la pena, pero no volvió a formar parte de la Guardia Civil.

P. ¿Se planteó alguna vez ser militar profesional?

R. Sí, de niño. Yo vivía en una colonia militar y mi padre pertenecía al Ejército del Aire. La posibilidad de ser piloto me atraía mucho. Me parecía una alternativa con un plus de romanticismo. De hecho, empecé a estudiar el temario de la Academia General del Aire. Podría haberme presentado, pero se cruzó la literatura y descubrí que prefería ser escritor.

P. Los militares y los policías aún sufren muchos prejuicios. Le confesaré que cuando pienso en la Guardia Civil, lo primero que se me viene a la cabeza es el coronel Tejero pegando tiros en el Congreso. Sé que es un prejuicio injusto. ¿Cree que alguna vez lograremos que desaparezcan esos estereotipos?

R. Atribuyo esos prejuicios a la ignorancia y el desconocimiento. La ignorancia no siempre es disculpable, sobre todo en el mundo en el que vivimos, que es un mundo donde la información es bastante accesible. A veces hay que hablar de ignorancia deliberada, incluso de ignorancia militante. Sin embargo, también es cierto que los militares, por la naturaleza confidencial de su trabajo, a veces no han abierto las puertas suficientemente para que dejar correr el aire y facilitar la comunicación con los ciudadanos. También es posible que los medios de comunicación tampoco hayan hecho bien su trabajo. Es algo que percibo con mucha claridad en relación con los conflictos bélicos del presente que he abordado como periodista, reportero y novelista. Se ha informado de una manera muy superficial del trabajo de nuestros militares en Irak, Afganistán, Mali y otros lugares. Nuestro conocimiento de esas misiones es muy exiguo.

»Los medios de comunicación, los escritores y los directores de cine apenas se han acercado a la peripecia de estas personas. Nadie nos ha contado quiénes eran, qué hicieron, cómo vivieron esos acontecimientos. Se despersonaliza o caricaturiza a un estamento que muchas veces se ha caracterizado por un talante moderado y abierto. Mi padre empezó a ser militar en los años 50 y, en esas fechas, cuando este país era un país completamente cerrado sobre sí mismo, se trató con ingenieros estadounidenses. Se formó con un ingeniero que se oponía a la guerra de Vietnam y que había formado una familia con hijos para no participar en una intervención que desaprobaba. La experiencia de mi padre es la prueba de que en los 50 y los 60 había militares españoles en contacto con un mundo vetado al resto de la población. En el siglo XXI, la mayoría de los militares españoles han pasado por escenarios muy complejos, países en guerra con culturas muy diferentes a la nuestra. Eso ha abierto su mente y los ha obligado a aprender idiomas. Su visión de la realidad es mucho más rica y compleja que la de la mayor parte de la sociedad.

Se ha informado de una manera muy superficial del trabajo de nuestros militares en Irak, Afganistán, Mali

P. Las personas de cierta edad aún asocian el estamento militar a la dictadura franquista, pero incluso en esos años surgieron figuras como el general Manuel Díez-Alegría, un hombre muy culto que escribió el prólogo de la famosa biografía Lawrence de Arabia (1984), elaborada por el historiador Richard Perceval Graves. Díez-Alegría abogó por la reforma del régimen y tuvo una intervención decisiva para que las condenas de muerte del proceso de Burgos se conmutaran por penas de prisión.

R. No era el único militar ilustrado. José Aramburu Topete, director general de la Guardia Civil en la época de la Transición y, nada menos que excombatiente de la División Azul, puso todo su empeño en frustrar el golpe de Estado del 23-F. Incluso se desplazó al Congreso para ordenar a Tejero que se entregara, aunque no le hizo caso. Topete es el autor del texto más inteligente que he leído sobre las razones por las que la Guardia Civil no ha tenido una buena presencia en la literatura. Su análisis es digno del crítico literario más agudo.

P. ¿Por qué a los lectores les atrae el mundo de la novela negra, saturado de crímenes y desgracias? Parece que el sufrimiento de los demás ejerce un poder hipnótico.

R. Es cierto. Yo he leído con sumo interés ensayos sobre el frente oriental durante la Segunda Guerra Mundial, la caída de Bizancio y la conquista del Perú por Francisco Pizarro. Se trata de peripecias terribles, sobrecogedoras. Como escritor, yo no disfruto de la violencia, no disfruto del dolor, no disfruto de la crueldad, no disfruto del crimen. De hecho, mi aproximación al crimen como novelista está muy lejos de la fascinación. Estoy muy lejos de estar fascinado por los criminales, entre otras cosas porque los he conocido como abogado. He pasado por toda la gama de la tipología criminal: desde el simpático, inteligente y astuto de cuello blanco hasta el más normal, que suele ser un pobre diablo, más limitado que otra cosa. Y siento muy poca fascinación por ellos. Ciertamente, hay una atracción hacia la dimensión oscura de la condición humana, porque todos en el fondo somos conscientes de compartirla y tenemos en cierto modo que protegernos de ella. Y a lo mejor leyendo sobre crueldades ficticias, exorcizamos al posible demonio que habita en nuestro interior. Hay una ficción que se recrea en el dolor humano causado por el crimen, pero a mí no me interesa.

P. Algunas novelas negras hablan de la prostitución de menores, un asunto verdaderamente espeluznante.

R. En La innombrable, una novela que escribí conjuntamente con Noemí Trujillo, mi pareja en la vida real, diseccionamos esa horrible realidad. Las víctimas son siempre adolescentes vulnerables, chicas tuteladas, chicas pertenecientes a familias con graves problemas socioeconómicos o jóvenes confusas y desorientadas que pasan por un momento de desconexión con sus padres. La innombrable es la tercera novela de la serie de la inspectora Manuela Mauri. Noemí planteó con mucho acierto que diéramos voz a una de esas adolescentes captadas por las redes de prostitución. Por supuesto, a las víctimas de ese tráfico inhumano nunca les dicen que van a tener que vender su cuerpo a diario y realizar servicios repugnantes. Les dicen que van a ganar mucho dinero sin esfuerzo, que se van a poder comprar ropa y el último modelo de iPhone. Atraídas por ese cebo, se introducen sin darse cuenta en un mundo del que luego no pueden salir.

»La protagonista de La innombrable es una adolescente que ha fallecido y que toma la palabra en el prólogo y el epílogo. Yo no suelo utilizar esta clase de recursos. Suelo seguir las pautas del realismo, pero me pareció muy buena idea explorar la mente de la adolescente prostituida y atrapada en una especie de tela de araña. Pienso que en el fondo el lector interpreta la voz de ultratumba como el esfuerzo que hace la inspectora por recrear la voz de esa chica que ya conoce muerta. Ese esfuerzo, ya de por sí doloroso, no fue tan traumático como entrar en la mente de las personas que provocan la destrucción de esa chica. Desde la captadora hasta los hombres que le facilitan drogas y una falsa seguridad. Aunque no nos basamos en casos reales, sí tomamos datos de algunos casos, como el de esa chica de quince años en cuyo móvil aparecieron los nombres de más de cincuenta clientes. Para mí, el momento más difícil de la novela fue el interrogatorio de esos clientes, con sus inaceptables y falaces excusas. La mayoría se justificaba alegando que no sabía que la víctima era menor y, en un alarde de cinismo, aseguraban que en el fondo le hacían un favor, pues le pagaban bien por un encuentro que había discurrido en un ambiente muy relajado. La mente humana es experta en hacerse trampas para justificar lo injustificable y no asumir el daño que ha causado a los demás.

P. Dado que Noemí y usted son padres, pienso que tiene que haber sido muy duro escribir sobre el tema.

R. Sí que lo fue, pero es un problema tan grave que es necesario visibilizarlo para buscar soluciones. Antes los proxenetas buscaban mujeres exuberantes y explosivas de otras nacionalidades, pero ahora prefieren a españolas muy jóvenes, muchas veces adolescentes, pues es lo que demandan los clientes.

P. Mi experiencia como profesor de secundaria me permite decir que muchos padres desconocen el mundo en el que viven sus hijos. Muchos adolescentes apenas hablan con sus progenitores. Esa falta de comunicación favorece los abusos de todo tipo.

R. Una profesora de Murcia me contó que había recomendado la primera novela de la serie de Manuela Mauri, Si esto es una mujer, a sus alumnos de 4º de la ESO. Es una obra que investiga un homicidio y una trama de prostitución. La víctima es una prostituta de origen nigeriano que carece de vínculos en España y que, por tanto, se halla en una situación de extrema vulnerabilidad. Algunos profesores comentaron que Si esto es una mujer era una novela demasiado dura para alumnos de quince o dieciséis años, pero esa es la edad de algunas víctimas de las mafias que prostituyen a menores. Pienso que la literatura debe abordar temas relevantes, temas de interés social, y a los quince años ya se dispone de las herramientas necesarias para leer una novela que puede ayudar a no caer en las trampas de los proxenetas. Ocultar un problema no es la mejor estrategia para resolverlo.

P. ¿Por qué cree que hay tanta insatisfacción e infelicidad entre los adolescentes? Todos hemos leído historias sobre jóvenes con anorexia, bulimia y tendencias autodestructivas. ¿Qué estamos haciendo mal?

R. Quizás la raíz de estos problemas haya que buscarla en el hecho de que la sociedad nos invita a todos a vivir en una adolescencia interminable. Mis opiniones sobre esta cuestión no se basan en el análisis científico o sociológico, sino en la intuición y la experiencia. Durante los años en que trabajé como abogado, me topé con personas muy infelices, a pesar de disfrutar de éxito profesional y excelentes sueldos. Pienso que esa infelicidad está ligada en muchos casos a la soledad. El ser humano encuentra su regocijo en el ser humano. Si no disfrutas de unas relaciones humanas profundas, hondas, solidarias, gratificantes, leales, comprometidas, se puede decir que estás expuesto a la intemperie. Cualquier golpe puede ser intolerable, pues careces de un apoyo emocional sólido y sincero. Otra de las causas de la infelicidad es el desajuste entre las expectativas y la realidad. No se nos enseña a ceñir nuestras expectativas a la realidad. Siempre hay un espacio, un terreno de juego, donde podemos ser razonablemente felices. Sin embargo, muchas veces nos internamos en territorios que desbordan nuestras posibilidades, e inevitablemente cosechamos infelicidad.

P. ¿Cree que se nos enseña a ser felices?

R. Creo que se nos dan pinceladas, a veces muy someras, pero que nos pueden ayudar en ese difícil aprendizaje. Los padres, los profesores y, en general, cualquiera puede participar en ese proceso. Acompañamos un poco a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a nuestros vecinos. Esa compañía es una forma de neutralizar la sensación de soledad y de mantener a raya la infelicidad.

P. ¿Piensa que es posible neutralizar la soledad en una sociedad que fomenta la dispersión y el aislamiento? ¿No habría que invertir en afectos, cultivar más nuestra dimensión afectiva y social?

R. Invertir en afectos es una buena apuesta, pero no desde una perspectiva meramente transaccional. Hay que ser generoso y desprendido. No se trata de esperar algo a cambio, sino de cultivar la entrega, el sacrificio personal y el desinterés. Lo más humano es la solidaridad y lo hemos sustituido por dar un “like” en una red social. Esta clase de gestos impersonales están impidiendo que fluya el afecto verdadero. Pienso que urge recuperar los espacios de comunicación. No solo con la familia y los amigos, que muchas veces viven a mucha distancia y con los que solo contactamos digitalmente, sino también con las personas de tu barrio. Yo disfruto mucho cuando me invitan a un club de lectura de un barrio o un pueblo y me encuentro con 30 o 40 personas que no son parientes ni amigos, pero que construyen una red de afectos por medio de una lectura compartida.

P. Una última pregunta. Usted es lector de filosofía. ¿Piensa que es una buena herramienta para ser más felices?

R. Es una buena herramienta para reflexionar, descubrir, investigar. Siempre encontramos algo en los grandes pensadores. Algo sólido en lo que apoyarnos y que nos ayuda a desarrollar nuestro proyecto personal de vida. La filosofía, además, nos proporciona argumentos para soportar el aspecto más amargo de la existencia. Gracias a ella, resulta más fácil llegar a ser el que realmente somos.

P. Muchas gracias por esta conversación tan iluminadora.

R. Ha sido un placer.