El escritor Juan Gómez Jurado, durante la firma de uno de sus ejemplares, en la Diada de San Jordi 2025, a 23 de abril de 2025, en Barcelona, Cataluña (España). Foto: David Zorrakino / Europa Press

El escritor Juan Gómez Jurado, durante la firma de uno de sus ejemplares, en la Diada de San Jordi 2025, a 23 de abril de 2025, en Barcelona, Cataluña (España). Foto: David Zorrakino / Europa Press

Entreclásicos

Más dura será la caída: sobre el éxito y el fracaso en la república de las letras

En la sociedad capitalista, el libro solo es una mercancía y cada vez se consume menos. Las pantallas han desplazado al papel y muchas librerías están echando la persiana.

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Hace unos días, el superventas Juan Gómez Jurado comentó en sus redes sociales que solo había firmado seis ejemplares en la Feria del Libro de Vallecas después de tres horas en una caseta azotada por la lluvia. Imagino que el mal tiempo contribuyó a la escasa asistencia de lectores, pero esa amarga y rara experiencia -habitualmente, Jurado convoca multitudes- reflejó la verdadera faz de la profesión literaria, donde hay mucha penuria, bastante barro y poco glamur. Como señala Gómez Jurado, “esto es lo normal”. No le sucede solo a los que empiezan. De vez en cuando, los autores de éxito experimentan lo mismo que los autores minoritarios. Imagino que ese fenómeno irá a más.

En la sociedad capitalista, el libro solo es una mercancía y cada vez se consume menos. Las pantallas han desplazado al papel y muchas librerías están echando la persiana después de décadas, incapaces de competir con el creciente auge de lo audiovisual. La novela policíaca, la novela rosa y la novela histórica son los únicos géneros que disfrutan de un nivel de ventas que garantiza su continuidad, pero la poesía, la filosofía, la teología o las novelas que exploran el sentido -o el sinsentido- de la existencia solo despiertan un interés de una minoría que podría desaparecer en las próximas generaciones.

El libro aún suscita el fervor de los nostálgicos. Atrae al público que prefiere los vinilos a las descargas digitales, las salas cinematográficas a los gigantescos televisores con tecnología OLED o el cine en blanco y negro a las superproducciones en color saturadas de explosiones y llamaradas. El libro ya pertenece al universo del vintage o, si se prefiere, de la arqueología. En los apartamentos de cuarenta metros o en las autocaravanas que se utilizan más como viviendas, apenas hay espacio. Y el ritmo de vida de las grandes urbes, con horarios vertiginosos, apenas concede treguas para leer unas páginas. En los medios de transporte, los viajeros ya no llevan libros. Prefieren mirar el móvil o o disfrutar de una ocurrencia de veinte segundos en TikTok.

Donald Trump ha confesado que nunca ha leído un libro completo. Los negocios y la política absorben su tiempo y, para mantener su mente despierta, le sobran las doce latas de Coca-Cola Light que consume a diario. El ciudadano común muestra el mismo interés por la lectura. De las casi 90.000 novedades que se publican anualmente, la mitad regresa intacta a los almacenes. La media real de ventas está por debajo de los cincuenta ejemplares por obra. Se considera que un libro es un best-seller a partir de 10.000 ejemplares vendidos en un período de doce meses.. Ciertamente, estas cifras no dicen nada. Solo corrobora que vivimos en una sociedad de mierda, perdón, en una economía de mercado.

Hace tiempo que el valor de un autor no se mide por su ambición artística, sus logros formales o la profundidad de sus reflexiones, sino por el volumen de ventas. Si vendes poco, no apareces en los medios ni en los suplementos literarios, salvo que dispongas de algún contacto personal y se te conceda un trato especial. Los premios literarios deberían servir para hacer visibles a los autores de talento, pero solo cuatro despistados ignoran que están al servicio del mercado o la política.

Miguel Delibes, un gran escritor y una bella persona, rechazó el Premio Planeta, alegando que esa clase de galardones deberían estar reservados para los debutantes o para autores sin consagrar. Delibes era un caballero a la antigua usanza, incapaz de ignorar o humillar a un compañero con menos lustre o a un simple lector con el deseo de estrecharle la mano e intercambiar unas palabras. Desgraciadamente, ahora está de moda ser grosero, antipático, arrogante y desconsiderado. Desde hace tiempo, los premios literarios se otorgan a mentes huecas que han adquirido notoriedad en programas televisivos de gran audiencia. No contamos con figuras de la talla moral de Unamuno, la inteligencia de María Zambrano, la integridad de Julián Marías, la sensibilidad de Gabriel Miró, la creatividad de Carmen Martín Gaite, la profunda espiritualidad de Ernestina de Champourcín o la generosidad y el genio de Vicente Aleixandre.

El éxito de ventas nunca ha sido un criterio fiable para medir el valor de una obra. ¿Quién lee hoy en día a Fernando Vizcaíno Casas o a Alfonso Paso? ¿Quién leerá dentro de unos años a Juan del Val, Sonsoles Ónega o Megan Maxwell? Los grandes clásicos a veces han realizado una larga e ingrata travesía por el desierto.

Moby Dick, la monumental novela de Herman Melville, se publicó en 1851 y en los primeros cuatro meses solo vendió trescientos ejemplares. Melville murió cuarenta años después y, en ese período, las ventas apenas superaron las 3.000 copias. La mayor parte de la primera edición se destruyó para ahorrar el coste de almacenamiento. Melville solo ganó 556 dólares con su novela, una cantidad insignificante en relación al tiempo y el esfuerzo realizados. Esa suma equivale a unos 20.000 dólares de hoy en día. Quizás se advierta mejor el ridículo beneficio si se repara en que representó una ganancia de 500 dólares anuales.

Melville sostuvo a su familia con un modesto empleo de inspector de aduanas del muelle de Nueva York. Cuando murió en 1891, apenas se escribieron obituarios. La crítica y el público habían dictaminado que solo era un chiflado que había escrito una novela caótica e inquietante. En el siglo XIX, solo se valoraban las historias lineales, realistas y con un mensaje moralista. Moby Dick no comenzó a ser reconocida como uno de los grandes clásicos de la literatura estadounidense hasta 1920, cuando el simbolismo, el psicoanálisis y las novelas experimentales de James Joyce y Virginia Woolf introdujeron una perspectiva diferente.

¿Por qué escriben los grandes autores? ¿Por qué Melville siguió escribiendo, pese al fracaso y el desprecio de sus contemporáneos? No hay que buscar explicaciones esotéricas. Melville no podía hacer otra cosa. La vocación literaria no es una elección, sino una fatalidad. O, si alguien lo prefiere, una carga impuesta por el destino. Algunos escriben para vender, pasar el rato o complacer su ego. Ya sabemos lo que podemos esperar de su trabajo: artefactos banales y previsibles.

Los elegidos, los grandes talentos como Melville, Kafka, Thomas Mann, Faulkner o Virginia Woolf, escriben porque una fuerza incontrolable los arroja sobre el escritorio una y otra vez. Algunos necesitan visibilizar los abismos que hay en su interior, otros intentan comprender experiencia complejas, como la belleza, el mal o la esperanza. Todos están enamorados de las palabras y piensan que pueden conducirlos a territorios insospechados. El éxito de ventas solo es un accidente pueril. El verdadero éxito es trascender. No hablo solo de pasar a la posteridad, sino de superar el poder hipnotizante de las sombras y disfrutar de esa claridad que ensalza Platón en el libro VII de la República.

Antoine Saint-Exupéry habló de “hambre de luz”. Pienso que ese es el impulso más profundo del verdadero creador. Buscar la luz, aunque eso implique arder, como ardieron Rimbaud o Melville, dos hombres con una hoguera en el corazón. Los Juan del Val de ayer y hoy prefieren tostarse con rayos UVA. Su prosa bronceada nunca poseerá el fuego que crepita en cada página de Moby Dick, suscitando generación tras generación una mezcla de temor y temblor.