Los escritores Jaime Gil de Biedma (i) y Pablo Neruda (d)

Los escritores Jaime Gil de Biedma (i) y Pablo Neruda (d)

Entreclásicos

La mala reputación: escritores en la picota

El carácter execrable de algunas acciones de Gil de Biedma, de Pablo Neruda y de muchos otros no resta valor literario a sus obras.

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Hace poco, un buen y cultísimo amigo que ejerce el sacerdocio me confesaba que cada vez le costaba más leer a autores con vidas poco ejemplares. Entiendo su reparo, pero si aplicamos ese criterio a la historia de la literatura y el arte, no quedará otra opción que renunciar a una legión de creadores con peripecias vitales nada modélicas.

La iglesia católica distingue entre pecados veniales y pecados mortales. Otro buen amigo, también sacerdote, suele repetir que los pecados verdaderamente importantes son los que se cometen de cintura para arriba. Los otros, los que están relacionados con la región inferior de nuestra anatomía, son faltas menores. En Esperanza, su autobiografía, el Papa Francisco sostiene lo mismo. Muchos se escandalizan por los pecados de la carne y, en cambio, disculpan pecados mucho más graves, como la explotación laboral, el odio inhumano a los inmigrantes o el desprecio a las mujeres.

Vayamos por partes. Hablaré en primer lugar de los supuestos pecados carnales. Desde hace tiempo, circula la infame acusación de pederastia contra Antonio Machado. El amor que sintió por Leonor Izquierdo y que le inspiró poemas de gran hondura humana y metafísica ya no es un ejemplo de ternura y delicadeza, sino el delirio senil de un pedófilo.

Machado y Leonor se casaron en 1909. Ella tenía entonces quince años y él treinta y cuatro. El matrimonio solo duró tres años, pues Leonor murió a los dieciocho de tuberculosis. Todos los testimonios coinciden en señalar que el poeta cuidó a su joven esposa con una dedicación absoluta, acompañándola hasta el final sin escatimar sacrificios.

En 1909 las cosas se veían de otro modo. Hoy en día los límites de la adolescencia se prolongan cada vez más. Se habla de niños y niñas de veinticinco años. Dentro de poco, la niñez llegará hasta los treinta o quizás más allá. Mi abuela Esperanza se casó a los dieciséis años y tuvo su primer hijo a los diecisiete. Su marido, mi abuelo Vicente, tenía doce años más. Esos contrastes de edad eran mucho más frecuentes en la España del XIX y la primera mitad del XX. Acusar a Antonio Machado de pederasta, como ha hecho la laureada e inverosímil Lucía Etxebarria, aficionada a la piratería literaria, me parece un acto de mala fe.

Amante de la poesía, Leonor se involucró a fondo en el trabajo de su marido, compartiendo su búsqueda incansable de la palabra exacta. El matrimonio fue descrito como un modelo de entendimiento y felicidad absoluta. Una beca de la Junta de Ampliación de Estudios permitió a la pareja viajar a París para asistir a las clases de Henri Bergson. Se les vio paseando de la mano por las orillas del Sena, explorando el Barrio Latino y recorriendo las galerías del Museo del Louvre.

Esa rutina se interrumpió bruscamente cuando Leonor sufrió la primera hemoptisis. Antonio Machado sufrió muchísimo con su muerte. En una carta que le escribió a su amigo Miguel de Unamuno, comenta: "La muerte de mi mujer dejó mi espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor, está la piedad. Yo hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya. No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en nosotros que quisiera morir con lo que muere". Machado no fue un pedófilo y su memoria no merece ser ultrajada por plagiarios, revisionistas y oportunistas de medio pelo.

El caso de Jaime Gil de Biedma es diferente. En Retrato del artista en 1956, publicado después de su muerte en 1990, confiesa que mantuvo relaciones sexuales con un niño de doce años en un prostíbulo filipino. Evidentemente, no hay ninguna excusa moral. Se trata de un acto absolutamente reprobable. Sin embargo, el carácter execrable de este hecho no resta valor literario a Gil de Biedma, un clásico moderno. Su poesía, reunida bajo el título Las personas del verbo, constituye una de las cimas poéticas de su generación.

Las obras deben ser juzgadas autónomamente. La literatura es una cosa y la ética, otra. Saber que Gil de Biedma abusó de un niño me repugna, pero eso no me impide apreciar que sus poemas son extraordinarios. Además, salvo esa confesión puntual, su poesía no está lastrada por abominaciones. Poeta de la experiencia, Gil de Biedma habla del esplendor y la decadencia de la vida, del amor y el erotismo, de la niñez y la memoria, de la represión franquista y los conflictos de identidad.

Admirable como creador, no me atrevo a formular un juicio sobre su persona. Hizo cosas detestables, pero ¿quién puede alardear de una inocencia inmaculada? Todos somos responsables en mayor o menor grado del mal que aflige al mundo. Así lo entendió Pascal, que situó al hombre a medio camino entre el ángel y el demonio.

Solo los que se consideran perfectos, lo cual es un gesto de soberbia, participan con alborozo en los linchamientos. Me parece más honesto mirar hacia dentro y reconocer que nadie está libre de miserias e indignidades.

En cuanto a los pecados que se cometen de cintura para arriba, sobran los ejemplos de literatos y artistas alineados con ideologías deleznables. Ahí están Céline, Pound, Gabriele D'Annunzio o Knut Hamsun. O Pablo Neruda, con su "Oda a Stalin".

Neruda hizo algo peor que elogiar a Stalin y, además, rectificó después de las revelaciones del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1956. Su hija Malva, fruto del primer matrimonio de Neruda con la neerlandesa María Antonieta Hagenaar, nació con hidrocefalia. En cartas privadas a sus amigos, el poeta describió a su hija como un "ser ridículo" o una "vampiresa de tres kilos".

Neruda abandonó a Malva y a su madre cuando la niña solo tenía dos años. Malva murió a los ocho en los Países Bajos ocupados por la Alemania nazi, no sin haber soportado con su madre una pobreza extrema. Informado de su muerte por telegrama, Neruda no acudió al funeral y jamás le dedicó un verso ni la mencionó en sus extensas memorias, Confieso que he vivido.

La conducta de Neruda fue cruel y miserable, pero su poesía nos conmueve con sus reflexiones sobre el amor, la belleza, el dolor, la historia, la naturaleza, el cosmos, la angustia existencial y la lucha social. ¿Cómo es posible este contraste? Quizás porque en la literatura chispea esa brizna divina que llevamos en nuestro interior y que es el signo inequívoco de nuestra dignidad. Desgraciadamente, no siempre estamos a la altura de esa dignidad, pero somos algo más que nuestras caídas y pecados.

Ya casi ningún escritor se atreve a utilizar la palabra "alma", pero esa entelequia es la única explicación posible a ciertas contradicciones. Podemos volvernos desalmados, pero no renunciar a ser portadores de un alma. Y el alma, ineluctablemente, siempre es mejor que nuestros actos. Neruda escribía con el alma, pero se olvidaba de ella cuando obraba como ser humano.

No me agrada saber que William Burroughs mató a su esposa, la escritora Joan Vollmer, en México, disparándole a la cabeza en una fiesta celebrada en el apartamento de un amigo en Ciudad de México. Hijo de una familia acaudalada, su hermano sobornó al juez, a los peritos en balística y a otras personas involucradas en el caso para que la muerte no se considerara un asesinato, sino un acto de negligencia.

Burroughs afirmó que su mujer y él intentaban imitar a Guillermo Tell. Joan, autodestructiva e infeliz, se puso un vaso en la cabeza y le animó a demostrar su puntería. Aún hoy se desconoce si es verdad o una historia falsa. Burroughs no escribía con el alma, sino con las vísceras. Yonqui y El almuerzo desnudo no son novelas, sino auténticos descensos a los infiernos. El demonio que llevamos dentro también escribe y, a veces, alumbra obras sobrecogedoras.

La literatura y el arte no son un invento de la moral. Su objetivo no es exaltar el bien o el mal, sino mostrar los vericuetos de la condición humana. Somos la especie que ha celebrado la fraternidad en la Novena Sinfonía de Beethoven y la que se ha complacido con el mal en Las 120 jornadas de Sodoma del Marqués de Sade.

Personalmente, prefiero las obras donde convergen el bien, la belleza y la verdad, como las pasiones de Bach, la Mater Dolorosa de Murillo o La casa encendida de Luis Rosales, pero sé que en Los Cantos de Maldoror de Conde de Lautréamont, que vituperan a Dios, el hombre, la virtud y la vida, hay una belleza áspera y dolorosa que reclama su derecho a mostrar su faz.

Somos criaturas, no dioses, y albergamos monstruos en nuestro interior. A veces logramos aplacarlos, pero en otras ocasiones vociferan, exclamando: "¿No puede el genio aliarse con la crueldad en los secretos designios de la Providencia?, ¿o, acaso, el ser cruel impide tener genio? En mis palabras se hallará la prueba; solo de vosotros depende escucharme, si así lo deseáis...".