Burt Lancaster en 'El tren'.

Burt Lancaster en 'El tren'.

Entreclásicos

'El tren': la heroica resistencia de los ferroviarios en la Francia ocupada y el dilema del arte por encima de la vida

La película de Frankenheimer nos recuerda que la belleza de un cuadro no vale la vida de un hombre, pero nos anima a repudiar la violencia.

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Hoy sabemos que la resistencia francesa fue un fenómeno minoritario, especialmente hasta 1944, cuando la derrota de los nazis ya era inevitable. Solo un puñado de valientes se atrevieron a desafiar al brutal ocupante.

Jean Moulin, Pierre Brossolette o Germaine Tillion son figuras legendarias cuyo valor se ha resaltado para maquillar una realidad incómoda. La mayoría de los franceses adoptaron una actitud pasiva o colaboraron activamente con el Reich.

Los ferroviarios y los carteros constituyeron una excepción. Organizaron sabotajes, escondieron a familias judías, frustraron redadas, colaboraron con los aliados en el Día D, interceptaron comunicaciones y abrieron rutas de escape.

Esas valientes acciones se saldaron muchas veces con torturas, deportaciones y fusilamientos. 2.000 ferroviarios y 1.200 carteros fueron fusilados. Y unos 9.000 ferroviarios y 2.000 carteros enviados a campos de concentración. Muchos no volvieron. Aún produce estupor el grado de crueldad de la Alemania nazi.

El director estadounidense John Frankenheimer homenajeó a los ferroviarios en El tren, una extraordinaria película en blanco y negro estrenada en 1964. Protagonizada por Burt Lancaster y con una breve aparición de Jeanne Moreau, sus más de dos horas pasan como un suspiro, pues su ritmo mantiene al espectador en tensión desde el primer minuto.

Los personajes no son simples vehículos para justificar una película trepidante, sino seres humanos totalmente creíbles, como Papa Boule (Michel Simon), el viejo maquinista que sabotea un tren por la "gloria de Francia", un gesto que le costará ser fusilado pese a su avanzada edad.

La "gloria de Francia" son los cuadros de grandes pintores como Renoir, Gauguin, Van Gogh, Picasso o Degas que el coronel Franz Von Waldheim (un magnífico Paul Scofield) intenta trasladar a Alemania como botín de guerra.

El coronel nazi no se mueve por ambición material, sino por amor a la belleza. No comparte el desprecio de sus camaradas por el "arte degenerado". No es un hombre bueno, pero sí posee una sensibilidad estética refinada. Aunque sus superiores no ven con buenos ojos su amor al arte, autorizan el traslado de los cuadros porque tienen tanto valor como el oro y puede venderse para comprar armas.

Burt Lancaster interpreta a Labiche, un jefe de estación que dirige una célula de la resistencia compuesta por ferroviarios. Lancaster es un mito del Hollywood clásico y un extraordinario actor, pese a que en sus inicios muchos solo le consideraban un saltimbanqui con un debut tardío, pues no comenzó su carrera cinematográfica hasta los 31 años.

Oriundo del Harlem hispano, nunca olvidó a su familia y a sus amigos. Se opuso al macartismo y la guerra de Vietnam, participó en la marcha sobre Washington por los derechos civiles y apoyó al colectivo LGTBI, implicándose en las campañas contra el SIDA.

Cuando Rock Hudson contrajo el virus, leyó en público sus últimas palabras y asistió a su funeral para mostrar su rechazo a la estigmatización de los afectados por el VIH. También colaboró con Elizabeth Taylor en la recaudación de fondos contra la enfermedad en una época en que la mayoría de sus colegas preferían inhibirse por prejuicios o miedo.

Amigo desde la infancia de Nick Cravat, compartió con él casi diez años de trabajo en el circo como dúo acrobático y, cuando se convirtió en una estrella, lejos de olvidar a su compañero de piruetas en el trapecio, exigió que lo incluyeran en el reparto de sus películas. Ambos hicieron las delicias del público con El halcón y la flecha (Jacques Tourneur, 1950) y El temible burlón (Robert Siodmak, 1952).

El metro ochenta y cinco de Lancaster le reservó el papel de héroe y Cravat, con su 1,59, quedó encasillado como secundario cómico. Además, el fuerte acento de Brooklyn de Cravat, incompatible con los filmes ambientados en la Edad Media o el siglo XVII, provocó que sus personajes fueran mudos, algo que acentuó su rol de amigo leal y gracioso. Sus gags recuerdan las ocurrencias de Harpo Marx.

Gracias a su participación en las películas de Luchino Visconti (El Gatopardo, 1963 y Confidencias, 1974), Lancaster se revalorizó como actor, pero al mismo tiempo perdió popularidad en Hollywood como galán o protagonista de películas de acción.

Lancaster fue capaz de encarnar a villanos como J. J. Hunsecker en Chantaje en Broadway (Alexander Mackendrick, 1957) o Joe Erin en Veracruz (Robert Aldrich, 1954), hombres íntegros como el sargento Warden en De aquí a la eternidad (Fred Zinnemann, 1953), aventureros sin escrúpulos como Bill Dolworth en Los profesionales (Richard Brooks, 1966) o héroes como Labiche en El tren.

Sería injusto no mencionar sus brillantes interpretaciones en filmes memorables como Forajidos, El hombre de Alcatraz, Mesas separadas, Siete días de mayo, La venganza de Ulzana o El fuego y la palabra, la película que le proporcionó un merecido Oscar. Amigo personal de John F. Kennedy siempre desconfió de la versión oficial del magnicidio.

Su interpretación del jefe de estación Labiche muestra la profundidad psicológica que lograba transmitir a sus personajes. Con 51 años, aún conservaba sus grandes dotes atléticas, como se aprecia en varias escenas donde rechazó utilizar dobles.

Labiche no solo es fuerte y ágil. Además, posee una gran resistencia psicológica. Nunca se da por vencido. No es un hombre culto. De hecho, no le interesa el arte y no comprende que se arriesguen vidas humanas por unas pinturas. Al principio rechaza la misión de sabotear el tren que pretende llevarse a Alemania los grandes tesoros pictóricos de Francia, pues considera que la prioridad es volar los convoyes de armamento.

Sus compañeros, Didont (Albert Rémy) y Pesquet (Charles Millot), también son trabajadores con pocos estudios, pero se muestran más comprensivos. De hecho, Didont contempla con simpatía a Claire Simon (Suzanne Flon), la mujer —probablemente, una profesora o restauradora— que ha cuidado la colección de cuadros por encargo del coronel Waldheim y que ha recurrido a la Resistencia para impedir que los alemanes trasladen las obras.

Ingenuamente, Didont le pregunta si no tiene copias de los cuadros. Claire sonríe, sin recriminarles que no quieran exponer sus vidas, pero les recuerda que esas obras son un tesoro espiritual y que expresan el sentido de la vida de una nación.

Al final, Labiche aceptará la misión, presionado por sus superiores y por sus compañeros. Su escaso entusiasmo no impide que ponga todo su empeño en frustrar los planes de Waldheim.

Lancaster realiza una interpretación muy física. Nunca sobreactúa. No lo necesita. Solo le hace falta una mirada para transmitir fatiga, tristeza, rebeldía o rabia. Con el rostro tiznado y herido en una pierna, cruza puentes y se deja rodar por una ladera para desmontar las traviesas y pernos de los raíles.

Su cuerpo, perfectamente conjuntado con los ojos, exterioriza su esfuerzo descomunal, revelando que su espíritu es su mejor baza, pues siempre le impulsa a ir más allá, sin dejar que el agotamiento lo desmoralice.

Por cierto, la cojera de Labiche no es un artificio del guion, sino fruto del azar. Durante un descanso, Lancaster se lesionó jugando al golf. Sin advertirlo, introdujo el pie en un hoyo y sufrió un esguince. De modo que no le hizo falta fingir. Su cojera era real. Albert Rémy no sufrió ninguna lesión, pero expuso su integridad física al desenganchar en marcha dos vagones. Dado que carecía de las dotes atléticas de Lancaster, su acción implicó un enorme coraje y una gran profesionalidad.

Hay dos escenas particularmente conmovedoras en El tren. La primera es la despedida entre Labiche y Christine, la dueña de una pensión que salva al jefe de estación, ocultándolo en el sótano. Moreau transmite el dolor de una mujer aún joven que ha perdido a su marido por culpa de la guerra.

Mientras Labiche apoya sus enormes manos sobre sus hombros, comenta: "Los hombres sois unos locos. Solo queréis ser héroes y no pensáis en vuestras mujeres. Luego, cuando os perdemos, solo nos queda consolarnos entre nosotras". Intensa, trágica, sincera, Moreau encarna el dolor de las personas que no figuran en los libros de historia, pero que escriben sus páginas con sus ilusiones, sus sacrificios y sus discretos actos de generosidad.

La segunda escena que merece la pena destacar es la conversación final entre Labiche y el coronel Waldheim. Derrotado por los aliados, el ejército alemán se retira de Francia y el tren que transporta las obras de arte, descarrilado y con los vagones vacíos, muestra el mismo aspecto lamentable que los soldados de la Wehrmacht.

Los soldados han abandonado los cuadros, arrojando las cajas a un pequeño terraplén. Sobrecogido, Labiche descubre que antes de marcharse han ejecutado a los rehenes que habían situado en la locomotora para evitar un atentado con explosivos.

El coronel Waldheim, que no ha huido, se dirige a él y le comenta: "Este es su premio, Labiche. Algunas de las pinturas más importantes del mundo. ¿Está contento? Una obra de arte significa para usted lo mismo que un collar de perlas para un mono. Los cuadros son míos. Volverán a mí o a otros hombres como yo, porque la belleza solo pertenece al que sabe apreciarla". Labiche gira la cabeza, observa con desgarro a los rehenes fusilados y dispara al coronel. Después, se aleja. No parece satisfecho, sino derrotado.

El tren plantea un peliagudo problema ético. ¿Es aceptable poner vidas en peligro para preservar un tesoro nacional? ¿Vale una obra de arte la vida de un solo hombre? Las obras de arte son insustituibles, pero los hombres, también.

John Frankenheimer elude las moralejas. Su estética expresionista, que combina magistralmente la luz y las sombras, se limita a mostrar los distintos ángulos del dilema, dejando al espectador la última palabra.

Es un planteamiento similar al de John Sturges en La gran evasión (1963). Las cincuenta bajas causadas por una fuga masiva pueden parecer un sacrificio inútil, pero en la guerra los gestos poseen un enorme valor simbólico. El heroísmo inspira y el miedo paraliza.

Por desgracia, ochenta años después de la Segunda Guerra Mundial las matanzas continúan. En Gaza, Sudán, Irán, Ucrania, y el mundo —mientras tanto— contiene el aliento, sin saber qué sucederá. La belleza de un cuadro no vale la vida de un hombre, pero nos recuerda el valor de la vida y nos anima a repudiar la violencia, incapaz de alumbrar nada, salvo sufrimiento y barbarie.