David Uclés durante la ceremonia de entrega del Premio Nadal, el pasado 6 de enero en Barcelona. Foto: Lorena Sopêna / Europa Press

David Uclés durante la ceremonia de entrega del Premio Nadal, el pasado 6 de enero en Barcelona. Foto: Lorena Sopêna / Europa Press

Entreclásicos

David Uclés y la voz de los vencidos

No, la Guerra Civil no la perdimos todos, la perdió la España republicana, que pretendía modernizar el país y garantizar un régimen de libertades.

Más información: Pérez-Reverte anuncia un aplazamiento de sus jornadas sobre la Guerra Civil en Sevilla por amenazas

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Aún no he leído La península de las casas vacías, la novela que ha consagrado a David Uclés, quizás porque tras superar los sesenta, la mente se vuelve perezosa para las novedades y prefiere volver a los libros que desempeñaron un papel importante en sus años de formación, cuando la lectura de una obra literaria podía cambiar tu visión del mundo y ejercer una influencia decisiva sobre tu futuro. Las novedades siempre pueden decepcionarte, pero los libros que modelaron tu sensibilidad casi nunca defraudan.

Pese a no conocer a David Uclés como autor y no haber mantenido ningún contacto personal con él, se ha ganado mi simpatía por varias razones. La primera es de carácter sentimental y carece de relevancia, pero esto es un blog, es decir, algo parecido al diván de un psiquiatra, y, por tanto, no están de más las confesiones. Uclés y yo hemos sufrido graves problemas cardíacos.

En su caso, se han presentado a una edad mucho más temprana y parece ser que se han resuelto felizmente, lo cual me alegra mucho. En el mío, han dado la cara a los 62 años, pero gracias a los avances de la medicina, sigo aquí. Eso sí, con cinco stents en las arterias coronarias, lo cual me permite decir que ya soy un ejemplo de transhumanismo: mitad biología, mitad tecnología.

La segunda razón de mi simpatía por Uclés es su decisión de no participar en el ciclo Letras en Sevilla convocado bajo el tendencioso lema La guerra que perdimos todos. Organizada por Arturo Pérez-Reverte, la cita había incluido entre los conferenciantes a José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros.

Aunque el ciclo de conferencias invocaba el espíritu del Manuel Chaves Nogales, desprendía un deleznable hedor a revisionismo. Conviene recordar que José María Aznar se ha negado a condenar el golpe de estado de 1936, alegando que no puede pronunciarse contra algo en lo que participó su padre, el periodista Manuel Aznar, oficial del ejército sublevado y jefe de Falange responsable de tareas de radiodifusión y propaganda.

Iván Espinosa de los Monteros no es —como se ha dicho en varias ocasiones— el nieto del militar franquista Eugenio Espinosa de los Monteros, pero los dos pertenecen a la misma familia de aristócratas aficionados a la milicia. Las fuerzas de Eugenio Espinosa, hermano de un bisabuelo de Iván, fueron las primeras que desfilaron por Madrid después de la derrota del gobierno legítimo de la República. El papel de Eugenio en la sublevación fue recompensado con una embajada en la Alemania nazi, donde al parecer no llegó a sintonizar con el régimen.

En 2019, Iván Espinosa de los Monteros registró en el Congreso una proposición de ley que pedía la derogación de la Ley de Memoria Histórica. El político ultraderechista alegó que “no se pueden coger 40 años y tirarlos a la basura”. Sus palabras reflejan una actitud antidemocrática similar a la de su ancestro y no un genuino deseo de reconciliación o concordia.

Los cuarenta años de dictadura sí merecen ser arrojados a la basura. Historiadores de gran rigor como Paul Preston o Julián Casanova han recordado que los militares fusilaron a 100.000 personas entre el 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939. Durante la posguerra, la masacre continuó, añadiendo 50.000 asesinatos más. La matanza se detuvo en 1944, cuando la derrota de las tropas del Eje ya se percibía como un hecho irreversible. En definitiva, el franquismo cometió un genocidio.

Indiscutiblemente, en el otro bando también se perpetraron atrocidades, pero no fueron minuciosamente planificadas desde arriba, sino actos de crueldad ejecutados por las milicias de los partidos políticos. El asalto de la Cárcel Modelo de Madrid, el fusilamiento de 4.000 personas en Paracuellos o la matanza de 100 religiosos en Barbastro produjeron desolación y vergüenza en políticos como Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Julián Zugazagoitia o Julián Besteiro.

En cambio, Franco declaró al periodista estadounidense Jay Allen que ganaría la guerra a cualquier precio. “¿Incluso si para conseguirlo tuviera que fusilar a media España?”, preguntó el corresponsal. Impávido, Franco repitió: “A cualquier precio”. Mientras Azaña pedía “paz, piedad y perdón”, el general Yagüe alardeaba de haber fusilado a 4.000 “rojos” en Badajoz.

En Madrid, el anarquista Melchor Rodríguez, al que llamarían “el ángel rojo”, logró detener las matanzas de Paracuellos e incautó el Palacio de Viana para ofrecer refugio a personas acusadas de desafección al gobierno. Sus iniciativas salvaron miles de vidas, pero casi pierde la suya al enfrentarse con la Junta de Defensa de Madrid, controlada por los comunistas José Cazorla y Santiago Carrillo.

Condenado a veinte años de prisión por el régimen franquista, solo cumplió cuatro. Una vez liberado, rechazó las ofertas de incorporarse al sindicato vertical y desarrolló actividades clandestinas contra la dictadura, lo cual le costó volver a ser encarcelado.

No hay ninguna figura similar en el bando franquista y no es por azar, sino porque los golpistas concibieron la sublevación como una campaña de exterminio y jamás reconocieron un ápice de humanidad a sus enemigos.

La Guerra Civil, por lo tanto, no la perdimos todos. La perdió la España republicana, un proyecto que pretendía modernizar el país y garantizar un régimen de libertades.

Indudablemente, las milicias revolucionarias que protagonizaron la represión en la retaguardia republicana contribuyeron al fracaso de ese proyecto, pero su violencia no se habría desatado sin el golpe del 36.

Es innegable que hubo violencia política en España entre 1931 y 1936, pero no más que en la Francia de ese período o en la República de Weimar. En aquella época, las grandes desigualdades sociales sirvieron de caldo de cultivo a las ideologías revolucionarias. Fascismo y comunismo lucharon en las calles para imponer un modelo social y político de carácter totalitario.

Manuel Chaves Nogales repudiaba esa dialéctica, pero no creo que hubiera participado en unas jornadas con simpatizantes del franquismo. Y dudo mucho que hubiera celebrado los gestos de confraternización entre Manuel Fraga y Santiago Carrillo, dos símbolos de todo lo que detestaba.

Ana Iris Simón ha acusado a David Uclés de incurrir en el fascismo de los antifascistas. Es un comentario injusto que, además, juega tramposamente con una desdichada frase atribuida a Churchill: “Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismo antifascistas”. En realidad, nadie sabe quién acuñó esa frase, pero podría ser de cualquiera de esos políticos que confunden el liberalismo de Stuart Mill con el ultraliberalismo de Milei.

Me parece especialmente malicioso invocar la figura de Pasolini para afirmar que Uclés suscribe la “lógica de que el fin justifica los medios”. El joven escritor de Úbeda no ha exaltado la violencia ni ha propagado el odio. Simplemente ha señalado algo evidente. Ni Aznar ni Espinosa de los Monteros merecen el calificativo de demócratas.

Aznar, lector confeso de Pío Moa, metió a nuestro país en la inmoral e ilegal guerra de Irak, gobernó con la mayor pandilla de ministros corruptos de la historia reciente y demostró su machismo introduciendo un bolígrafo en el escote de Marta Nebot.

En cuanto a Espinosa de los Monteros, ha militado en un partido xenófobo que aboga por la deportación masiva de inmigrantes, minimiza la violencia machista, escarnece el feminismo y cuestiona el matrimonio homosexual.

En 2019, cuando parecía que Vox lograría un gran éxito electoral, Espinosa de los Monteros se apropió de la frase del imaginario teniente coronel William "Bill" Kilgore de Apocalypse Now para burlarse del miedo de la izquierda al triunfo de la ultraderecha. “Me encanta el olor a pánico progre por las mañanas”, exclamó el político de Vox.

En vez del olor a pánico, Kilgore celebra el olor a napalm, la gasolina gelatinosa que quemó a miles de vietnamitas, incluida Phan Thị Kim Phúc, la niña de nueve años que fotografió Nick Ut después de que el ejército estadounidense bombardeara su aldea. Jugar con esta analogía solo puede calificarse de obsceno.

No dudo que Ana Iris Simón estaría muy cómoda con Aznar y Espinosa de los Monteros. Yo prefiero la dignidad de David Uclés, donde no veo odio ni oportunismo, sino compromiso.

Afortunadamente, Uclés no se ha apuntado a la moda de ser de ultraderecha, lo cual es esperanzador dada su edad. No todos los jóvenes añoran el franquismo. Algunos tienen muy claro lo que significó aquella época: represión, intolerancia, tortura, cárcel, atraso cultural, fanatismo religioso, censura, homofobia y odio a la diversidad.

Prometo leer La península de las casas vacías. No voy a adelantar ningún juicio sobre la obra, pero sí quiero reiterar que David Uclés se ha ganado mi simpatía y la de todos a los que nos gustaría decirle a la ultraderecha: “Por favor, cierre la puerta al salir”.