Michael Socha, en 'El patíbulo'
‘El patíbulo’: la comedia bizarra sobre el mayor fraude de la historia británica
La nueva serie de Shane Medows es un 'period drama' voluntariamente anacrónico.
Aboga por recuperar el sentido de comunidad.
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Apenas superado el ecuador del segundo episodio de El patíbulo (2023), la nueva serie de Shane Meadows que relata “el mayor fraude de la historia británica” (sic), me descubrí anotando en mi cuaderno el siguiente nombre: Ealing Studios. Llamadme loco.
¿Qué tendrá que ver esta period comedy ambientada en 1760 y voluntariamente anacrónica con títulos como Pasaporte a Pimlico (Henry Cornelius, 1949), Oro en barras (Charles Crichton, 1951), Whisky a gogó (Alexander Mackendrick, 1949) o El hombre del traje blanco (Alexander Mackendrick, 1951), películas todas ellas producidas por los míticos estudios londinenses?
Antes de establecer algunos paralelismos, desgranemos el último proyecto del creador de This is England (2006) o The Virtues (2019). Todo arranca con el regreso a Cragg Vale de David Hartley (Michael Socha) después de siete años sobreviviendo en Birmingham, entregándose a prácticas que el código penal consideraría incorrectas.
Lo último que hizo antes de emprender el camino de vuelta fue matar a un hombre. En contrapartida, este le regaló una puñalada en el costado que a punto está de costarle un alojamiento con pensión completa en un ataúd. Aún así, consigue llegar a su pueblo más muerto que vivo. Y lo hace justo en el día en que darán sepultura a su padre. ¿Les he dicho ya que El patíbulo es, más que cualquier otra cosa, una comedia?
En cualquier caso, lo importante de ese inicio no tiene tanto que ver con lo puramente argumental como con las licencias asumidas por Meadows, desde las nomenclaturas empleadas en los títulos de crédito al uso del What Happens When You Turn the Devil Down de The Mystery Lights para acompañar un genérico en el que se combinan documentos y litografías de corte histórico, a propósito de la situación que padeció el valle de Calder con la llegada de la Revolución Industrial, con imágenes de la serie, derramándose las unas sobre las otras como si fuesen manchas de acuarela.
Súmenle a esa llamativa composición de la cabecera, el pasaje inicial de la serie, en el que Hartley firma un pacto de inspiración faústica con unos hombres ciervo que se la aparecen durante los que él cree que son los últimos instantes de su vida; acuerdo mediante el cual se compromete a sacar de la miseria a su antigua comunidad. Esta está formada por vecinos dedicados a la manufactura textil o al trabajo agrícola que han visto como los avances tecnológicos y el desplazamiento de la actividad fabril a la ciudad de Halifax les han dejado en la más absoluta miseria.
Hartley regresa a Cragg Vale moribundo pero con un saco bajo el brazo. En él guarda un sello que le permite acuñar moneda (en concreto guineas). Obviamente, conoce la técnica para fabricarlas: solo necesita materia prima y por cada 10 guineas, cortando un pedazo de cada una y luego refundiéndolos, obtendrá una nueva.
¿Cuál es el problema? Ninguno de sus conciudadanos tiene un duro (una guinea, en este caso), por lo que la única solución pasa por robárselas al único hombre del pueblo que las tiene, un avaro fabricante de ropa que sigue cobrándole a todo el mundo el alquiler por las ruecas dejadas en préstamo pese a que sabe sus arrendatarios apenas tiene para comer.
Nótese que Meadows, que parte de la oscura novela de Benjamin Myers (a la que le cambia el tono por completo), apenas cuenta el preludio de una aventura que estuvo a punto de provocar el colapso de la economía británica, de tanta moneda falsa como inyectaron en el sistema.
En los tres episodios de El patíbulo asistimos solo a los preparativos de la gran estafa, porque lo importante para el director y guionista de Uttoxeter no es marcarse un heist show, sino mostrar cómo un pequeña comunidad se las ingenia para burlar a unas instituciones ineficaces, incapaces de responder a sus necesidades básicas (de hecho, el pueblo crea hasta un banco de alimentos para poder abastecer a los vecinos).
Una imagen de 'El patíbulo'
Y ahí entramos de lleno en el terreno de la Ealing. Porque, ¿qué hacían sino los vecinos de Pimlico al proclamar su autodeterminación e independizarse del Reino Unido? ¿Y qué buscaba sino sabotear un banco (institución) el pequeño grupo comandado por Henry Holland (Alec Guiness) en Oro en barras?
Otro tanto se puede decir de los habitantes de la isla de Todday, enfrentados al responsable de la Guardia Nacional (institución, autoridad) por un cargamento de whisky varado en sus costas durante la Segunda Guerra Mundial (Whisky a gogó). Yendo un poco más allá, ¿no podría ser El hombre del traje blanco el correlato individualista de El patíbulo? Revisen la película del inigualable Mackendrick y piénsenlo.
El patíbulo es, sin ninguna duda, una serie en la que la solidaridad vecinal se convierte en movimiento antisistema. Todos los habitantes de Cragg Vale, desde las prostitutas hasta un grabador profundamente religioso, pasando por los herreros o los adolescentes desocupados, están dispuestos a sumarse a la causa, a ayudar como sea y con lo poco que tengan.
De hecho, el plot twist final, que viene después de un robo inmerso en un episodio que lleva por título ‘The anti-heist’, habla del poder de la comunidad (de la unión de los menos favorecidos) no ya para doblegar a las élites, sino para hacerlas partícipes de sus planes.
Una imagen de 'El patíbulo'
Siguiendo con la Ealing, Shane Meadows desestima la opción de firmar un period drama de inspiración dickensiana (casi lo que pedía la novela de Myers), y prefiere orquestar una comedia luminosa en la que la buena voluntad y la torpeza se funden en situaciones delirantes, verbigracia la incomprensión que atraviesa unos diálogos naturalistas, repletos de malentendidos –atención al personaje de Broadbent (Adam Fogerty)- y en los que algunos dejes propios de la época se mezclan con una dicción realista y contemporánea, alejada de cualquier registro teatral.
De hecho, Meadows se atreve incluso a infiltrar una dosis de comedia romántica arisca protagonizada por Hartley y Grace (Sophie McShera), la pareja a la que dejó sin mediar palabra cuando se marchó a Birmingham: la conversación entre ambos al final del primer episodio, los dos situados en planos distintos hasta que no les queda otra que cruzarse para poder volver cada uno a su casa, es una virguería a nivel de escritura, también en lo relativo a la planificación, pues traduce en imágenes la expresión “condenados a entenderse”.
Terminemos preguntándonos el porqué de esos llamativos anacronismos que puntean El patíbulo –soundtrack, diálogos, secuencias que oscilan entre el viaje lisérgico y el folk horror- y que desentonan en un contexto histórico por lo demás reproducido de manera convincente.
¿Qué puede buscar Meadows con tales excentricidades? ¿Acaso esa actualización parcial no estará advirtiéndonos de que, hoy como en 1760, el sistema nos tiene acogotados? ¿Esas decisiones de puesta en escena no estarán alertándonos de que, tal y como sucedió en Cragg Vale hace casi tres siglos, es necesario recuperar el sentido de comunidad (y abandonar el individualismo atroz que caracteriza a las sociedades contemporáneas) para enfrentar los retos del presente? ¿No vendrá a decirnos Meadows que, hoy como ayer, la lucha de clases sigue vigente aunque no pocos se empeñen en catalogarla como un movimiento de resistencia en desuso? Las respuestas, en sus casas.
El patíbulo
Título: El patíbulo
Creador: Shane Meadows
Intérpretes: Michael Socha, Sophie McShera
Productora: Big Arty Productions, BBC, A24, Element Pictures
País: Reino Unido
Año: 2023
Plataforma: Filmin
Fecha de estreno: 18 de agosto