'Marbella: Expediente judicial': la lucha contra el narcotráfico explicada a los niños

'Marbella: Expediente judicial': la lucha contra el narcotráfico explicada a los niños

En plan serie

'Marbella: Expediente judicial': la lucha contra el narcotráfico explicada a los niños

La serie de Movistar Plus+, protagonizada por Dani de la Torre y Natalia de Molina, cumple con su faceta informativa, pero en su vertiente dramática flaquea ostensiblemente.

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La segunda temporada de la serie creada por el director Dani de la Torre y el guionista Alberto Marini a partir de una idea de los periodistas Nacho Carretero y Arturo Lezcano oscila entre el didacticismo sobreexplicado y la espectacularidad estentórea. 

Vamos, que es igual de ampulosa que el final del párrafo anterior. 

Si la primera entrega se consagraba a contarnos los tejemanejes del abogado César Beltrán (Hugo Silva) para salvar a sus clientes de la trena –a saber, la Mocro Mafia-  al tiempo que definía Marbella como un ecosistema selvático poblado por narcotraficantes de todo pelaje que habían encontrado en la ciudad de la Costa del Sol el clima perfecto para florecer, en esta nueva tanda de seis episodios la historia se bifurca añadiendo un nuevo punto de vista que se contrapone al del astuto letrado. 

La gran protagonista de la segunda temporada será la fiscal antidroga Carmen Leal (Natalia de Molina) que iniciará un operativo para desmantelar el clan de ‘los Salaos’, la familia que administra el tráfico de hachís y a la que representa, quién si no, Beltrán. Esa ampliación a una doble perspectiva provoca un cambio de tutela en la organización del relato, pues ahora será la voice over de Carmen, acompañada por los ya habituales y más o menos largos monólogos a cámara, la que nos explique cuanto sucede.

Sorprende, sin embargo, que pese a que se nos siguen contando las estrategias que César Beltrán desarrollará con tal de salvarles el culo a sus clientes (y a sí mismo) el recurso marca de la casa de Marbella no aplique sobre él: salvo al inicio, para ceder el testigo, y al final, para retomarlo, el jurista ya no volverá a mirarnos a la cara, en una decisión un tanto arbitraria, quizá asumida para evitar aumentar la dosis de barroquismo narrativo en una historia ya de por sí sobrecargada.

Sea como fuere, Marbella. Expediente judicial confunde pedagogía con insistencia y ya en el primer episodio se nos explica hasta tres veces –cuando sucede, ante los padres de Carmen Leal y frente al Fiscal General y el Ministro del Interior- las dificultades y los contratiempos a los que la fiscal se enfrenta. Será una constante. En lugar de ver cómo suceden las cosas –tal y como sucedía en Gomorra (Roberto Saviano, Leonardo Fasoli, Stefano Bises & Ludovica Rampoldi, 2014-2021)- aquí se nos cuentan (y a veces también se nos muestran).

En aras de la claridad, de intentar que el espectador comprenda procedimientos técnicos complejos, todo se verbaliza de manera insistente. De hecho, la serie funciona mejor si se lee como una crónica como las que han firmado Carretero y Lezcano en tantas ocasiones. Como producto audiovisual es bastante menos satisfactorio. 

Digamos que, si bien cumple con su faceta informativa, en su vertiente dramática flaquea ostensiblemente. En primer lugar, porque los personajes están construidos desde la saturación y se tornan previsibles.

La fiscal –Leal de apellido, no puede ser más obvia la elección– tiene demasiados puntos débiles. Es propietaria de un caballo que no puede mantener y que aloja en un establos cuyos propietarios forman parte de la lista de contactos de la gente a la que pretende encausar. Su padre, un constructor chapado a la antigua, desprende el aroma de la corrupción nada más salir en pantalla: que su hija, fiscal valiente y perspicaz, no sospeche de sus manejos y le pare los pies a tiempo resulta difícil de creer, sobre todo porque le presentan sobradas pruebas de sus dudosas amistades.

Para colmo, es amante de otro juez que, a su vez, está casado con otra magistrada, otro elemento para coartar su actividad a la mínima que se desmande. Para ir con todo a por el crimen organizado la fiscal es demasiado vulnerable, y todo ello en virtud de unos apriorismos fabricados desde el guion que luego han de ser explotados. 

No es necesario extenderse en este punto, pero digamos que los hilos que mueven el argumento se ven en exceso y están muy lejos de resultar originales (verbigracia el romance de la hijastra de César con el menor de ‘los Salaos’). Las subtramas ‘costumbristas’, como la relativa a la reforma del piso de la fiscal, tampoco ayudan, más que nada porque parecen extraídas de La que se avecina (Laura Caballero & Alberto Caballero, 2007)-.

Después están los personajes pasados de vueltas, como Rocío (Claudia Galán), la hermana ‘Salao’, que hace que, a su lado, Tony Montana (Al Pacino) parezca Chema el panadero de Barrio Sésamo. Y cuando no son histriónicos, lo que se desmadra son las situaciones, como se observa en el desenlace que se les da a los otros dos hermanos -Rafa (Agustín Domínguez) y Juan (Antonio Araque)– en el que se busca el impacto por el impacto y que, por cierto, se cierra en falso, señal de que habrá más episodios. 

Una imagen de 'Marbella: Expediente judicial'

Una imagen de 'Marbella: Expediente judicial'

La producción de Movistar Plus + es como la letanía de un bebedor empedernido, una de esas que se repite cada poco tiempo en mitad de la misma conversación. El uso de muletillas y de frases hechas, lo denotativo de determinados pasajes -la compra un cupón porque la asignación de un juez es “una lotería”, o el hecho de que el abogado tenga un serpiente en su despacho (mala víbora)– sirven como prueba para demostrar que la serie nos lo entrega todo masticado.

Y después están las inconsistencias dramáticas. Un policía infiltrado que coloca un rastreador y desaparece de la función como un gramo de cocaína en una gala de premios (después de haber tenido una presencia recurrente a lo largo de los tres primeros episodios). El cruce totalmente fortuito entre una narcolancha, perseguida por dos patrulleras y un helicóptero, con un pequeño submarino que transporta estupefacientes, algo digno de una partida de hundir la flota jugada por un vidente. Una casualidad tan improbable como necesaria para que la trama avance (por no hablar de la inverosímil reacción de los hermanos Rocío y Juan ‘Salao’, que acusan a la Guardia Civil del incidente y montan en cólera cuando saben perfectamente qué ha sucedido, puesto que estaban monitoreando la improvisada descarga).

Para disimular esas carencias, Dani de la Torre, acompañado por Oskar Santos en la dirección, se marca unas cuantas secuencias epatantes. Algunas parecen sacadas de El niño (2014) -hay otras similitudes con la película de Daniel Monzón-, otras de Atenea (Roman Gavras, 2022), con la que comparte ese gusto por la filigrana técnica más allá de cualquier consideración dramática (el asalto al hospital). Al final, Marbella. Expediente judicial es como un Rolex de imitación: el envoltorio es idéntico al original, incluso el reloj parece auténtico, hasta que lo abres y ves que el mecanismo es de latón. Lo digo por si a alguien se le ocurre mencionar el nombre de Scorsese en vano.

Natalia de Molina, en 'Marbella. Expediente judicial'

Natalia de Molina, en 'Marbella. Expediente judicial'

Dejemos para el final a Natalia de Molina, actriz que soporta la mayor parte del peso de la función. No entraremos aquí en cuestiones de acentos ni asuntos similares. Ni siquiera valoraremos su interpretación. En realidad, el problema está en definirla desde un registro naturalista –que ella domina a la perfección- y soltarla en mitad de un thriller estilizado. Es como si Pepe Isbert fuese un miembro de La cuadrilla de los once (Lewis Milestone, 1960). Hay algo que chirría, una asincronía tonal en lo relativo a las interpretaciones a la que no ayuda la excesiva verbalización de traumas y conflictos (“mamá que soy la fiscal antidroga de Marbella, no puedo ceder al chantaje de esos mafiosos”).

Dicho esto, y aunque les parezca una contradicción, auguro que la serie funcionará bien.