En plan serie por Enric Albero

Bodyguard. Alta tensión (exige medicación)

29 octubre, 2018 12:30

 

En la historia reciente de la ficción serial televisiva británica no son pocas las creaciones que se han alineado del lado de los teóricos de la conspiración (en distinto grado y con distintas capas de profundidad). Esta tendencia podría enmarcarse en un marco global geográficamente más amplio, puesto que son legión las series posteriores al 11-S que, en un periodo marcado por terror, (me) han ayudado a acuñar un término que podría definir la época que se inició con el derribo de las Torres Gemelas y a la que me gusta llamar la era de la desconfianza.

La imposibilidad de identificar a un enemigo naturalizado por la propia sociedad contra la que atenta se transforma en una necesidad de protección extrema y en un aumento exponencial de los sospechosos (vivimos en un tiempo en el que cualquiera puede ser culpable y, por lo tanto, en las circunstancias adecuadas, lo es). El miedo, instalado en el inconsciente colectivo, es infinitamente superior al peligro al que nos enfrentamos. Como suele ser habitual, esta corriente de pensamiento ha hallado su acomodo en la ficción: desde las series norteamericanas en las que el propio presidente era el enemigo (24) hasta aquellas en las que los terroristas estaban infiltrados en el FBI (Quantico), por no hablar de las combinaciones de enigmas rocambolescos que ofrecen series como Blindspot o incluso The Blacklist, sin dejar de lado la interesantísima relación entre seguridad e inteligencia artificial que proponía Person Of Interest. Con todo, para hablar del último fenómeno de la televisión británica estrenado por Netflix el pasado día 24 de octubre -hablamos ya de Bodyguard- convendría referirnos a la figura de Hugo Blick. Y es que la serie creada por Jed Mercurio, en tanto relato sobre el terrorismo, se inscribe en una línea argumental muy concreta, que podríamos denominar reactiva. Me explico: formaría parte de un motivo general, que luego puede sufrir desarrollos muy diferentes, basado en las consecuencias de orden político que surgen en un clima marcado por la incertidumbre; esto es, la implantación de leyes que recortan las libertades individuales para ‘garantizar’ la seguridad de sus ciudadanos o, de manera menos democrática, la aplicación de medidas coercitivas o de control de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado -de los servicios secretos a la policía- sin atender a la aprobación de la cámara parlamentaria (construir un para-estado desde el estado). Pero no nos olvidemos de Hugo Blick. El guionista y director británico abordó esta temática en dos propuestas tan aparentemente alejadas como The Shadow Line (2011), centrada en el mundo del tráfico de drogas, y The Honourable Woman (2014), radicada en Oriente Medio y con el conflicto palestino-israelí de fondo. A pesar de las visibles diferencias entre una y otra, las dos compartían uno sustrato: la asombrosa presencia del estado en el otro lado, el del crimen, y la existencia de una ley subterránea que, para garantizar, supuestamente, el funcionamiento del sistema permite al poder ejecutivo (o los organismos a su servicio) contravenir cualquier disposición del código penal en aras de la estabilidad (si no habéis visto estas dos series, ya estáis tardando).

Bodyguard, pues, sería la última en sumarse a una lista en la que ya figura la anterior serie de Mercurio, Line of Duty (que dicho sea de paso, es superior a esta estupenda mini-serie de ocho episodios). David Budd (Richard Madden), exmilitar reconvertido en agente de policía, aborta un atentado en un tren. Su actuación le concede un ascenso y pasa a ser el guardaespaldas de la ministra del Interior, Julia Montague (Keeley Hawes), que está en vías de impulsar la ley LRPI-18 mediante la cual se reforzará la vigilancia de las llamadas telefónicas y de los correos electrónicos de aquellos que las autoridades consideren sospechosos. He aquí, de nuevo, ese debate vinculado a la que hemos denominado como era de la desconfianza: la seguridad nacional vs. las libertades individuales (si en las series de Hugo Blick esa para-normativa se administraba sin necesidad de estar escrita, aquí adquiere carta de naturaleza por orden ministerial). La situación se complicará doblemente: Budd y la responsable de interior iniciarán una relación más sexual que sentimental y Montague será víctima de dos atentados con distinto resultado (y hasta aquí voy a leer). Jed Mercurio desteje la maraña de relaciones que vincula a los cargos políticos con los servicios secretos y a la policía con el hampa; señala el uso personal y/o partidista que se hace de la información confidencial; retrata como las luchas de poder pueden afectar al devenir de un país y concluye que los altos cargos (y los altos mandos) están dispuestos a arrasar con todo sin importar las consecuencias con tal de mantenerse en su puesto. La frase latina cui bono (¿a quién beneficia?) podría ser el subtítulo del más reciente éxito de la BBC, en el que queda clarísimo que la información (e-mails, whatsapps, llamadas) no entiende de clases y que su análisis lo mismo puede desactivar un ataque terrorista que destapar escándalos políticos. Cierto es que Mercurio apuesta por la hipérbole y que su aproximación al defectuoso (o corrompido) funcionamiento de las instituciones tiene un alcance menor que el de Line of Duty: como crítica al sistema, Bodyguard es un tanto inocua; como ejercicio de suspense, es infalible. Veamos por qué.

El tiempo dilatado

Hay dos cosas especialmente interesantes en Bodyguard. La primera, la construcción de su personaje protagonista, sobre el que gravita todo el relato y que guarda estrecha relación con otros arquetipos contemporáneos, una suerte de héroes oscuros con los que resulta complejo identificarse dada su inestabilidad mental (pienso en El francotirador interpretado por Bradley Cooper en la irregular, ultraconservadora e interesante película de Clint Eastwood… En el fondo, sus últimas películas incluyen personajes de este tipo). La segunda, la capacidad de la serie de la BBC para generar una tensión sostenida (y esta es la palabra clave). Empecemos por David Budd. Pasado militar con misiones en Oriente Miedo, un estrés postraumático del tamaño del Big Ben que desemboca en una personalidad desequilibrada que, cuando colapsa, estalla en brotes violentos contra otros o contra sí mismo: una bomba andante a punto de estallar. Los efectos de ese desorden psicológico no son otros que la separación -es un hombre casado y con dos hijos-, una voluntaria esclavización laboral (el trabajo es su tabla de salvación) y la cerveza como vía de escape -si bien no es un alcohólico de manual. Richard Madden le presta el rostro a este tipo inexpresivo, una máquina de reprografía humana que fotocopia las órdenes que recibe. El que fuera el rey en el norte en Juego de Tronos pone cara de lápida y la cosa funciona (casi siempre, puesto que cuando tiene que aportar algún matiz emocional la cosa ya no le sale tan bien). Es alguien que no debe manifestar emociones, simplemente tiene que cumplir con su deber. El problema surge cuando una acción heroica -evita que una mujer bomba haga del tren en el que viajan él y sus hijos un amasijo de metal y carne- le convierte en Kevin Costner. Aquí no aparece la malograda Whitney Houston, ni hacemos gorgoritos frente a la pantalla cada vez que suena el I Will Always Love You (and aaaaai, iaaaaaiiiiii, …); aquí la erótica que funciona es la del poder y la de la soledad, la de una protegida y un protector que, en el fondo, comparten abandono y deciden que es mejor lamerse las heridas el uno al otro que en solitario. Los cambios que experimenta Budd siempre vienen provocados por elementos exteriores, jamás proceden de una reflexión meditada o de la voluntad individual, algo para lo que, alguien como él -un ser lineal que funciona a partir de la secuencia acción/reacción- no está dotado. Un ascenso laboral, una relación más física que sentimental que genera cierta dependencia o la solución de un atentado terrorista con un oscuro origen, le van transformando. Su inteligencia, como su instinto, queda circunscrita a lo estrictamente profesional: puede urdir estrategias para engañar a los servicios secretos, pero es incapaz de mantener una conversación con su exmujer; las lógicas que ordenan esos dos procesos son distintas y él solo es capaz de regirse por una de ellas. Su personalidad está tan bien construida y queda tan claro que Budd se mueve a partir de impulsos exógenos, que es el candidato perfecto para pasar de héroe a falso culpable, conversión que Mercurio va construyendo de manera gradual y sin cargar las tintas. Desde un punto de vista visual, ese interés por el comportamiento del personaje se traduce en un trabajo de cámara -además de ese minimalismo gestual en la actuación- sobre el rostro y la cabeza de Budd, como si se quisiera penetrar en el fondo de esa mente atormentada para saber cómo funciona, para comprenderla.

Pasemos a la segunda cuestión, la tensión sostenida. Bodyguard es una serie que debería llevar contraindicaciones. Si sufren del corazón o de los pulmones o si sus nervios son excesivamente sensibles, consulten con su médico o farmacéutico; de lo contrario, puede que se encuentren de rodillas en medio del salón, con un mano apretándose el bíceps izquierdo o hiperventilando sin poder gritar para pedir un chute de Ventolín. Mercurio sabe que el mejor suspense necesita tiempo, de otro modo se pueden conseguir momentos impactantes, pero de escasa perdurabilidad. La secuencia del tren del episodio piloto o el ataque del francotirador son, por el contrario, inolvidables. Y lo son porque el guion y la puesta en escena dilatan el tiempo, hacen que el espectador lo note y pueda darse cuenta de que mientras los minutos pasan y la bomba no se desactiva o el tirador no es detenido, las posibilidades para que el desastre ocurra siguen intactas. Allí donde otros hubieran resuelto esas secuencias de manera más sintética para pasar a otra cosa, para seguir quemando trama, los directores de Bodyguard (Thomas Vincent y John Strickland) a partir del libreto matriz, se detienen (o, mejor dicho, detienen el reloj). Importa, y ya sé que soy un pelmazo con esto, cómo se cuenta esa situación y no tanto qué se está contando. La información se resume en una línea: una mujer con un chaleco bomba está en el baño de un tren; un policía debe procurar que el artefacto no estalle. Ese planteamiento puede resolverse en un santiamén, sin embargo, la secuencia es larguísima. Y ese tipo de bloques -escenas, más o menos, de acción ‘alargadas’- se repiten en casi todos los episodios. ¿Por qué? ¿Para qué? Pues, en mi opinión, para marcar el tono del relato y fijar el tempo, la cadencia. Que el público note la angustia de lo que sucede en ese vagón lo hace partícipe del clima de ansiedad que envuelve una serie en la que nadie se fía de nadie. Que las cosas sucedan de manera más lenta de lo habitual y sin grandes momentos de acción (o, si se quiere, momentos de acción latente) -una mujer y un hombre cara a cara, hablando- también indican que hará falta tiempo para llegar a una solución sobre el problema que se nos plantea. Además, Bodyguard tiene una curiosa estructura circular que funciona a varios niveles. La serie acaba como empieza: con una larga secuencia en la que hay un chaleco bomba implicado solo que, esta vez, los papeles se intercambian. Tanto a nivel dramático como a nivel formal, los recursos son los mismos: desactivación de una bomba, largas secuencias de diálogos y desenlaces inesperados. En su emisión en el Reino Unido, el último episodio de la teleficción creada por Jed Mercurio registró un 47,9% de cuota de pantalla (10,4 millones de espectadores que fueron 11 en los últimos cinco minutos de la mini-serie), marcando los mejores índices de la televisión británica desde 2011. No es, como algunos han apuntado tal vez de manera un tanto precipitada, la mejor serie del año, pero sus apabullantes cifras de share no deberían acercarnos a esa falsa afirmación que confunde consumo masivo con baja calidad. Bodyguard es un notabilísimo ejercicio de estilo que, además, ha encontrado el refrendo de la audiencia. Así que ya saben, tengan las pastillas para la tensión a mano y pónganse a ello. Vale la pena.
Image: Adrian Shubert: Nadie se ha atrevido aún a reclamar el legado de Espartero

Adrian Shubert: "Nadie se ha atrevido aún a reclamar el legado de Espartero"

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