Benito Pérez Galdós y Ramón María del Valle-Inclán

Benito Pérez Galdós y Ramón María del Valle-Inclán .

A la intemperie

España, entre la indignación de Galdós y el esperpento de Valle-Inclán

Hoy, después de algunos años de bondades libres y de tolerancias asombrosas, nuestro país está en el fango del que ya hablaron estos dos escritores.

Más información: Hoy, después de algunos años de bondades libres y de tolerancias asombrosas, estamos, efectivamente, en el fango casi absoluto

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La situación de España en estos momentos, al menos para una gran parte de los ciudadanos, tiene tintes macabros. La corrupción es una costumbre inveterada en nuestro país, una manía persecutoria que se instaló al principio de los tiempos hasta parecer una característica fundamental del ser español, junto con su gran compañera, la envidia.

Tampoco hemos vivido nuestra Historia, la grande y la pequeña, entre libertades y democracias, cuando otros países pasaron más de doscientos años con la bendita costumbre de la ciudadanía y la libertad.

Mariano José de Larra, entre otros más o menos libertarios aunque heterodoxos nacionales, nos advirtió con su muerte del afán español por suicidarse una y otra vez como pueblo (o pueblos, me da lo mismo) libre. Dóciles y sublevados estuvieron siempre sometidos a la pillería. No en vano fue aquí, en el mismo centro de la memoria de este país, donde se inventó la picaresca.

Hoy, después de algunos años de bondades libres y de tolerancias asombrosas, estamos, efectivamente, en el fango casi absoluto. Las versiones más cercanas de esta España, esta patria de aflicciones, nos la dieron a los españoles dos grandes escritores nuestros: Benito Pérez Galdós y Ramón del Valle-Inclán.

Dos heterodoxos que nos explicaron con su escritura literaria y periodística quiénes éramos, quiénes somos y quiénes seremos. Galdós retrató nuestro malhadado siglo XIX, con sus luces y sus sombras, sus sarcasmos y solemnidades, sus miserias, corrupciones y lamentables defectos; Valle llegó en sus obras a inventar el esperpento que somos como país, callejón del Gato y patio de vecinos envidiosos.

Los dos venían del Quijote y de Cervantes: el primero, con una visión de indignación contenida que dejaba paso a una mínima conciencia y esperanza nacionales: el segundo, sin ningún convencimiento en su montaña de improperios y escupitajos sobre el país.

Seguimos en esas en una cadena de caídas en picado que no sabemos hasta qué infierno abismal va a llevarnos, desde la política cotidiana hasta la información y la opinión escrita. Galdós es la indignación, Valle, el humor negro y la carcajada pantagruélica. Ahora seguimos ahí, en la penuria del escándalo cotidiano que se va normalizando hasta consolidarse como lógico dentro de nuestra manera de ser.

Hay ciudadanos que han dejado de creer en España como país y como nación. Y como sociedad. Y lo peor es que hay otros muchos ciudadanos que dudan de que seamos de verdad un país, una nación, o un pueblo lleno de otros pueblos. El resto, no pocos, piensa con las emociones y no con la reflexión. No lee. Y si lee es poco y no lo entiende.

Tengo para mí que si ahora, en este siglo, hemos llegado de nuevo a lo que fuimos siempre, en un bumerán de desastres y vergüenzas, es por la falta de educación y cultura generales, desde la composición familiar con todos sus conceptos nuevos y viejos, hasta la comprensión de la vida cívica cotidiana.

Hay quienes dicen, siempre lo dicen, que las interpretaciones hiperbólicas son un embuste y que no estamos tan mal, sobre todo si nos comparamos con la mayoría de las cosas que están sucediendo con el mundo. Esa es otra jugada de la picaresca y los buscones.

Como en la guerra de Troya, nos dicen una y otra vez los maestros del buenismo que Casandra, aquella princesa bruja troyana que adivinaba siempre la maldad y la estupidez de su pueblo que nadie quería escuchar, se equivoca y exagera. Y ahí estuvo la caída de la ciudad y la guerra perdida.

Desde Zapatero hasta hoy, sin solución de continuidad, hemos caminado entre la indignación y el esperpento, entre la visión de Galdós y su siglo XIX y la visión de otro manco insigne, Valle-Inclán, que nos regaló el esperpento.

Alguien lo dijo en su momento: no es eso, no es eso. Ahora, una vez más, lo repetimos muchos con una frecuencia que nos lleva al desierto del hartazgo. Era verdad: la mentira mueve el mundo, pero ahora parece que también lo ahoga, no le permite respirar y nos desajusta la fe en el presente y en el futuro como pueblo y país.

Sí: es la educación o la falta de educación, a elegir. El niño que no llora, no mama, y el que no mama es un gil. Del esperpento de las joyas hasta la indignación de Ceuta. Y dice Casandra que todavía nos queda mucho que ver.

Como siempre, ya hay gente que dice que si esto sigue así se irá de España. Nosotros, los de la Tercera España, somos un puñado que miramos las pinturas negras de Goya con el corazón en vilo. Aparta de mí este cáliz, España, y cuídate de las dos Españas…