Image: Patios de Córdoba o donde la vida se une al arte

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Exposiciones

Patios de Córdoba o donde la vida se une al arte

El patio de mi casa

30 octubre, 2009 01:00

Las obras de Mona Hatoum (Palacio de Viana)

Comisario: Gerardo Mosquera. Varias sedes. Córdoba. Hasta el 29 de noviembre


El casco histórico de Córdoba es un hermoso dédalo de calles estrechas que conforman un conjunto singular y homogéneo. Su esencia, de marcada personalidad árabe, encuentra una de sus señas de identidad más reconocidas en los patios, sin duda uno de los patrimonios etnográficos más característicos de España. Heredados de la tradición romana, los patios alcanzan su esplendor en época musulmana, cuando se convierten en un epicentro sensual y refinado que se cierra al exterior como un baluarte protector del mundo privado. Este acervo popular, que ha llegado hasta nuestros días manteniendo su personalidad, es el contexto en el que se desarrolla la exposición El patio de mi casa, un proyecto múltiple, dirigido por el prestigioso crítico cubano Gerardo Mosquera que, a través de 16 propuestas en su mayoría realizadas ex profeso, establece un puente enriquecedor entre la idiosincrasia local y el panorama artístico internacional. Esta original apuesta, que se enmarca dentro de las actividades de promoción de Córdoba como candidata a ser Capital Europea de la Cultura en 2016, piensa en el futuro de la ciudad subrayando su pasado y estableciendo un reflexivo diálogo con el presente.

La selección del comisario es atinada por su variedad y el alto nivel de los creadores incluidos. Destacan la obra de Cristina Lucas (Casa de las Campanas), sorprendente, y la de Priscila Monge (patio de la calle La Palma, 3), y en ambas subyace una velada reivindicación de género. Algunas intervenciones optan por animales vivos que habitualmente encontramos en estos sitios, caso de la vitrina de Carlos Garaicoa que representa, en la facultad de Filosofía y Letras, una ciudad de azúcar con hormigas reales, o los brillantes caracoles dorados de Fernando Baena en la calle Pastora, 2. El Jardín en movimiento del chino Cai Guo-Qiang son dos tortugas gigantes que deambulan a sus anchas por el patio principal del Archivo municipal con un arbolito sobre el caparazón. Otras piezas como la de Rubens Mano en el Museo de Bellas Artes o Mariana Castillo en el Arqueológico, juegan con inteligencia con la dicotomía interior/exterior, llevando hasta las salas presencias ajenas o ruidos desacostumbrados. En esta línea también podemos situar el trabajo de ocultamiento de Jorge Perianes (Palacio de Orive).

Las obras, sutiles, están construidas con sordina para evitar rivalizar con el entorno, que se beneficia del interés que despierta esta inesperada revisión otoñal de tan particular tradición primaveral. Aunque el esplendor floral no es el mismo que podríamos disfrutar en mayo, su belleza como espacio estético y sensitivo es incuestionable. El sonido del agua, la profusión de plantas, la luz, la arquitectura o el color, lo convierten en un ambiente inigualable. En el Barrio de San Basilio, famoso precisamente por sus patios, el mosaico caleidoscópico hecho con plastilina por la chilena Magdalena Atria rodea lo que antaño fuera un corral de vecinos. Unos artesanos que tienen allí su puesto alaban el resultado, que tiene mucho que ver con lo que ellos hacen, y comentan resignados que apenas diez años atrás había casi el triple de patios en esa misma zona. Van desapareciendo por mor de los cambios en los hábitos de vida y por la especulación económica, que los convierten en hoteles o apartamentos modernos. Teniendo en cuenta que muchos de los lugares elegidos para la exposición son viviendas, hay que decir que en algunos casos es necesario pedir permiso para entrar o tocar en el telefonillo del portal para que los inquilinos te abran. Nicolas Bourriaud aplaudiría entusiasmado ante un ejemplo tan clarificador de estética relacional. Este patrimonio vivo, muy identificado con el modo de ser hospitalario de la gente del sur, lo muestra con exactitud el vídeo que ha preparado Nedko Solakov para la ocasión y que se puede ver en la calle Parras, 5. El actor cordobés Fernando Tejero llega a uno de los patios y es recibido por sus ocupantes, Maribel y Pedro, que se lo enseñan y explican con amabilidad. Esa manera de mostrar lo personal con orgullo disfrutando del momento que se comparte, refleja el carácter de los andaluces.

Las intervenciones específicas preparadas por los artistas conversan en voz baja con la vida cotidiana que bulle alrededor de ellas, sin menoscabar sus rutinas diarias ni enturbiar su belleza natural. Lo excepcional de esta exposición es que rompe clichés para mezclar dos experiencias sensitivas que hermanan lo doméstico con lo urbano, lo privado con lo público. En un momento como el actual, donde los proyectos artísticos de mayor envergadura se limitan a bienales poco imaginativas que tienden a repetir un estándar similar en todos los sitios, las propuestas deberían saber encaminarse hacia invitaciones intimistas como ésta de los patios de Córdoba, una idea sencilla que conjuga con equilibrio lo internacional y lo autóctono, lo histórico y lo contemporáneo en una simbiosis provechosa que potencia con acierto las dos partes.