Image: Picasso, un diario de sueños
Muchacho soñando: ¡las mujeres!, 22.6.68. Aguatinta al azúcar, rascador, punta seca y buril.
En la ingente producción de Pablo Picasso, su obra gráfica ocupa un lugar nada secundario. En la historia del grabado, es comparable a Goya, en el sentido de que ambos, genios de la pintura, fueron capaces de abrir en la estampa nuevas dimensiones, supieron explotar plenamente la riqueza de recursos que esas difíciles técnicas ofrecen al artista. Y en la obra grabada de Picasso, la Suite 347 supone un momento cumbre, por la cantidad de estampas que la componen, por la enorme variedad de técnicas y motivos y por la cualidad experimental de buena parte de las planchas. La edición, realizada por los hermanos Crommelynck en Mougin, se compone de 50 ejemplares numerados, más las pruebas de artista y el bon à tirer. Dado que se vendieron las estampas sueltas, hay muy pocas series completas, una de las cuales, toda de pruebas de artista, pertenece a la Fundación Bancaja, que la muestra ahora, de mano de Kosme de Barañano, por primera vez, en perfectas condiciones de conservación y en su integridad, ocupando dos grandes salas de exposición y, aún así, con problemas para montarla con la debida amplitud.Durante algo menos de siete meses, desde el 16 de marzo al 5 de octubre de 1968, Picasso grabó frenéticamente. Tenía entonces 87 años, e hizo que los Crommelynck instalasen un taller junto a su casa, a la que acudían tres o cuatro veces al día para mostrarle pruebas de estampación. La Suite 347 puede contemplarse como un diario en imágenes. Un diario de sueños. Sueños, obsesiones, añoranzas, burlescos divertimentos de un artista viejo. El conjunto parece responder a una suerte de operaciones permutativas de temas y figuras (algunas difícilmente interpretables), de estilos dibujísticos y de técnicas. Todo hecho sobre la marcha, aprovechando bastantes veces el primer dibujo como en el arte parietal prehistórico, para apoyar otras formas; rellenando el espacio en ocasiones hasta que no cabe un alfiler; en otras valiéndose de la limpieza de línea que aprendió de Ingres; en otras aún, ambas cosas en una sola obra. Yuxtaponiendo, también en una misma plancha, procedimientos opuestos, como la punta seca y el aguatinta al azúcar sobre cobre engrasado; rompiendo la jerarquía de las proporciones...
En toda esta variedad infinita, subyace un asunto principal: la antigua contienda entre el arte y el amor, con distintas formulaciones. A su edad, el gran conquistador de bellezas que había sido Picasso se ve reducido al papel de mirón. Las mujeres, dulces y serenas en estos grabados, se ofrecen, indiferentes, a la contemplación de repulsivos ancianos (el viejo tema de Susana y los viejos), del pintor (el pintor por excelencia, el de los Siglos de Oro: aparecen a menudo figuras que hacen referencia a El Greco, a Velázquez y especialmente a Rembrandt) o del cónclave de pintores.
En este último apartado destacan los grabados que aluden a La obra maestra desconocida, novela corta de Balzac, en los que el frustrado retrato del pintor Frenhofer se hace perfectamente viable a través de las extremas descomposiciones y deformaciones que Picasso impuso a sus figuras. Los pintores observan y juzgan, como los caballeros en uno de los grupos temáticos y estilísiticos más definidos, el dedicado a La Celestina.
Sólo en las estampas sobre las acrobacias de Rafael, pincel en mano, y La Fornarina hay contacto no sólo visual. Pero también ellos son objeto de espionaje: en la habitación en la que se aman el tránsito de espectadores es constante: el Papa, Miguel ángel, que se esconde debajo de la cama y hasta Piero Crommelynck contemplan, envidiosos, la orgía de sexo-creación.
Desde las bambalinas, Picasso asiste al teatro del deseo. Sueña la belleza perdida. Se ríe y se duele de su impotencia.