Image: Emmanuel Sougez

Image: Emmanuel Sougez

Exposiciones

Emmanuel Sougez

David Barro
Publicada
Actualizada

Museo de Bellas Artes. Zalaeta, s/n. La Coruña. Hasta el 9 de julio

Emmanuel Sougez (Burdeos, 1889 - París, 1972) permanecerá como fotógrafo de naturalezas, vivas o muertas, las primeras asesinadas para petrificar y omitir esta vida, las segundas para dotarlas de pulso y tensión; sutiles latidos que reivindican lo fugaz de las cosas y, según sus propias palabras, "retienen y renuevan ese instante de emoción". Ahí radica su modernidad, en esa naturaleza sencilla, íntima en su cualidad fragmentaria, anónima en su silencio, directa, de estudiada composición, descubriendo almas en lo inanimado. Su mirar es esencia, para captar lo puro; su luz tupida y dosificada como la verdad que no logra esconderse por completo tras un velo. Por eso la sombra y la claridad se equilibran, el lleno y el vacío se complementan en unas meditadas perspectivas, para dejar paso a la melancolía.

Sin duda son importantes las muestras como ésta para entender el proceso que empujó a la fotografía al lugar que hoy ocupa, a la autonomía de su lenguaje. Si hoy gran cantidad de pintores se valen de la fotografía para plantear sus reflexiones estéticas, Sougez, pese a formarse en la Escuela de Bellas Artes de Burdeos, siendo discípulo de Roger Bissière y André Lhote, ejerce y piensa como fotógrafo, reaccionando contra las corrientes pictorialistas. Escapa de toda manipulación o retoque, limpia la imagen para presentarla exenta, ausente de referencias temporales, recuperando la naturaleza muerta, género considerado tradicionalmente como menor.

Pero esta perfección técnica también se trasladó a sus imágenes publicitarias, a experimentos como el fotografiar a distintas horas del día y la noche una puerta, a su labor de fotógrafo de encargo, sobre todo de esculturas -en la muestra puede verse un detalle del Esclavo moribundo de Miguel ángel de una calidad excepcional-, a los tiernos recuerdos familiares encarnados en su hija Marie-Loup y, sobre todo, a sus desnudos femeninos, valorados como objetos, con precisión semejante a la de Edward Weston, quien, como él, optó por presentar y no interpretar la realidad. Un afortunado compendio, comisariado por Manuel Vilariño, que parece despertar a un Museo de Bellas Artes de La Coruña necesitado de iniciativas y experiencias como ésta.