El Cultural

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Arquitectura

Después de todo, la ciudad

Desde la apertura de espacios peatonales a la reducción del tráfico urbano, las medidas transitorias adoptadas durante el confinamiento han despertado el anhelo de urbes más próximas y respetuosas con el medioambiente. Recorremos su pasado, presente y futuro

1 junio, 2020 07:12
Enrique Encabo Inmaculada Maluenda

Decía Albert Camus que la retórica aparece siempre al principio y al final de las plagas: “en el primer caso es que no se ha perdido todavía la costumbre, y en el segundo, que ya ha vuelto”. A juzgar por los crecientes augurios sobre el porvenir de la ciudad, los arquitectos comienzan a dar la crisis del coronavirus por superada. Hay cierto consenso en que los descensos del tráfico o la contaminación y el auge del teletrabajo invitan a recrear, fuera de la probeta del estado de alarma, la gentileza urbana que hemos atisbado por las ventanas. En este contexto, emerge triunfante un modelo: la “ciudad de los 15 minutos” enarbolada por Anne Hidalgo, alcaldesa de París, y cuya densidad, entre 100 y 300 habitantes por hectárea, se parecería bastante a la del barrio de Salamanca. Sin embargo, ese futuro peatonal y respetuoso con el medioambiente que sedimenta la excepcionalidad de estos días dista de ser nuevo; únicamente actualiza las inquietudes comunales que desarrolló hace ya sesenta años la activista estadounidense Jane Jacobs. En aspecto, será muy similar al presente: vivimos, al menos en Europa, en un mundo ya urbanizado. ¿Cómo abordar su transformación en un escenario tan incierto como el que nos espera?

Ciudades resilientes

La pregunta exige pensar a largo plazo. Como demuestra la historia, frente a nuestra inveterada tendencia a empezar de cero, las ciudades son criaturas proclives a la adaptación inteligente, incluso en las peores circunstancias. Entre junio y diciembre de 1665, Londres fue escenario de una peste que dejó cerca de 100.000 víctimas mortales; y al año siguiente, en septiembre de 1666, un incendio devastó más del 80 % de su superficie intramuros. Aunque el gobierno de Carlos II recibió con interés las propuestas de reconstrucción –tan apresuradas, como sucede ahora, que ni siquiera esperaron a que se extinguiesen las brasas–, no ejecutó ninguna. Los derechos de propiedad de los ciudadanos le obligaron a descartar los tridentes y retículas propios del Barroco, expresiones construidas del absolutismo, para reproducir, mejorado, el trazado urbano de antes de la catástrofe. En este primoroso ejercicio de caligrafía –se reconsideraron la parcelación y el ancho de calles y se abandonó la madera por los incombustibles piedra y ladrillo–, la capital del Támesis demostró que la arquitectura es ciudad, sí, pero que la ciudad no es únicamente arquitectura.

Las ciudades son criaturas proclives a la adaptación inteligente, incluso en las peores circunstancias

El nuevo arco de triunfo será un bulevar. A rebufo de las necesidades sanitarias del distanciamiento, Sadiq Kahn, actual alcalde de Londres, ha anunciado una gigantesca operativa para aumentar los espacios peatonales y las ciclovías, y aliviar así la presión sobre un transporte público que deberá reducir su demanda en al menos un 20 %. Barcelona, por su parte, reforzará su plan de supermanzanas y Granada apostará por la reestructuración de más de un centenar de kilómetros de vía pública. Frente a la declinante hegemonía del coche y el edificio como símbolo que manifiesta, pero no causa, la prosperidad de las ciudades, las aceras representan su esencia: el intercambio social. Nunca las habíamos necesitado tanto.

Por encima de drásticas transformaciones, se trata de interpretar con inteligencia el espacio compartido. Los austríacos Studio Precht han propuesto para Viena el Parc de la Distance, un laberíntico jardín ovillado que obliga a pasear enfila india; mientras que los italianos Caret Studio han tatuado el pavimento de la plaza de Vicchio, un pequeño pueblo de la Toscana, con una trama de cuadrados blancos que escenifica la separación.

El distanciamiento social

Alejandro S. Garrido: Serie 'The Platform, Londres', 2019

Las condiciones del distanciamiento constituyen un marco propicio para la tecnología, dadas las posibilidades que ofrece para reprogramar sin traumas lo existente. En nuestro país, la Generalitat Valenciana prepara una app para controlar el grado de ocupación de las playas y empresas privadas como Inspide han desarrollado un sistema de geolocalización (de momento, solo disponible en Madrid) para comprobar si el ancho de las aceras en un trayecto urbano es o no adecuado. El interés de esta herramienta no sólo reside en que ayude al público a circular de forma segura, sino en señalar áreas de mejora. Pocas sorpresas: en los distritos menos boyantes de la capital, caso de Tetuán, un 80 % de los espacios de tránsito no cumple los requisitos. Así vista, la crisis del coronavirus apela al futuro de las ciudades como amplificador de un conflicto latente: la desigualdad.

Precisamente por esa evidencia de que los problemas no desaparecen solos, sorprende el triunfalismo con el que algunos sectores han acogido el intervencionismo gubernamental durante el estado de alarma. Se trata de una visión cortoplacista; los indicios apuntan justo en la dirección opuesta. Comunidades como Madrid, Andalucía o Murcia han planteado, en plena emergencia, sustituir las licencias urbanísticas por declaraciones responsables firmadas por el promotor o el propietario. Con todas las garantías que se quiera, la decisión traslada un poder considerable a manos de una parte interesada, lo que incidirá inevitablemente sobre la calidad de un parque de viviendas muy cuestionado por la ciudadanía tras el uso intensivo de los últimos meses. Detrás de todo, subyace la vieja idea liberal de que la burocracia no es garantía, sino estorbo, más en un momento en que la reactivación económica resulta prioritaria; pero muchas de nuestras casas se construyeron cuando oferta y demanda solamente conocían un sentido: hacia arriba. La precariedad no tiene por costumbre mejorar las cosas.

Caret Studio: 'Stodistante Vicchio, Florencia', 2020. Foto: Francesco Noferini

Como explica William Davies en su reciente Estados nerviosos (Sexto Piso, 2019), esas disputas políticas sobre la conformación de la ciudad ya se enfrentaron en la Viena posterior a la Primera Guerra Mundial, en la que el consistorio del social-demócrata Jakob Reumann ejecutó una ambiciosa política de vivienda obrera. Más que en sus 60.000 hogares o el interés de obras concretas como la kilométrica Karl Marx-Hof, la influencia de la Viena Roja persiste como escenario de confrontación ideológica respecto a un intangible: los datos. El sociólogo y filósofo Otto Neurath, que formaba parte del equipo municipal, creía que las claves para la transformación de la economía urbana remitían a la autoridad estratégica del gobierno bajo circunstancias excepcionales como la guerra. Tatarabuelo del big data, creó, en colaboración con el diseñador Gerd Arntz, un sistema gráfico (ISOTYPE) que se apoyaba en una verdad incontestable: las grandes poblaciones producen problemas inmensos, pero también suficiente información para abordarlos. Esa fe en la planificación socialista fue rotundamente contestada por Ludwig von Mises, economista y antiguo colega de Neurath en el Ministerio de Guerra. Para Mises, el estado no podía atender en tiempo y modo a las cambiantes demandas de la sociedad; eso le correspondía a los emprendedores.

En estos días de encierro, resulta inevitable acordarse de esta dialéctica al contemplar el frenesí de los repartidores. Conectados a una plataforma digital, satisfacen con su sudor nuestros caprichos más peregrinos, desde una comida de nuestro restaurante favorito a los juguetes sexuales tan demandados para sobrellevar el confinamiento. Último eslabón de ese capitalismo en tiempo real de Mises, personifican la llamada “economía de bolos”, relaciones laborales esporádicas para encomiendas ad hoc. Probablemente desaparecerán en pocos años, cuando los sustituyan los drones. Músculo o máquina, constituyen un asunto clave en el futuro global de las urbes: la administración racional de su logística.

La tecnología ayuda a reprogramar lo existente con apps para controlar la ocupación de las playas o el ancho de las aceras

Somos conscientes de que podemos comprar cualquier cosa de cualquier parte del mundo, pero, si de verdad estamos tan interesados en la ciudad de cercanías, quizá debamos aprovechar ese impulso para reforzar el modelo tradicional, con locales físicos y trato humano, o para garantizar la seguridad alimentaria, tan crucial en estos días. La solución no pasa tanto por revertir el progreso o demonizar a Jeff Bezos, que bien podría enseñarnos algo sobre innovación, sino por formular una incómoda pregunta al espejo: ¿estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida?

La ciudad de cercanías

Sociedad, tecnología, política y mercado. “[Las ciudades] representan la proximidad, la densidad de población y la intimidad. Nos permiten trabajar y jugar juntos, y su éxito depende de la demanda de contacto físico”. Estas palabras de Edward Glaeser en El triunfo de las ciudades (Taurus, 2011) no tienen ni diez años y anuncian el futuro. Hemos aprendido que la cojera de la comunicación digital solo puede compensarse con el contacto cara a cara. El espacio urbano ofrece empatía, azar, competencia y, sobre todo, la promesa de una prosperidad compartida. No hay crisis o tribulación que pueda con eso. Si algo puede sacarse en claro del envite es que la anhelada liberación no debería reconciliarnos tanto con lo ganado como con aquello que hemos estado a punto de perder: estar juntos.