Vista del pabellón. Foto: Oriol Vilanova

Vista del pabellón. Foto: Oriol Vilanova

Arte

Todas las imágenes del mundo caben en el pabellón español de la Bienal de Venecia

Firmado por Oriol Vilanova y bajo el comisariado de Carles Guerra, el proyecto veneciano propone una exposición sin piezas.

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Tiene algo del mito de la caverna de Platón. De contener un mundo entero lleno de imágenes que no son verdad, aunque –en realidad– sí lo hayan sido. Idealizadas, estetizadas, retocadas: imágenes cliché que nos venden amor y felicidad enlatada.

Todo esto son las postales de Oriol Vilanova (Manresa, 1978), que llegan a Venecia bajo el comisariado del crítico de arte y curador Carles Guerra.

Cuando entras en el pabellón español –justo el primero nada más entrar en Il Giardini, girando a la izquierda– te ves avasallado por millones de postales de todas las cosas hermosas que contiene el mundo.

Vilanova ha ido catalogando y montando estas imágenes en las paredes del pabellón siguiendo el criterio de no tener criterio. Su intuición ha compuesto estos paisajes verticales, infinitos y continuos, según formas o colores, según categorías que no tienen nada que ver entre sí: desde encantadores gatitos hasta diferentes souvenirs de Juan Pablo II.

Este artista también tiene algo del historiador del arte Aby Warburg (aunque su formación sea en arquitectura), que tanto ha influido en Georges Didi-Huberman. El alemán quiso crear una máquina visual para pensar la historia occidental de las imágenes a la que llamó Atlas Mnemosyne (atlas de la memoria).

Vista del pabellón. Foto: Oriol Vilanova

Vista del pabellón. Foto: Oriol Vilanova

Así, a principios del siglo XX, dispuso centenares de fotografías, obras de arte, mapas, anuncios, monedas, diagramas astronómicos, gestos corporales, recortes de prensa, sobre grandes paneles negros forrados de tela.

El resultado no seguía una cronología ni una clasificación tradicional. Funcionaba por asociaciones, supervivencias, ecos y tensiones visuales que intentaban destilar las formas esenciales que ha heredado y que han pervivido en la cultura visual.

En Venecia, donde el arte suele gritar para ser visto, su silencio de archivo es ensordecedor

Vilanova, como Warburg, trabaja con ecos. Busca obsesivamente algo que probablemente ni siquiera sepa qué es. En su colección de más de 200.000 postales –que encuentra cada día cuando baja al mercado de pulgas cerca de su casa de Bruselas, donde vive– hay una forma de arqueología emocional de la imagen contemporánea.

En la Bienal se exhiben unas 50.000 cuya instalación ha tardado tres meses en consumarse: una por una, con una distancia de unos ocho centímetros en cada lado.

En nuestro pabellón, a diferencia de otros, como el festejado de Austria, no hay que hacer cola para entrar. Los visitantes deambulan por las salas buscando sus propias resonancias visuales, las imágenes con las que –sin saber muy bien por qué– conectan.

Hay, además, un performer en los jardines que, inspirado en una película de Luis Buñuel, El fantasma de la libertad (1974), te enseña una postal y huye, aunque yo, personalmente, no llegué a verlo nunca. Se supone que te muestra una sola imagen de entre estas 50.000. Me pregunto cuál será. Si varía según el visitante asaltado, enseñando una u otra siguiendo instrucciones de nuestro artista coleccionista.

Oriol Vilanova,: 'Los restos', 2026. Foto: Oriol Vilanova

Oriol Vilanova,: 'Los restos', 2026. Foto: Oriol Vilanova

El pabellón español no es una exposición al uso, es un inventario del olvido. Postales cuyos reversos permanecen ocultos, lo que nos permite imaginar las epístolas que escribirían sus remitentes, mensajes de amor, de fraternidad o de recuerdo, congelados.

En Venecia, donde el arte suele gritar para ser visto, su silencio de archivo es ensordecedor. Salgan de allí con cuidado: lo peligroso no son las postales, sino darnos cuenta de que nuestras vidas son, en el fondo, una colección de cromos intercambiables en un jardín abarrotado.