'Arriba, Arriba', 2026 (detalle 1). Foto: Picnic

'Arriba, Arriba', 2026 (detalle 1). Foto: Picnic

Arte

Irati Inoriza hace levitar la tierra en la galería Picnic: un acercamiento contemporáneo a las tradiciones agrarias

La artista vasca presenta una estupenda instalación que mezcla tierras de Madrid, Burgos, Álava y Vizcaya y evoca un ritual que se celebra desde el siglo XIII.

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La fotografía que ilustra este texto no hace justicia a la increíble potencia plástica y conceptual de la instalación de Irati Inoriza (Balmaseda, Vizcaya, 1992) en la madrileña galería Picnic.

Irati Inoriza. Arriba, arriba

Picnic. Madrid.Comisaria: Paula Noya de Blas. Hasta el 21 de febrero. De 800 a 10.000 €

Atávica y ancestral, mágica, desde una abrumadora sencillez, Inoriza fascina en su –radicalmente contemporáneo– acercamiento a la tierra y en su atrevida interpretación del espacio, que secciona y anula, impidiéndonos deambular por el mismo, forzando un único punto de vista.

Inoriza hace que la tierra emerja, flote y levite de forma milagrosa, como si fuera una antigua tripulante de una alfombra mágica. Una tierra, la de Inoriza, que es mezcla de tierras, de la de Madrid, Burgos, Álava y Vizcaya.

Tierras vivas de diferentes colores y texturas que dibujan, mientras se airean, el ritual que aún se celebra en zonas de País Vasco y Navarra desde el siglo XIII, cuando antes de sembrar, airean, oxigenan entre todos, las tierras para hacerlas más fértiles gritando: “¡Arriba, arriba!”.

La complejidad técnica de la pieza para sostenerse en el aire en contra de las fuerzas gravitatorias, y de la tierra que quiere volver a la tierra, ha requerido de las fórmulas de un arquitecto que sustente ese peso constante.

Irati Inoriza: 'Laia I', 2026. Foto: Picnic

Irati Inoriza: 'Laia I', 2026. Foto: Picnic

No se pierdan las piezas pequeñas que acompañan a la instalación. Las layas de hierro pintado y arcilla evocan esa herramienta agrícola pensada para incidir sobre el terreno extrayendo una porción precisa de la tierra.

Una herramienta que da nombre a los layaris, la comunidad de los que layan. Las acompañan unas serigrafías de colores terrosos en las que se adivinan los rostros de estos bailarines de la tierra y unas porcelanas en las que Inoriza, como viene siendo habitual, atraviesa elementos vegetales, flores secas y pequeñas ramas que enraízan y funden lo cultural con lo natural.