Gerhard Richter: 'Tisch', 1962. Foto: Jennifer Bornstein

Gerhard Richter: 'Tisch', 1962. Foto: Jennifer Bornstein

Arte

Gerhard Richter: cómo pintar después de la invención de la fotografía (y aportar algo)

La fundación Louis Vuitton de París presenta una enorme retrospectiva del pintor alemán, uno de los grandes artistas de la segunda mitad del siglo XX.

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Tras la exposición retrospectiva Panorama, que celebraba el 80 cumpleaños de Gerhard Richter (Dresde, 1932) en el Centre Pompidou en 2012 (en colaboración con la Tate Modern de Londres y la Neue Nationalgalerie de Berlín), recala de nuevo en París, en la Fondation Louis Vuitton, probablemente, la muestra más exhaustiva dedicada a uno de los grandes artistas de la segunda mitad del siglo XX.

Gerhard Richter. Fundación Louis Vuitton

París. Comisarios: Dieter Schwarz y Nicholas Serota. Hasta el 2 de marzo

Quizás, la última ocasión en la que el artista en vida haya podido influir en una exposición de estas características. Con alrededor de 275 obras que abarcan toda su producción artística (1962-2024), la muestra incluye pinturas, esculturas en vidrio y acero, dibujos, acuarelas y fotografías, ofreciendo una visión completa y renovada de toda su trayectoria.

Estructurada en salas, según una sucesión de plantas, la exposición explora las distintas etapas del artista, siguiendo un ordenamiento cronológico y, en parte, temático. Comprendiendo más de seis décadas, este detallado recorrido, que arranca con el vandálico lienzoTisch (1962) y se extiende hasta sus últimas pinturas de 2017, reúne un extraordinario número de obras emblemáticas, con el atractivo de incorporar piezas raramente mostradas, como las series históricas 18 October (1977), 48 Portraits (1972) y Birkenau (2014), así como el conjunto Strip (2011-2016), y también obras poco conocidas sobre papel –dibujos y acuarelas, su producción última–, con las que se cierra la exposición.

Nos encontramos, por tanto, con un apabullante contingente de piezas que, sin embargo, en ningún momento resulta abusivo. Es de esas exposiciones que, cuando acabas, tienes ganas de volver a ver para no perder nunca de vista. Es muy impresionante cómo se pone todo muy cerca de los ojos en salas reducidas, en las que todo cabe con la holgura suficiente para respirar hondo y soltar aire suavemente, entre una obra y otra. Irrita los ojos y luego acaricia las pupilas para mantenerlas bien abiertas, antes de que se ciegue la mente y se encoja el estómago.

Es de esas muestras que te permiten desgranar la complejidad de forma sencilla, con la profundidad y tensiones necesarias. Porque esta no es una exposición fácil, cuando se pretende abarcar la enorme y variada producción de uno de los artistas actuales más influyentes.

Gerhard Richter: 'Ema Akt auf einer Treppe (Ema Nude on a Staircase)',1966. Foto: Fundación Louis Vuitton

Gerhard Richter: 'Ema Akt auf einer Treppe (Ema Nude on a Staircase)',1966. Foto: Fundación Louis Vuitton

Un artista en el que caben múltiples artistas y más pintores; un artista cuyo estilo se fundamentó en no tenerlo, por abordar estilos tan diversos y, en apariencia, tan dispares, sin apenas despegarse de la pintura, delante de la fotografía. Se trata del artista “poliestilítico”–en términos de Calvo Serraller– y, por ello, tan contemporáneo.

El pintor desconcertante que costó reconocer porque, tan pronto pintaba figuración fotográfica, como abstracción geométrica y gestual. De repente es monocromo y despliega toda la paleta cromática; igual expresionista que conceptual, pop, op y casi minimal. Un pintor clásico que recorre todos los géneros de la pintura: paisajes (Seestück, leicht bewölkt, 1969), maternidades (S. mit Kind, 1995), bodegones (Schädel, 1983), desnudos (Ema, Akt auf einer Treppe, 1966), retratos (Betty, 1977), escenas cotidianas (Familie am Meer, 1964) y pintura de historia (September 891-5, 2005).

Gerhard Richter: 'Apfelbäume (Appletree)', 1987. Foto: Fundación Louis Vuitton

Gerhard Richter: 'Apfelbäume (Appletree)', 1987. Foto: Fundación Louis Vuitton

Pintor también de la vida (Lesende, 1994), el amor (Zwei Liebespaare, 1966) y la muerte (en la brutal serie Baader-Meinhof). Es Vermeer, Ingres, Manet y Cézanne. Puede ser Poussin, Tiziano, Caspar Friedrich, y ponerse del lado de Pollock, Newman o Warhol, sin despeinarse. Lo mismo es Bach que Cage. Pero es también el artista que no se corta un pelo: la emprende con la imagen digital y afronta los problemas de la posverdad, el archivo y la pérdida de memoria –esto tan del ahora–; que cuestiona la autoría, siendo autor, y contraviene la forma desde la fundamentación misma de la idea de la forma.

Gerhard Richter es un pintor enorme que supo trascender el gran oficio de pintar para hacer del arte un problema de relación con el ver y entender el mundo, a partir de la construcción de la imagen. “Soy un hacedor de imágenes” dijo en algún momento el pintor ya consumado. “Todo lo que hace –señalan Dieter Schwarz y Nicholas Serota, comisarios de la muestra– tiene que ver con la imagen que se produce, no con el acto de pintar”. Un hacer arte “agnóstico”, tan neutral, a veces, que nos turba cuando nos enfrentamos a las “imágenes de nada” (pictures of nothing, como él decía).

Si hay que ponerle una pega a Gerhard Richter, como me comentaba un artista con quien visité la exposición, es que se tomaba a sí mismo demasiado en serio –algo que se ve bien en su autorretrato Selbstportrait, 1996–. Desde pronto, supo que era muy bueno y hasta lo que pretendía hacer mal, le salía bien. Es alemán. Es el rigor de las cosas bien hechas, como apreciamos en toda la magnitud de la exposición.