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Mapplethorpe, el artista elegante que vestía de cuero

Phaidon publica una edición actualizada de 'Robert Mapplethorpe', un estudio exhaustivo sobre su fotografía. Repasamos su trayectoria con el editor Mark Holborn

22 mayo, 2020 09:20

En 1989 el senador Jesse Helms destrozó una copia de un catálogo de Mapplethorpe en el Senado de Estados Unidos denunciando el trabajo como pornográfico. El fotógrafo había muerto en marzo de ese mismo año por una insuficiencia respiratoria causada por complicaciones del SIDA que padecía. Pero cuanto más se denunciaba su obra, más público acudía a sus exposiciones. “Su trabajo se convirtió en el centro de un debate más amplio sobre censura y financiación pública para las artes”, cuenta Mark Holborn, editor de Robert Mapplethorpe, la actualización del estudio sobre su obra que publica Phaidon con 230 fotografías en blanco y negro y 20 imágenes en color. 

Esta edición arranca con un poema que Patti Smith ha escrito para este nuevo volumen, sigue con una introducción del editor Andrew Sullivan y concluye con un amplio ensayo del crítico y filósofo Arthur C. Danto. El grueso de la edición lo ocupa las fotografías de este provocador artista que posó con una pistola en la mano o unos cuernos diabólicos y durante su trayectoria trató de refinar su estilo y reforzar su creatividad constantemente. El volumen original fue publicado en 1992 y ahora, casi 30 años después, Holborn ha vuelto a trabajar junto a Dimitri Levas, amigo y asistente de Mapplethorpe, que ha convertido en certezas algunas de sus respuestas instintivas. 

“Sin darnos cuenta nuestros ojos se han refinado. Aunque estoy orgulloso del libro original me sorprendieron una o dos fotografías que habíamos pasado por alto. Así que pensé que podíamos crear una visión aún más intensa de lo que Mapplethorpe logró en un periodo relativamente corto”, sostiene. Aquella primera edición se dedicaba en exclusiva a su trabajo en blanco y negro mientras que sus fotografías a color se fueron publicando en volúmenes independientes. Ahora, se han integrado los elementos escultóricos, los ensamblajes y el color en un único volumen para ser “fieles al desarrollo del artista”.

Un creador polémico

Phillip Prioleau, 1979. (c) Robert Mapplethorpe Foundation Inc

La reacción ante su trabajo sigue siendo, en ocasiones, de estupor. No son pocas las veces las que se han hecho peticiones para retirar sus obras o para prevenir de su contenido a los visitantes (no está de más recordar en este punto que en 2018 el Museo Serralves inauguró una muestra de sus fotografías causando un revuelo que llevó al director de la pinacoteca portuguesa, Joao Ribas, a presentar su dimisión). “Existe una profunda veta puritana en el corazón de la conciencia estadounidense que emerge de un fundamento cristiano dogmático. En Estados Unidos, especialmente en ciudades como Nueva York y San Francisco, se pueden presenciar movimientos para desafiar y contrarrestar todo tipo de represión pero en otros lugares es probable encontrarse con las restricciones fundamentalistas”, explica el escritor. Por eso, la respuesta a su trabajo se enmarca dentro de “los patrones predecibles”. Sin duda, cree que “habría sido considerado de manera diferente en San Francisco en 1978 o en Ámsterdam en 1979 que en ciertos barrios de Washington DC”.

No obstante, Mapplethorpe se convirtió en una estrella dentro del universo particular en el que se movía, fue admirado y festejado internacionalmente y vivió su corto paso por la vida haciéndose pasar por ese chico malo que se convirtió en el artista que aspiraba ser. Era una figura elegante en vaqueros, en cuero o en esmoquin y "su notoriedad nunca fue un obstáculo para su posición social”, recuerda el editor. Aunque bien es cierto que cuando “su trabajo se trasladó de las pequeñas galerías a las instituciones estalló el escándalo”. 

En 1988 Janet Kardon, recuerda Arthur C. Danto en su ensayo, organizó una retrospectiva de su obra en el Instituto de Arte Contemporáneo de la Universidad de Pensilvania. “El espectáculo ganó notoriedad cuando la directora de la Galería Corcoran, Christina Orr-Cahal, canceló su itinerancia a Washington porque temía que el Congreso se opusiera a que una institución financiada por el National Endowment for the Arts patrocinara una exposición que podría interpretarse como obscena”. La polémica sobre las 150 fotografías que ya habían sido exhibidas en Filadelfia y Chicago saltó a las columnas de los periódicos y se convirtió “en el centro de un debate sobre censura y financiación pública de las artes”. 

En definitiva, Mapplethorpe era un artista peligroso para los cánones de derecha conservadora. “Los artistas siempre han ofrecido provocación y controversia. Él posó con una pistola y una cuchilla en sus manos, pero era solo una pose, al igual que los cuernos diabólicos que llevaba con alegría satánica. Entendió el lenguaje provocativo, lo hizo elegante y lo colocó en la frontera emocional de lo que se podía exhibir en la pared de una galería”, admite Holborn. 

Una fotografía poética y clásica en sus formas

James Ford, 1979. (c) Robert Mapplethorpe Foundation Inc

Su estilo estuvo bien definido desde el principio, caracterizado por sus formas evidentemente geométricas. Fotografió de manera poética lo que a nadie se le había ocurrido antes pues su interés no era ruborizar sino hacer entender que lo importante es la manera en la que se capturan las cosas. “No tengo una fórmula, es un tema de ser sensible”, afirmó el propio artista. También es cierto que fue un fotógrafo disciplinado que empezaba su día prestando atención a las flores que le llevaba Dimitri Levas, luego llegaba el turno de los retratos mientras los modelos visitaban su estudio y se adentraba en el mundo más oscuro cuando caía el sol. “La formalidad de sus imágenes permitió que los espectadores interactuaran con las imágenes del inframundo sexual porque estaban realizadas con el mismo equilibrio visual que el estudio más refinado de una naturaleza muerta”, afirma Mark Holborn.

Esto se debe a que su educación fotográfica empezó junto al comisario John McKendry antes de involucrarse con Sam Wagstaff, coleccionista de arte que se convirtió en su mentor. A finales de los 60 el MoMA expuso New Documents, una exposición con obras de Garry Winogrand y Lee Friedlander, “exponentes de un estilo urbano cercano a Robert Frank". En 1972 conoció a Wagstaff y en su colección de fotografías reconoció “la importancia de los estudios de flores de mediados del siglo XIX realizados por Adolphe Braun, la geometría de Edward Weston o la dramática tonalidad de Julia Margaret Cameron”. Todo esto contagió el espíritu de Mapplethorpe, para el que “la belleza y el diablo son la misma cosa”.

Aprendió a capturar el cuerpo humano de forma casi escultórica y se aventuró a posar su cámara en cualquier lugar siempre con el firme objetivo de crear imágenes que aspiraban a ser arte. Y lo consiguió a través de la exploración de la forma geométrica en composiciones equilibradas y elegantes. La carne humana le interesaba tanto que hasta sus flores estaban erotizadas. “La punta de la rosa equivalía a la punta de un pene”, afirma Holborn. Sin duda, la belleza era su principal fin, estaba obsesionada con ella: “quiero que todo sea perfecto y, por supuesto, no lo es. Eso ocupa un lugar importante de mi pensamiento, por lo que nunca estoy satisfecho”, declaró Mapplethorpe.

La escena sadomasoquista

Robert Mapplethorpe retrató a artistas como Patti Smith, Cindy Sherman o Andy Warhol, capturó la poética de las flores e inmortalizó la escena sadomasoquista entre 1976 y 1978. Las trece impresiones que forman parte de Portfolio X, y que se incluyen en el libro, se publicaron en 1978 y para Holborn forman parte de las más importantes y las más resonantes de la época. De hecho, las realiza con la misma atención geométrica que demuestra en sus estudios de flores aunque “el peligro es que el material explícito derive hacia lo pornográfico. Mapplethorpe no tenía miedo de lo pornográfico y quería ir a algún lugar más allá de despertar la curiosidad sexual, de provocar excitación. La elegancia en su trabajo es primordial, incluso en los momentos de penetración”. 

Aunque su obra pertenece a su tiempo y sus retratos nos ofrecen un catálogo de la creatividad de su época, es cierto que las generaciones futuras podrán estudiar su obra como en la actualidad nos sentimos atraídos por los retratos renacentistas. En este punto, su corpus se vuelve atemporal y Holborn es consciente de que “el contenido sexual de su obra será objeto de escrutinio histórico del mismo modo en el que hemos observado las posiciones eróticas representadas en vasijas griegas o romanas y otras ilustraciones sexuales de la antigüedad”. Además, considera que estas imágenes de finales de los años 70 resuenan porque preceden a un virus por el que muchos, incluido Mapplethorpe, iban a morir. La tragedia estaba a punto de llegar: “tanto el artista como el público sienten que pueden estar viendo la última agonía antes de que termine el espectáculo, derribado no por la derecha conservadora sino por un virus para el cual, aún hoy, no hay vacuna. Vivimos en otro siglo, pero uno que ya está definido por la potencia de un virus indiscriminado”, arguye. 

Cuando el artista estaba en su plenitud artística en lugar de contar con una oportunidad de continuar con su progreso tuvo que enfrentarse a la muerte. Primero, lidió con la de su amante Sam Wagstaff en 1987, cuyo funeral organizó el fotógrafo. Luego, con la suya propia. Aun en estas circunstancias, constata Holborn, lo hizo con la misma elegancia con la que vivió. 

@scamarzana