Image: Masip y Cordero, aledaños pictóricos
Raúl Cordero: Sin título, 2007
La galería Casado Santapau ha cerrado su primer año de andadura con dos dobles exposiciones en las que conviven como "compañeros de piso" artistas que, cada uno con su personalidad, tienen aficiones comunes. En la primera fueron Salvador Cidrás y Silvia Prada, ambos apegados a una estética juvenil y pop. Ahora es el turno de ángel Masip (Alicante, 1977) y Raúl Cordero (La Habana, 1971), que en principio no comparten más que la negación de la representación inmediata de la realidad a través de la pintura. Masip, que es un artista con muchas posibilidades y que ha recibido ya importantes premios, defrauda por perezoso en esta ocasión con una selección de pequeñas pinturas que ya mostró hace dos años en la galería Blanca Soto, realizadas en la cordillera cantábrica. Si bien es un pintor de técnica lenta (que hace uso, como Javier Garcerá pero de forma menos sistemática, de "reservas" para superponer distintas tonalidades) y con obras más recientes comprometidas en Generaciones (que ha adquirido un gran cuadro) y en una individual que ahora concluye en la sala Sa Nostra de Ibiza, no es de recibo que un artista tan joven repita jugada. Hemos visto obras suyas más ambiciosas y, sobre todo, más interesantes en cuanto al diálogo con los géneros y las maneras de la pintura. Sus anteriores mestizajes con lo escultórico están dando paso una visión más "clásica" de aún dudoso sello.Más decidida es la evolución de Raúl Cordero, cubano que trabaja en México, que expuso ya en 2002 en el Palacio de Abrantes de Salamanca y La Ciudadela en Pamplona, aunque tampoco comparece aquí con su mejor cara. Su trabajo pretende demostrar cómo la pintura no es un absoluto, un mundo autónomo o autista, y hace referencia a usos no artísticos de la misma (como los retratos robot policiales) o la valora en función del desgaste físico (contabilizado en tiempo invertido y en calorías) que implica. Son frecuentes las superposiciones de imágenes que utilizan diferentes códigos y la utilización de fuentes icónicas ajenas. En esta ocasión superpone la imagen de un zepelín que sobrevuela escenarios vacacionales, arquitecturas modernas sobre las que proyecta una sombra de amenaza. De aspecto borroso, como es habitual en él, esos solapamientos son a su vez puntuados con pequeños círculos de pintura, más espesa, que parecen a primera vista signos de braille pero son palabras aparentemente desligadas de la representación.