Liu Wei: The Outcast, 2007
El día 19 se abrió al público la novena edición de la Bienal de Lyon, la más importante cita artística francesa. El objetivo de sus comisarios ha sido intentar definir una década cuyo cierre aún queda lejos, delegando en 49 comisarios y críticos la selección de los "artistas esenciales" en ella. Además, 14 artistas, escritores, coreógrafos y arquitectos aportan otras perspectivas. La mayoría muy jóvenes. La idea es el juego.
Tal vez el conjunto de esta novena edición de la Bienal de Lyon habría resultado más cohesionado, y más convincente, si el planteamiento inicial de Stéphanie Moisdon y Hans-Ulrich Obrist (el llamado "primer círculo") no se hubiera complicado con otras propuestas paralelas (el "segundo círculo"). O tal vez no, porque la fórmula ya apuntaba a la dispersión. Ante la constatación de que -a causa de su extrema variedad en intenciones, formatos, orígenes, referencias formales y argumentales -es casi imposible sistematizar el arte producido desde el año 2000-, Moisdon y Obrist pensaron en reflejar esa multiplicidad a través de un caleidoscopio de miradas. Invitaron a 49 críticos y comisarios a que eligieran a un artista que consideraran esencial en lo que va de década (algo prematuramente). La fórmula no es inédita como criterio expositivo, pero sí en la historia de las bienales. De las que precisamente lo que esperamos es una lectura ordenada de la actualidad. Podríamos interpretar el método desde diversos puntos de vista: democratización de la selección, rendición ante el reto, afán de originalidad, consolidación del protagonismo de los comisarios... La cuestión es que lo que se nos ofrece es un "archipiélago" de pequeñas exposiciones inconexas, unas excelentes y otras insustanciales. Los árbitros de este "juego" (así se define) podrían haber propuesto unas directrices básicas que conllevasen la posibilidad de acotar un ámbito de reflexión, enriquecido por todas esas diferentes miradas. Según lo explican ellos, no existe ninguna línea temática pero Thierry Raspail, director artístico de la Bienal desde su creación en 1991, nos informa de que esta edición se integra en la trilogía 2003-2007, que se ocupa de la cuestión de la temporalidad, y pretende que Moisdon y Obrist han partido de la premisa de tratar la historia, la memoria, la actualidad y el olvido. Y si, después de saber esto, repasamos las obras vistas en Lyon, podemos concluir que las mejores de ellas sí se acercan a la idea de Raspail (ver más adelante). Como suele ocurrir en estas grandes citas, sus responsables no se han esforzado en clarificar conceptos de base, objetivos y recorridos, y el visitante puede llegar a imaginarse en un juego de rol, buscando pistas e intentando interpretar las señales. Hay cartelas enormes por todas partes pero, al igual que ocurre en las páginas del incoherente catálogo, pocas hablan sobre las obras expuestas y sobre las razones por las que están ahí. Unas son meros curricula de artista y comisario; otras intentan explicar la trayectoria del creador sin mencionar siquiera la pieza seleccionada... incluso se pierden en consideraciones sobre cuestiones filosóficas, políticas y sociales.Los jóvenes, predominantes
La mayoría de los comisarios son muy jóvenes (pocos pasan de los cuarenta) aunque algunos, como Obrist (1968), tengan largas carreras curatoriales. También lo son muchos de los artistas. Es una ¿inevitable? característica de la década. Y buena parte de las "individuales" yuxtapuestas adoptan el formato de la instalación. Escenarios apropiados para la idea de juego impuesta por los concepteurs. No obstante, escasean los seguidores de la estética adolescente, llamativa y ruidosa, propia de otros foros. Sólo en el Musée d’Art Contemporain, donde se han concentrado las propuestas del "segundo círculo", se consuma el riesgo de inmadurez y superficialidad que tanta inexperiencia anunciaba. Este segundo círculo consiste en el encargo a no-comisarios de diseñar una secuencia expositiva acerca de la década. Los resultados son desastrosos. Como ejemplos, Saâdane Afif (seleccionado para la Documenta) cede a su vez la responsabilidad de la selección a la Zoo Galerie de Nantes, que lleva a sus artistas; el colectivo Claire Fontaine, el coreógrafo Jérôme Bel y el escritor Michel Houellebecq optan por encargarse a sí mismos las obras; Pierre Joseph pide a diez jóvenes que reinterpreten su propia obra. Otros proponen programas de vídeo interesantes.
Pero hay muy buenos artistas en la Bienal. Y, curiosamente, coinciden en ese trabajo sobre el tiempo que Raspail proponía como punto de partida. La fascinante construcción a base de puertas y ventanas de Liu Wei en la Fondation Bullukian, con su interior lleno de polvo, expresa bien la idea del tiempo como depósito; la historia de los objetos es también argumento para la india Sheela Gowda, que rescata del abandono los tradicionales bloques de piedra para afilar. Pero cuando arte y vida se fusionan, se suman significados. Ocurre con Ryan Gander, que presenta la que debe ser (al menos durante un tiempo) La última obra, el recorrido en tiempo real desde su estudio a su casa, acompañado de meditaciones sobre el trabajo artístico y sus relaciones con el espectador, haciendo énfasis en la duración de la contemplación; o con Charles Avery, que pretende dedicarse de por vida a su proyecto The Islanders. O con el delirante Nathaniel Mellors, que opera en Time Surgeon (una absurda, existencialista, teatralización) a un radiocasete que tiene la clave para viajar en el tiempo. La extensión temporal de una imagen fija determina la percepción en el vídeo del influyente James Coleman; una ralentización que, en otra medida, utilizan también los lituanos Nomeda y Gediminas Urbonas.
Diálogos con el pasado
La relación con la historia, y con la historia del arte, son recurrentes. Destaca en este capítulo la compleja transmutación que efectúa Simon Starling desde las fotografías que hizo Marcel Broodthaers del Atomium (estructura de los átomos de un cristal de hierro) de Bruselas a la proyección de la imagen, obtenida con microscopio electrónico, de una de las partículas de plata (con una morfología absolutamente opuesta, más en consonancia con las ideas actuales sobre la materia y la energía) en las que se fijan las imágenes fotográficas. Pero también son interesantes la recreación que el canadiense Brian Junger hace, con bolsas de golf, de los tótems indios (aludiendo a la transformación y la explotación de territorios que pertenecieron un día a las "primeras naciones"), o la interacción que propicia Mai-Thu Perret entre las formas vanguardistas creadas por Varvara Stepanova, una danza performativa y el espacio real de exposición (se proyectan los vídeos sobre papel pintado). Revisar el arte del pasado es también la estrategia de Michel Houllebecq, que se ha inspirado en el museo de la prehistoria de Tautavel para diseñar los dioramas que forman parte de los decorados de una inminente película inspirada en su novela La posibilidad de una isla. Y de Seth Price, que interviene sobre filmaciones históricas de, entre otros, Martha Rosler y Joan Jonas.
Price ha compratido, ex aequo, el gran premio de la bienal, el Onlyon, con la divertida (aunque crítica) instalación de Allora y Calzadilla, Clamor, pugna de rebatos militares dentro de un búnquer de cartón-piedra. No es ésta la única instalación digna de mención. Otras son la del mexicano Erick Beltrán, la de la israelí Jumana Emil Abboud o la muy impresionante del sudafricano James Webb (nos mete en el ascensor de la mina más profunda de su país). De los españoles, finalmente, Juan Pérez Agirregoikoa (seleccionado por Peio Aguirre, único comisario español invitado) aporta una dosis de humor que no abunda en la Bienal. De Adrià Julià no les puedo contar; se le había estropeado el proyector.