Moving Mountains, 2007
La fortuna quiso que Robert Storr pasara por el stand de la galería Moriarty en ARCO ‘05, que reparara en la cortina que cerraba el pequeño cuarto oscuro donde se proyectaba Shadow Boxing y que se quedara prendado de una idea "de una gran simplicidad, de una gran obviedad incluso: una relación de pasividad-agresión presentada en forma de acontecimiento deportivo menor". Así lo describía en el libro Afinidades electivas, que recogía las apuestas de los críticos visitantes de la feria. Y cuando preparaba la lista de seleccionados para su discutida Think with the Senses - Feel with the Mind: Art in the Present Tense, se acordó de la joven belga y le dio carta de naturaleza para el cielo de los predilectos. A juzgar por lo que el poderoso comisario escribía sobre ella, es posible que se le escaparan los matices humorísticos que impregnan toda la obra de Sophie Whettnall. Es cierto que en el mencionado vídeo (el que se llevó a la Bienal de Venecia) hay una tensión dramática y es evidente que se plantean problemas que afectan a la condición femenina, pero también se insinúa una resolución paradójica del conflicto. La situación filmada: un boxeador profesional amaga golpes dirigidos a una impertérrita mujer (la artista), a la que la amenaza apenas hace pestañear. Pero la mujer es grande y el boxeador pequeño, y no parece tener malas intenciones; ella podría cansarse en cualquier momento, mirarle finalmente, darle un buen guantazo y acabar con la pantomima. De hecho, en otros vídeos del mismo año (2004; pueden verse en la web www.sophiewhettnall.com) ella demuestra sus habilidades pugilísticas.Las obras que presenta en esta exposición se han visto durante el verano en el CGAC, en la exposición El viaje, nuevas peregrinaciones, dialogando con otras de Gabriel Díaz e Ignacio Pérez Jofre. En ellas, Whettnall continúa una línea bien marcada en su trayectoria, que denota la preferencia por escenarios naturales. El paisaje es contemplado casi siempre por ella con mirada irónica, pero no deja de sentirse un cierto eco de la estética de lo sublime. La pieza principal es, en este montaje, una gran estructura de listones de madera en forma de montaña, cubierta sólo en una de sus vertientes por delgadas planchas de aluminio que reproducen los accidentes del relieve. No hay, como tampoco en el díptico videográfico Moving Mountains, ninguna verdadera intención ilusionista: la falsedad es patente, la naturaleza es teatralizada por medio de toscos bastidores y, sin embargo, ahí está, al menos como argumento plástico, la grandeza de las crestas rocosas y el misterio de sus cavidades. En su parte trasera -se puede interpretar que en la profundidad de la piedra-, el atractivo dibujo que recorre la pared, equipara el proceso delineativo casi automático con un registro sísmico de emociones, a la vez que (inconscientemente, según precisa) recurre a la convención representativa de las curvas de nivel para visualizar las formas del relieve.
La tendencia de la artista hacia lo paradójico se expresa en las dos piezas de vídeo que completan la muestra. Moving Mountains (curiosa coincidencia en temas y recursos, no en intenciones, con Los horizontes y las cinturas de Perejaume) es otra farsa de sublimidad paisajística. De un lado, en la pantalla de la derecha, tenemos el contraste conceptual de proporciones, de materiales y pesos, de significado, entre las pequeñas maquetas de montañas que evolucionan en el aire y las impresionantes cumbres de los Alpes al fondo. Y, de otro, en la de la izquierda, la atención al detalle (musgos, piedras, nieves, cortezas y raíces de los árboles), a distancia muy corta y con un ojo casi táctil, que se opone a la contemplación lejana, panorámica, de las montañas en la pantalla vecina.
En el otro vídeo, Hasta el fin del mundo, seguimos a nivel del suelo los sonoros pasos de una mujer, vestida de seda y con altos tacones, que recorre carreteras, caminos y prados y entra y sale de diversas poblaciones (aquí no se ha yuxtapuesto, como en Santiago, a imágenes de los entornos por los que va pasando). Es Sophie Whettnall, cubriendo diversos tramos del Camino de Santiago, hasta el cabo de Finisterre, en respuesta a la invitación del CGAC para la exposición citada, y en continuación de otra constante en su trabajo: el movimiento longitudinal como viaje existencial y como estructura narrativa. La situación es absurda. El tópico atuendo seductor resulta obviamente inapropiado para la peregrina, y simboliza las trabas, las rémoras que las ideas recibidas sobre lo femenino suponen en "el camino de la vida", tal y como lo describe la artista. Y, no obstante, como en Shadow Boxing, hay algo fuerte, seguro y decidido, en el caminar de la mujer, aunque en algún momento, ya cerca de su destino, se tambalee por el azote del viento y se le tuerzan un poco los tacones.