Image: Van Gogh, 70 días, 70 pinturas
Orillas del Oise en Auvers, 1890. The detroit institute os arts
Van Gogh pintó sus últimas obras en Auvers-sur-Oise. Paisajes, la mayoría, realizados en poco más de dos meses, desde su llegada al pequeño `pueblo cercano a París el 20 de mayo de 1890 hasta su suicidio, a finales de julio. Buscaba un lugar tranquilo y encontró a sus precursores: Daubigny, Pissarro y Cézanne. Fue un periodo breve pero muy fecundo. De las 70 obras de aquellos días, el comisario de la exposición, Guillermo Solana, ha logrado reunir en Madrid, en el Museo Thyssen-Bornemisza 29 procedentes de museos y colecciones de todo el mundo. Se podrá ver hasta el 16 de septiembre. No se la pierdan.
Van Gogh es sin duda una de las grandes estrellas mediáticas del arte moderno, y una de las más rentables. Pero el rechazo generado por las operaciones dirigidas al consumo cultural masivo queda, no obstante, anulado por la verdad que exuda todo lo que este gigantesco artista tocó. No fue un héroe artístico al uso: su iniciación tardía a la pintura, su alcoholismo, sus crisis psiquiátricas y su condición de extranjero le hicieron sentirse a menudo inseguro de su propia valía y le condenaron a la soledad... mas en sólo diez años (comienza a pintar en 1881 y muere en 1890) supo evolucionar radicalmente, pasando de un realismo provinciano a la vanguardia de la experimentación pictórica. En los dos últimos meses de su vida, después de haber visto por primera vez reunida casi toda su obra en casa de su hermano a su paso por París, hizo balance de esa breve pero fructífera década, reconsiderando motivos y composiciones: es la principal tesis de esta exposición, la primera que se centra en el examen de la obra realizada por el artista en Auvers-sur-Oise y en la que se reúnen veinte de los setenta cuadros pintados allí; habríamos querido ver más, y entre ellos algunos capitales como el retrato de Gachet o el famoso trigal sobrevolado por los cuervos, pero la mala conservación de las pinturas y las estrictas prohibiciones de trasladarlas han hecho imposible ampliar una selección que es ya bien representativa.Tras la estancia de un año en el sanatorio de Saint-Rémy, donde pinta cuadros extraordinarios y da un enorme paso adelante en su estilo que ahora se consolida, el traslado a este pueblo con ambiente norteño le aporta a Van Gogh gran estabilidad. El doctor Gachet, que le trata como médico y como amigo, le considera curado. El programa pictórico, relativamente limitado, que entonces desarrolla se fundamenta en la celebración del medio rural, como ideal de vida y como fuente iconográfica dada. Con tales presupuestos, otros artistas habrían caído en el tópico y en la sensiblería; en Van Gogh, la originalidad de la visión y de la técnica, y la energía desbordante, dan lugar a algo más moderno y, sobre todo, más complejo de lo que cabría esperar, y quizá de lo que él mismo pudiera creer. Como destaca el comisario, tuvo sin duda en mente la obra de los grandes pintores que habían pasado antes que él por Auvers, Pissarro, Daubigny y Cézanne, a los que se ha dedicado una primera sala introductoria. Auvers era entonces un destino pictórico preferente, y junto a Van Gogh daba asilo a cerca de un centenar de artistas, incluyendo buen número de estadounidenses. Pero el escenario que vemos en los cuadros del holandés es, a pesar de su luminosidad, solitario, casi fantasmal, y, especialmente en los trigales, ensombrecido por "el sol negro de la melancolía". En las chozas con techo de paja (que ya en Holanda comparó a nidos humanos) extrañamente sinuosas, en los exuberantes campos, en las tonalidades enfebrecidas y, sobre todo, en los retratos de niños, late lo monstruoso, lo siniestro. El moderado optimismo que declara en las cartas de esos días, su encendida defensa de la necesidad de criar a los niños en el campo (Théo acababa de ser padre), la danza de espigas y flores, se revelan como un forzado aferrarse a la vida, a la esperanza.
Guillermo Solana ha dispuesto las obras en un recorrido ordenado que combina cronología e iconografía. Al llegar a Auvers, Van Gogh se concentra en las calles y las casas del pueblo, siguiendo los pasos de Cézanne. Pinta las chozas y junto a ellas las nuevas casas burguesas que, en los cuadros, marcan contrastes cromáticos a la vez que señalan la convivencia de los viejo y lo nuevo. Esas chozas, y la iglesia (que no ha podido venir), le retrotraen a sus días en Neuen, y hay recuerdos holandeses en ciertas obras. Pero pronto siente la llamada de los espacios abiertos, del mar de cereales en el que busca vanamente una calma "a la Puvis de Chavannes". A pesar de su predilección por el retrato, el paisaje adquiere el mayor protagonismo en esta etapa, aunque ambos géneros son integrados en el proyecto decorativo que protagoniza la cuarta y última sala: el formado por los trece lienzos de 50 x 100 cm. (de los que se han conseguido tres) y los retratos de niños. El pequeño sobrino, que lleva su nombre, le hace anhelar quizá una edénica (aunque chirriante) infancia del hombre y de la tierra; una salud y una promesa de vida, una renovada germinación amenazada por el miedo. Creyendo que una nueva crisis era inminente, al menos una semana antes del suicidio había ya comprado la pistola con la que se dispararía en el pecho. En los campos.
El enigma de Van Gogh, por Guillermo Solana
No hay un artista, antiguo o moderno, del que tengamos tanta información de primera mano. Se conservan cerca de 800 cartas de Vincent van Gogh, dirigidas a su hermano Theo, a su hermana Wil o a amigos pintores como Van Rappard, émile Bernard, Paul Gauguin o Paul Signac, cartas donde se describen hasta los menores detalles de su vida cotidiana y se discute de todo lo divino y lo humano. En las grandes exposiciones monográficas de 1984 y 1986 en el Metropolitan de Nueva York, Ronald Pickvance reconstruyó la cronología de los dos últimos años de Vincent con precisión milimétrica. Conocemos día por día lo que hizo en ese periodo de su vida. El catálogo de su obra ha sido establecido innumerables veces, desde los primeros intentos de De la Faille hasta la última edición del de Jan Hulsker. Y sin embargo, seguimos sin respuesta a tantas preguntas. Cómo un muchacho inadaptado y sin aparentes dotes artísticas se convirtió en un pintor de vocación absoluta y en apenas diez años recorrió la distancia del cero al infinito. Sobre su enfermedad mental se han propuesto muchas hipótesis (epilepsia, esquizofrenia, sífilis, alcoholismo, intoxicación por plomo) pero sin alcanzar un diagnóstico cierto. Sólo podemos conjeturar, en fin, lo que llevó a Van Gogh a acabar con su vida a los treinta y siete años y desde luego ignoramos adónde le habría conducido, de haber sobrevivido, su pasión torrencial por la pintura. Hemos confiado en las biografías para descifrar el enigma de su obra y las biografías, como escribió Emily Dickinson, "nos enseñan ante todo que la historia de una vida es algo inaprehensible".