Image: Lynn Davis o el mundo como escultura
Iceberg 31, 2000
No es fácil encontrar encaje a la obra de Lynn Davis (Minneapolis, Minnesota, 1944) en el contexto del arte actual. En los inicios de su carrera produjo imágenes formalistas de desnudos, próximas a Mapplethorpe, que fue amigo y compañero en su primera gran exposición, en 1979, en el ICP de Nueva York. Las de Davis transparentaban la estirpe europea que la artista se había construido en su período de aprendizaje: fue ayudante de Berenice Abbott, quien a su vez lo fue de Man Ray y le trasladó su admiración por los fotógrafos vanguardistas franceses. Pero en 1986 la fotógrafa viaja a Groenlandia, y deja sumergidos para siempre en sus frías aguas los cuerpos que habían centrado su mirada. Y, sin embargo, no podemos hablar de un giro radical en su práctica fotográfica: en los icebergs y en los monumentos persas (las dos series que se exponen), así como en las arquitecturas chinas y contemporáneas sobre las que ha trabajado, busca una misma oposición primordial: la de la forma frente al vacío. El océano glacial y la estepa son dos formas de desierto en las que el tiempo parece detenido, ralentizado por su propio peso acumulado. Al igual que la montaña de hielo flota en las aguas, la construcción persa emerge de la tierra y ambas, a ojos de Davis, adquieren cualidades fundamentalmente escultóricas; las mismas que hallaba en sus desnudos de los ochenta. Se ha comparado a la artista con los fotógrafos exploradores del XIX, y ella misma ha negado esa vinculación, a pesar del seductor aire "retro" de muchas de sus imágenes. Sus intenciones se acercan más a las de Edward Weston y Anselm Adams, es decir, a la búsqueda de una grafía de gran pureza y expresividad, y a la reverencia enfática ante un paisaje trascendente.Las fotografías de Lynn Davis son bellas e impecables, pero no dejan de ser bastante convencionales. Su "minimalismo" y su limpieza parecen síntomas más de un afán esteticista que de una experimentación formal de mayor ambición. No obstante, hay que conocer a esta artista, bien situada en el mercado (trabaja con dos grandes galerías, Edwynn Houk y Karsten Greve) y con creciente entrada en el circuito museístico. Esta muestra, que utiliza por vez primera y con un panelado poco afortunado el gran distribuidor del Thyssen, ofrece el atractivo adicional de confrontar dos series que, con unos mismos parámetros formales, asimilan ámbitos opuestos geográfica, climática y culturalmente. Si se quisiera, se podrían utilizar ciertos espacios de indeterminación, en el tiempo (entre las viejas fotografías decimonónicas y la abstracción formalista) o incluso en la sustancia de lo real (desvirtuando elementos y materias al reducirlos a volúmenes y entornos), para inferir una interesante elaboración conceptual de un material visual dado. Pero no sé si esos son sus propósitos.