Paul Ekaitz: On the other side, 2007. Fotografía.
Generaciones ha ido ganando terreno con los años, ya ocho, frente a otros certámenes destinados a artistas jóvenes. Por su alcance geográfico y temporal: se presenta en Madrid en La Casa Encendida y luego itinera durante varios meses, de manera que incrementa sustancialmente su "llegada" (este año a Barcelona, Valladolid, Valencia y Sevilla). Y por sus beneficios añadidos: es una convocatoria no sólo para premios sino también para becas, por lo que cada año favorece la realización de proyectos. ésta circunstancia obedece a la dinámica que está adoptando el arte actual, según la cual muchos artistas (los costes crecen) producen las obras sólo cuando van a exponerlas y si son financiadas por galerías o instituciones. La carencia es demostrada por las cifras: 1.126 solicitudes en esta edición. De entre ellas, Francisco Calvo Serraller, Aurora García, Agustín Valle y Teresa Velázquez han seleccionado 25 obras y han otorgado premios y menciones; Javier Arnaldo, Aurora Fernández de Polanco, Carlos Jiménez, Frederic Montornés y Gloria Picazo han adjudicado las 7 becas.Los premios de arte joven, con un papel fundamental en los 80 y parte de los 90, tienen hoy otra función. En la actualidad, al artista joven le cuesta entrar en el circuito expositivo y comercial no por edad sino por número, pues son legión. Abundan las galerías y centros de arte que no encuentran inconveniente en trabajar con creadores noveles e inmaduros, que pueden (y deben) replantearse aún sus posiciones, y tal vez no sean capaces de ir más allá de un primer brote de genio. Así, en los curricula de los participantes aquí vemos que la mayoría han tenido ya exposiciones individuales, y algunos en galerías importantes. No se trata, por tanto, de descubrir nuevos valores -alguno sale-, sino de darles un espaldarazo y contribuir a sanear sus economías -además de los premios y becas se adquieren obras- para que puedan seguir trabajando. Quizá estos premios en otros ámbitos hayan dejado de tener sentido; no así en una lanzadera como La Casa Encendida.
Hay en la selección obras para todos los gustos -algunas, sería inclemente señalarlas, muy flojas- y los premios no han sido muy acertados. Paul Ekaitz ha presentado en otras ocasiones obras superiores a esta fotografía, y hay seleccionados más convincentes que los otros dos premiados. Entre las menciones me parecen oportunas las de Elena Domínguez Rendeiro, con una instalación de valores "pictóricos" de medias grapadas a la pared y la de Javier Viver, que convierte a la bella Katherine Hepburn en un engendro diabólico mediante un sencillo desdoblamiento digital y un efecto sonoro. Son también de gran interés las propuestas de Antón Cabaleiro, que adapta la antigua normativa del canon corporal a una situación de amenaza y vacío; de Bárbara Fluxá, que cartografía con sutileza las goteras de un espacio abandonado; de Juan López, con un vídeo en el que transforma un espacio desnudo en escenario en el que interactúan estructuras reales y fingidas y los grafismos ambiguos; y de Guillermo Mora, con otra forma de caja escénica para la pintura. Pero quizá la obra más potente de la muestra sea la de Daniel Palacios que, interesado en las relaciones entre arte y tecnología, ha diseñado un dispositivo interactivo que aúna belleza intangible (el tacto conllevaría la herida) y brutalidad: un cable se pone en movimiento a toda velocidad dibujando complejas ondas, siempre cambiantes, y silbando la tonada de su violencia.