Image: El esplendor de la joyería mongola
Escudo de plata repujada con esmaltes, h. siglo XVIII
La dinastía mogola, que gobernó la India entre 1526 (cuando fue conquistada por Baber, un bisnieto de Tamerlán) y 1857 (fecha de anexión al imperio británico), impuso en sus territorios, que incluirían áreas de Pakistán, Afganistán y Cachemira, un orden fuertemente jerarquizado que hizo afluir a la Corte inmensas riquezas. Lahore, Delhi y Agra se convirtieron en grandes ciudades con un extraordinario florecimiento de la artesanía, el comercio y la industria, sobre todo textil, financiado en gran parte por los altos impuestos que pagaba el campesinado. Todas las artes sin excepción experimentaron un período de esplendor, que el mundo identifica con el famoso Taj Mahal, ejemplo del refinamiento y la suntuosidad de esta cultura. Naturalmente, el atuendo de reyes y nobles respondía a un comparable deseo de boato, y todo aquello que entraba en contacto con sus cuerpos en la rica vida ceremonial se transformó en joyas en manos de los hábiles orfebres del imperio.El Palacio Real de Madrid acoge una importantísima exposición, que ha pasado ya por el British Museum de Londres y el Metropolitan de Nueva York, de joyería de la India mogola, con cerca de 400 piezas de un incalculable valor material, artístico e histórico. Forman una pequeña parte de la colección particular al-Sabah, depositada en el Museo Nacional de Kuwait, el resultado del impresionante fervor coleccionista del jeque Nasser al-Sabah (de la familia real kuwaití), que en sólo treinta años ha reunido una de las colecciones de arte islámico más relevantes del mundo, comparable a las de los grandes museos, y que comprende todos los períodos, todas las áreas geográficas y todas las formas de expresión de la cultura musulmana.
Deambulando entre las apretadas vitrinas, el visitante queda deslumbrado ante la profusión de materiales preciosos, tratados con tecnologías innovadoras, y ante la elegancia de los diseños, que se emparentan con la decoración arquitectónica, la miniatura o la jardinería mogolas. Ordenados según procedimientos técnicos, encontramos no sólo adornos personales sino también armas de parada, recipientes, cajas para distintos usos, platos, boquillas de pipa, mangos de espantamoscas... La abundancia de gemas y el perfeccionamiento de los engastes, en especial del llamado kundan (en el que se trabaja el oro en frío), junto a la importación de algunos materiales (como las enormes esmeraldas que los españoles extraían en Colombia) y de artesanos europeos que aportaron algunos modelos decorativos y la técnica del esmalte, permitieron una abundancia y un desarrollo que sólo se ha comenzado a estudiar en los últimos años. Los dibujos, geométricos, florales y animalísticos son delicadísimos, y el acabado se extiende incluso a las zonas menos visibles. Las piedras duras, como el jade nefrita o el cristal de roca, se embuten de oro y gemas en finas incisiones, o se tallan en alto o bajo relieve; los metales se adornan con damasquinados; se combinan oro, esmaltes y piedras ricas... Lo pequeño es un prodigio de exquisitez y lo grande un alarde de magnificencia. Pero quizá los objetos más apreciados por su valor histórico, y sorprendentes para nosotros, sean las gemas reales talladas. Son espinelas, esmeraldas y diamantes (estos apenas conservados por la tentación de tallarlos) de sensacional tamaño, atesorados generación tras generación por los soberanos, que inscribían orgullosamente sobre ellos sus nombres. La colección al-Sabah es superada en este capítulo tan sólo por el Tesoro Nacional de Joyas de Irán, y posee piedras importantísimas, como la espinela con los nombres de seis emperadores de cuatro dinastías, fechables entre 1449 y 1755. Apenas se puede dar crédito a los ojos.