Image: Colección Taschen: del sublime al kitsch
Elmer Batters: Sin título, 1970
Arte, arquitectura, diseño, jardinería, pornografía, cómic, cine y fotografía son los ámbitos que Benedikt Taschen, millonario editor de 43 años, ha privilegiado en las diversas líneas editoriales que desarrolla desde mediados de los 80. Tales preferencias se reflejan en su colección de arte, iniciada en los tiempos del neoexpresionismo alemán, comprando a artistas de su propia generación que trabajaban o exponían en Colonia. Rehúsa revelar el volumen total de obras que posee, pero son al menos el doble de las expuestas, repartidas en casas, tiendas y oficinas.
Por vez primera, Benedikt Taschen, propietario y director de Taschen Verlag, el gigante alemán de la edición de libros, presenta al público su colección privada de arte. Sin duda, esta exposición va a constituir para el Reina Sofía una gran operación publicitaria. La editorial Taschen distribuye sus productos en cada rincón del mundo y, dado que se ha hecho cargo del catálogo, es de suponer que le va a dar una difusión nunca alcanzada por ninguna de las publicaciones anteriores del museo. Para Benedikt Taschen, que fomenta su propia imagen de triunfador como parte del marketing de la empresa, la presentación de su colección en un museo de las dimensiones del Reina es también un gran logro personal y una estrategia promocional de enorme calibre, por lo que seguramente favorecerá la distribución masiva de este libro (junto al catálogo, que también edita, de la exposición de Kippenberger, con numerosísimas obras suyas) y contribuirá a que la muestra, asociada al nombre del museo madrileño, se publicite en cada periódico, revista o web internacional que se precie de estar a la última. Así que todos contentos. Pero ¿qué recibe el espectador?Las obras expuestas responden perfectamente a lo que cabría esperar si se tiene en mente la línea editorial que él mismo ha marcado a lo largo del cuarto de siglo que lleva en el negocio. Los libros de arte, muy bien ilustrados y a precio asequible, han sido el plato fuerte de la editorial desde el punto de vista cultural, pero no hay que olvidar la pasión de Benedikt Taschen por el cómic, ámbito en el que trabajó antes de descubrir la mina del arte, y sus numerosas publicaciones pornográficas (entre un diez y un quince por ciento del catálogo de su editorial, según él mismo ha precisado). Como en sus tiendas, en su colección se entremezclan la alta y la baja cultura, el arte serio y caprichos de una chabacanería lamentable. Es, desde luego, una visión personal, basada en el gusto particular y, por ello, perfectamente honesta. Un gusto, al parecer, excluyente y obsesivo: compra muchas obras de unos pocos artistas (a los que les debe resolver la vida), entre los que destacan Martin Kippenberger y Albert Oehlen, con cerca de un centenar de obras cada uno. Y no parece que su objetivo sea la especulación o la intervención en el mercado del arte, pues hasta el momento se ha conformado con disfrutar de sus posesiones, aunque haya que tener en cuenta el impacto en los clientes que visitan las sedes de la editorial de sus grandes y vistosas obras, como la góndola de Kippenberger que cuelga del techo del gran vestíbulo de la casa matriz en Colonia y que se ha trasladado a Madrid para esta ocasión.
Benedikt Taschen vive entre Colonia y Los ángeles (su casa allí, Chemosphere House, aparece en una de las fotografías expuestas de Julius Shulman), y Alemania y Estados Unidos son los epicentros de su interés artístico. Esta selección, realizada por Marga Paz, consiste en cerca de un centenar de obras de sólo dieciséis artistas, algunos con gran cantidad de obras. En los primeros puestos, Wolfgang Tillmans (paisano de Taschen), con dos grandes montajes de sus anodinas fotografías, y los más de veinte dibujos y fotografías intervenidas que representan a hilarantes mujeres dominadoras del inefable Eric Stanton, un viejo pornógrafo al que sólo sus entusiastas podrían considerar artista. Es de guasa, como las inocentes fotografías de Elmer Batters, éstas de los 70, que celebran el erotismo de los pies. A Taschen le encanta lo escabroso y lo escatológico: Mike Kelley no podía faltar en su colección, en la que tienen además relevancia los adefesios de Jeff Koons (entre ellos una gran escultura en la que se beneficia a La Cicciolina) y su admirado Helmut Newton, exacto forjador de una ridícula imagen de la mujer, del que ha dicho que es el más grande y más vanguardista de todos los fotógrafos. De Cindy Sherman prefiere naturalmente las fotos de los maniquíes en posturas sexuales imposibles y las de comida putrefacta. éstas, no obstante, están entre lo más elogiable de la exposición, que incluye también algunas buenas pinturas antiguas de Albert Oehlen (entre las que no se cuenta el gigantesco y simplón barullo digital de líneas) y excelentes fotografías de Thomas Struth, Gönther Fürg y el joven británico Darren Almond, con una exquisita serie de paisajes alpinos, sublimes. Además, pueden verse cuadros del americano Christopher Wool, las mencionadas fotografías de Shulman (una figura local de Los ángeles en los años 40 y 50, con cierto atractivo retro que también le va mucho a Taschen), un pésimo André Butzer y dos interesantes lienzos de Werner Böttner, otro de los neo-expresionistas alemanes apoyados por el coleccionista. Atraerá masas.