Image: El débil aliento de Nikos Navridis
Sobre la vida, la belleza, las traducciones y otras dificultades, 1997. Videoinstalación
Hay ideas que la historia ha ido guardando y que, a pesar de que perdieron vigencia en nuestro pensamiento y en nuestro proceder, conservan una belleza poética y una carga metafórica que les permite pervivir todavía en algunos rincones de los diversos territorios del arte. La respiración ha sido vehículo del impulso creador de universos, de poder espiritual, de vocalización de palabras mágicas, de modulación de melodías, de absorción del fluido vital en el que (en la alquimia y en el yoga) se expande la luz solar. En las artes, como "inspiración", ha expresado nada menos que el momento en que una entidad sobrenatural, una realidad exterior o la propia imaginación han propiciado la concepción de la obra. Como fenómeno fisiológico no es menos fascinante, por la asombrosa ingeniería biológica que nos permite introducir el oxígeno en la sangre y alimentar cada célula del organismo, y por las experiencias que tanto la hiperventilación como las dificultades respiratorias desencadenan en el cerebro y en el cuerpo. Nikos Navridis (Atenas, 1958), estrella del desembarco griego en Madrid con esta individual comisariada por Rosa Martínez, quien le ha promocionado en diversas exposiciones y bienales internacionales, ha basado todo su trabajo a lo largo de su corta trayectoria (su primera individual es de 1995) en la respiración, pero con débil aliento. En fotografías y videoinstalaciones, la acota materialmente y la muestra contenida casi siempre en translúcidos globos de látex que unos actores inflan, abrazan, deforman, estrujan o hacen explotar. Y luego se ríen (como catarsis, nos dicen). Parecido desencanto se obtiene en la colectiva Breakthrough, en la Sala Alcalá 31, en la que no se llega a dar la forma adecuada a esas emocionadas y emocionantes inspiraciones y expiraciones con que los cantantes e instrumentistas se acompañan en sus interpretaciones.Siempre es posible aliñar una obra poco expresiva con escritos que explican lo que no existe o lo que no se ha sabido comunicar, y el espectador intenta y a veces consigue enriquecer su comprensión mediante ellos. En este caso, la impresión que se obtiene es que nos encontramos ante una obra inflada en un montaje hinchado. Las espectaculares proyecciones en amplias superficies no alcanzan a compensar la vacuidad de las obras (las primeras englobadas bajo el pomposo título de La cuestión de la antigöedad del vacío), y sólo al final del recorrido, en el cuádruple vídeo Buscando un lugar, se obtiene una ligera sensación de angustia, provocada por el posible ahogo de los performers cuyas cabezas casi se han sellado con látex. Y la última serie fotográfica, Respiraciones difíciles, apunta tanto a una mayor ambición en las cualidades plásticas de la obra como a su enriquecimiento semántico.
El desarrollo temporal de las acciones filmadas por Navridis sobrepasa en ocasiones el cuarto de hora. Pedir al espectador que contemple durante diecisiete minutos cómo alguien infla un globo es mucho pedir. Por más que se quiera defender esta morosidad con el argumento de que es posible escapar al arte de consumo rápido que hoy prima, o de que el formato vídeo no tiene por qué equivaler a narración y entretenimiento, lo cierto es que ciertos artistas nos matan de aburrimiento con sus legítimos experimentos.