Image: Es Baluard, un museo en la muralla

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Arte

Es Baluard, un museo en la muralla

Palma inaugura un nuevo centro

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Instalación de Rebecca Horn realizada para el Aljibe

El 30 de enero se inaugura el polémico Es Baluard, un bello edificio en uno de los ángulos de la muralla con la colección del empresario de medios de comunicación Pedro Serra, complementada por depósitos del Ayuntamiento, el Consejo de la Isla y el Gobierno balear.

Pedro Serra, poderoso empresario de medios de comunicación en Baleares, ha reunido a lo largo de décadas una colección muy importante por el número de obras: se habla de unas 3.000 pinturas y 1.000 esculturas. Adalid de la cultura balear, ha querido poner una parte de su colección a disposición de los ciudadanos. Para ello, ha movilizado a las administraciones autonómica, provincial y local, que han financiado la edificación de un nuevo edificio en la vieja muralla y que han constituido, junto a la Fundació d´Art Serra, la Fundació Es Baluard para sustentar el funcionamiento del museo y sus actividades futuras. La colección sigue en su mayor parte siendo suya (ha donado un número de obras no especificado) y la fundación que lleva su nombre podrá disponer del edificio durante 99 años. Se han invertido 17,5 millones de euros de dinero público. Serra ha anunciado que se desvinculará de Es Baluard una vez se ponga en marcha, pero el museo seguirá fundamentado en su colección y no podrá en principio tomar otros rumbos. Ayuntamiento, Consell y Govern aportan, en depósito, algo más de 60 obras y se incorporan cesiones temporales de particulares.

Había expectación por saber si la colección valía la inversión. Y aquí Teresa Pérez-Jofre, directora del museo, no ha jugado bien sus bazas. El montaje inaugural, "Es Baluard año 0", ha querido sacar de golpe toda la artillería, cuando podría haber causado una mejor impresión seleccionando cuidadosamente las piezas más relevantes y mostrándolas con el debido desahogo. La planta baja del precioso edificio, que se adapta a los muros de las fortificaciones marcando en las propias salas y recorridos su sentido longitudinal, ha sido excesivamente compartimentada por tabiques transversales (por fortuna no permanentes) cargados de obras que interrumpen la visión del espacio. En esta zona se describe una trayectoria cronológica que parte de una buena sala con el paisajismo decimonónico, pasa rápidamente por las vanguardias de principios del siglo XX, se asoma al cubismo y la abstracción geométrica, salta al informalismo europeo, a El Paso, el Pop español, vuelve a saltar a los 80 y a la pintura reciente balear, cerrando (desordenadamente) con Miró y el surrealismo. En la planta sótano, un gran espacio diáfano, se han dispuesto las obras más grandes de los 90 y en la reducida planta superior, desde la que se accede a una hermosa terraza, una colección de cerámicas de Picasso de los años 50 y 60 acompañadas por un puñado de dibujos. Hay obras buenas de artistas relevantes (sobre todo españoles: Anglada, Mir, Rusiñol, Tápies, Barceló, Sicilia, Campano, Plensa, Villalba), pero hay también no pocos artistas menores (lógicamente abundan los baleares y los relacionados con las islas) y muchas cosas pequeñas o papeles de figuras de renombre. No hay prácticamente nada de fotografía, nada de vídeo y, en general, se deja adivinar un gusto algo conservador. Se encuentran algunas curiosidades y, a pesar de la escasez de grandes obras, se puede disfrutar del conjunto sin encontrar piezas que molesten realmente por su baja calidad artística. Es fantástica como colección particular y floja como colección pública.

No cabe duda, sin embargo, de que a partir de ahora no se puede pasar por Palma sin visitar Es Baluard, aunque sólo fuera para pasear las recobradas murallas y por las terrazas abiertas al sol, soladas con madera para aludir a las cubiertas de los barcos. En estos exteriores se han montado esculturas de gran tamaño de, entre otros, Anthony Caro, Jorge Oteiza o Santiago Calatrava, con una gigantesca estructura de 16 metros de alto que marcará desde el mar el emplazamiento del museo, de otra manera discretamente oculto tras el baluarte. Pero el mayor atractivo artístico del centro es en estos primeros meses sin duda el "El Aljibe", donde Rebecca Horn ha instalado la impresionante Luz aprisionada en el vientre de la ballena, misteriosa, hipnótica, una de esas obras que afectan íntegramente al espectador. Concebida inicialmente para el Palais de Tokio, donde se pudo ver a principios del año pasado, la instalación combina proyecciones de poemas de Jacques Roubaud que van recorriendo lentamente la bóveda de piedra del aljibe, la música de Hayden Danyl Chisholm y una piscina muy poco profunda con agua, cuya superficie (que refleja también las palabras) es apenas agitada por una larga vara de metal movida por uno de esos sencillos motores que Horn suele utilizar en sus obras. Buen comienzo para un programa expositivo del que a estas alturas nada se sabe, lo cual es muy preocupante.