Image: Luz sobre los etruscos
Cabeza masculina con barba del templo de San Leonardo de Orvieto, s. IV a.C. Terracota. Superintendencia Arqueológica de Umbría.y estatua de guerrero , 550 a.C. Bronce.
La última de las grandes exposiciones sobre antiguas civilizaciones, los "blockbusters", del Palazzo Grassi en Venecia se dedica (hasta el 1 de julio) a Los Etruscos. Anteriormente la Fundación Fiat ha llevado a cabo las exposiciones dedicadas a los celtas, a los fenicios, a los griegos y a los mayas y a sus instancias e instrumentos de poder, a su hegemonía cultural y política durante siglos.La exposición, comisariada por el profesor Mario Torelli, presenta 600 objetos asegurados en 250 millones de dólares (47.250 millones de pesetas). El montaje ha sido diseñado por los arquitectos Pierluigi Cerri y Francesco Venezia, que han huido de la cronología y optado por una visión temática. Sin los medios de comunicación y sin la producción de la veneciana, se ha podido ver otra exposición sobre los etruscos en el Museo Cívico Arqueológico de Bolonia, la antigua ciudad etrusca de Felsina. Comisariada por la Profesora Cristiana Morigi y titulada Los príncipes etruscos, entre el Mediterráneo y Europa, esta muestra sólo ha estudiado un segmento de la historia de los etruscos y se ha centrado sobre todo en el orientalismo de esta cultura. Mas para los legos es un complemento perfecto a la visión veneciana.
Con las dos exposiciones se nos proyecta ahora otra luz sobre los etruscos, cuya existencia se extiende a lo largo de mil años en la península itálica. El apogeo de esta cultura va desde entre 900 a.C., el llamado período de Villanova por la excavación realizada cerca de Bolonia en 1853, hasta el 509 a.C., año en que los reyes son expulsados de Roma. Las anteriores muestras, la primera dedicada a los etruscos como tal en 1955 en Zurich y Milán y la de Florencia en 1985, no tuvieron un horizonte tan amplio de análisis y se decantaron por una visión más mítica, de particularismo "latino" frente al clasicismo griego. En 1993 la exposición Los Etruscos y Europa organizada en París y Berlín reflexionaba únicamente sobre la "etruscomanía" habida desde el Renacimiento hasta la porcelana all’etrusca de finales del XVIII. Aún hoy sólo tenemos dos fuentes documentales sobre este pueblo, lo encontrado en las necrópolis y las fuentes literarias de los romanos.
La exposición de Venecia comienza por el final de la edad de bronce (siglo XI a.C.) y termina con el período de luchas contra Roma en el año 90 a.C. El arranque de la muestra es metafórico: una escultura de Henry Moore, por un lado, y por otro una pieza, la estela de Lemnos (siglo VI a.C.), que no pertenece a los etruscos sino a los "tirrenos", que vivieron al nordeste de la Egea, pero que para Torelli son los antecedentes de los etruscos. Ellos se denominaron rasna y los griegos les llamaron asimismo tirrenos.
Los etruscos se caracterizan por su dominio de la metalurgia, no sólo la plata y el cobre sino fundamentalmente el hierro, que es lo que les dio el poder real y político durante tantos siglos. En la exposición del Palazzo Grassi se ve su forma de organización civil, del igualitarismo a la oligarquía, sus formas de habitar y de producir textiles, sus formas de comercio, de cazar y de hacer la guerra, el papel de la mujer o el papel de los aruspices, la manera etrusca de adivinación de futuro. Después viene la helenización de este pueblo, la importancia de los alimentos, del vino y de los dioses de Delfos, como Apolo o Artemisa.
Los etruscos se helenizan, después se latinizan y finalmente desaparecen absorbidos por ese talento que se da en Italia de metamorfosearse en todo lo que entra, como muestra aquel filme de la Segunda Guerra Mundial en que los napolitanos trabajan para los alemanes de la misma manera en que lo harían para los americanos poco después. Hay poca documentación propia de los etruscos. No hay historia escrita por ellos y los textos conservados no han podido ser descifrados. Las noticias las debemos a los romanos -sobre todo a Tito Livio- que inventan un pasado legendario que les entronca, a través de Eneas, directamente con Troya. La herencia de esta raza, que germina entre los ríos Arno y Tiber, hoy la podemos encontrar paseando por Cerveteri, Tarquinia, Cortona, Volterra o Perugia. Son los lugares para contemplar la arqueología. Para ver las delicadas joyas que eran capaces de producir, lo mejor es ir a Villa Giulia, en Roma. También podemos recurrir a la ensoñación de D. H. Lawrence en Etruscan Places (Atardeceres etruscos, ahora incluido en Twilight in Italy) que acusa a los romanos de haberse apropiado de la esencia vital y del misterio etrusco.
Parece ser que los etruscos absorbieron la cultura de sus vecinos y con ello se transmutaron y desa-parecieron. En la cultura romana se encuentran los fasces, las insignias del poder, un hacha con haces de varas que llevaban los lictores, la toga con franja púrpura, la silla plegable de marfil, o la curiosidad por estudiar las vísceras de los animales y el vuelo de los pájaros, para el que tenían un edificio, el auguraculum, como plataforma de información y turismo de la época.
En la exposición de Venecia tenemos además grandes piezas de su historia del arte. La reconstrucción del carro de Castel San Mariano, descubierto en las excavaciones de 1812 en Perugia, disperso hoy entre Munich, Berlín, París y Perugia, un carro de dos ruedas destinado a una mujer, parecido a los que están presentes en el llamado Cortejo de Velletri, un friso de terracota del siglo VI a.C., un carro precursor de Giacometti y de David Smith. También pertenecen a los etruscos la Loba Capitolina de Roma y la Quimera de Arezzo. Estos son los animales más difundidos de su cultura. La quimera tiene cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón, que seguramente la colocó Benvenuto Cellini. Faltan, por supuesto, en la exposición todas las pinturas murales de las necrópolis, de la tumba de los Leopardos a la de los Augures.
De prácticamente todos los museos importantes del mundo, de Brooklyn a Berlín, hay piezas en esta exposición. Del Louvre son varias placas de terracota policromada y dos vasos -como el ánfora de Nola, uno de los mejores vasos "griegos"-, firmados por Eufronios. Del Victoria & Albert Museum de Londres es la copa de Palestrina, de 11 centímetros de diámetro, "engranulada" con minúsculas esferas de oro. ésta técnica ha sido estudiada y repetida ahora, al igual que la de la cerámica negra. Del Museo Arqueológico de Florencia es la estatua de bronce de 1,80 metros titulada el Arringatore. La cabeza masculina en terracota encontrada en el templo de San Leonardo proviene de Orvieto. También está el hígado de Piacenza. Son todas ellas piezas que tienen ese sentir "mediterráneo" que hablará también a la escultura del siglo XX. No sólo a la obra del citado Giacometti, también a los dibujos de Ben Nicholson y a la escultura de Eduardo Chillida. La pieza que abre la exposición, la Broken Figure (Figura quebrada) de Henry Moore, realizada en mármol negro en 1975, cuando el artista británico residió en la Toscana, reinterpreta emblemáticamente a los etruscos y hace que perviva su sensibilidad.