Image: ¿Qué museos queremos

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Arte

¿Qué museos queremos"

Hablan los directores

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Los visitantes del museo, 1998. Fotografía de Karen Knorr

Los museos españoles crecen y cambian de imagen. Tienen nuevas necesidades de espacio, unas veces determinadas por los servicios que deben ofrecer a los visitantes y otras por el volumen de obras guardadas en los almacenes. Es un proceso que parece imparable. Pero antes de aceptarlo como inevitable, es preciso contemplar con perspectiva crítica los intereses económicos y políticos que lo impulsan y, sobre todo, conocer a través de estudios serios cuáles son las demandas reales de los museos y de su público. EL CULTURAL aborda algunas de estas polémicas cuestiones. Por otra parte, hemos solicitado la opinión de quienes más directamente se enfrentan a estos problemas: los directores de los museos españoles.

Los cuatro museos más importantes de Madrid, el Prado, el Thyssen, el Reina Sofía y el museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se preparan para sus respectivos procesos de ampliación. Hace unos meses se abrió la ampliación del Museo Picasso de Barcelona, el Museo de Bellas Artes de Bilbao acaba de inaugurar su nueva ala, la Fundación Joan Miró de Barcelona emprende las obras de su ampliación y el IVAM de Valencia está expropiando algunos edificios colindantes para su expansión. Parece que los museos españoles necesitan con urgencia nuevos espacios. Algunos de ellos tienen su sede en edificios históricos que han de adaptarse a las necesidades actuales; otros, por el contrario, son construcciones modernas o que ya se sometieron a una profunda remodelación en su momento, lo cual hace pensar que, o las condiciones han cambiado mucho, o tal vez se inauguraron ya con carencias estructurales.

En cualquier caso, estas actuaciones están en sintonía con una tendencia internacional: los grandes museos del mundo crecen, abren sucursales. El gran Louvre marcó la pauta y la apertura del nuevo e inmenso edificio de la Tate Gallery en Londres ha constituido un acontecimiento mundial que sobrepasa el terreno de las artes plásticas. En España no tenemos, ni tendremos, un macromuseo como el British Museum de Londres, el Louvre, los Museos Vaticanos o el Metropolitan de Nueva York. No obstante, el Prado o el Thyssen tienen unas dimensiones que hacen poco recomendable su recorrido íntegro en una sola visita.

EL CULTURAL ha querido plantear algunas cuestiones acerca de este fenómeno social y cultural. Hemos pedido a los directores de algunos de los museos más visitados de España que reflexionen sobre la oportunidad de esos procesos de ampliación y sobre otras cuestiones museísticas ligadas a ellos. Kosme de Barañano, Juan Manuel Bonet, Martín Chirino, Miguel Fernández-Cid, Tomàs Llorens, Rosa María Malet y Miguel Zugaza nos han dado su opinión. Lamentablemente, no hemos podido contar con Fernando Checa y Manuel Borja-Villel, directores del Museo del Prado y del MACBA respectivamente, que han pretextado compromisos profesionales. No pretendemos que el crecimiento de los museos sea negativo, ni cuestionar las necesidades reales de espacio de algunos de ellos. Pero sí que se tengan en cuenta otras alternativas así como las implicaciones políticas y económicas, que no se han valorado suficientemente en nuestro país, al margen del muy comentado caso del Museo Guggenheim Bilbao.

Casi todos los expertos, incluidos algunos de los directores de museos consultados, y los aficionados, prefieren los museos pequeños, monográficos o con una cuidada selección, donde es posible disfrutar de lo expuesto pausadamente. Aunque, por supuesto, cualquier población querría albergar uno de esos grandes museos, por lo que suponen de riqueza patrimonial y porque su mera existencia puede convertirla en una gran ciudad turística y de servicios.

¿Quiénes son los visitantes?

Pero cada visitante tiene sus propias necesidades. ¿Qué es preferible: la exposición del mayor número posible de obras de arte o un recorrido más reducido en el que se puede contemplar más detenidamente una selección de la colección? La democratización de la cultura ha supuesto la afluencia masiva de visitantes a los museos, con todo lo positivo que tiene, creando unas condiciones de contemplación de las obras que no son las idóneas y una "presión humana" muy considerable sobre los espacios del edificio. En una gran proporción, esos visitantes proceden de otras ciudades o países, e incluyen la estancia en el museo dentro de su programa de actividades.

Es evidente que este tipo de visitante, el más numeroso, es incapaz de abarcar en su totalidad lo expuesto y tendrá que seleccionar.

No es fácil conseguir datos de visitantes a los museos españoles, fundamentalmente, y esto es muy grave, porque en ellos no se hacen seguimientos pormenorizados ni estudios estadísticos. Tanto en el Ministerio como en los museos a los que hemos solicitado datos, sólo nos han proporcionado números globales de entradas.

Contradiciendo a responsables políticos y a los mismos directores de los museos, esta despreocupación por saber quiénes son los visitantes, qué saben, qué buscan y qué beneficios obtienen de su estancia en el museo debe hacer que adoptemos un espíritu crítico ante las motivaciones de las ampliaciones proyectadas, que a veces parecen tener como objetivo prioritario una operación arquitectónica de prestigio.

Ampliar horarios de visita

Esas cifras globales son, en todo caso, elocuentes. Pensemos, por ejemplo, que el MNCARS ha pasado de unos 308.000 visitantes en 1986 a 1.274.000 en 1999. Por su parte, el Museo del Prado tuvo el año pasado 1.828.000 visitantes, mientras el Thyssen, de entrada más cara, tuvo sólo cerca de 700.000. Absorber estas cantidades es difícil, pero tal vez la ampliación no sea la única alternativa, aunque en algunos casos sí sea la preferible. Unos horarios más prolongados ayudarían a descongestionar los museos. Esto supondría un aumento de los costes de personal, que seguramente quedarían por debajo de las cifras multimillonarias que se manejan para, por ejemplo, la ampliación del Museo del Prado. Y si el problema es de falta de espacio para exponer los fondos, puede recurrirse a edificios complementarios en el caso de que sea posible segmentar la colección, o a las salas rotativas, en las que mostrar obras no esenciales en la colección organizadas en pequeñas exposiciones temáticas.

Pero el museo es el terreno perfecto para el lucimiento de las políticas culturales. En palabras de Delfín Rodríguez, el museo tiene "vocación inequívoca de representación simbólica del poder". En él no duelen las grandes inversiones, porque la rentabilidad social es muy alta. Y muchas veces no se tiene en cuenta que las actuaciones sean o no necesarias: se construyen estupendos edificios sin proyecto museográfico, se improvisan acontecimientos culturales y artísticos con todos los medios imaginables y con débiles contenidos... Es la cultura de relumbrón y de las prisas.

En el libro Beyond the Prado. Museums and Identity in Democratic Spain, de muy reciente publicación, Selma Holo afirma que los gobiernos socialistas buscaron la creación de nuevos centros, sobre todo de arte contemporáneo, para romper con el pasado y buscar la internacionalización, al tiempo que las administraciones autonómicas fundaban sus propios museos con el fin de subrayar sus particularismos y defender la existencia de una cultura propia. Los gobiernos conservadores, por el contrario, se han empeñado -dice Holo- en el desarrollo y en la mejora de infraestructuras y en el fortalecimiento del centralismo cultural.

Instrumentalización política

El ejemplo más llamativo es el Museo del Prado. Al margen de la necesidad de la ampliación, está claro que el gobierno, y especialmente su presidente, José María Aznar, ha apadrinado este proyecto como un empeño político propio y de altísima prioridad, tras veinte años sin voluntad política de hacer mejoras en los que el Prado malvivía sin un presupuesto digno. Es significativo el nombramiento de Eduardo Serra como presidente de su Patronato, que pone a este organismo bajo directa supervisión política y hace muy improbable la marcha atrás en la ampliación.

Los expertos coinciden en que no se presta suficiente atención a funciones del museo que son tan prioritarias como la conservación y exhibición de las obras de arte. Los gabinetes didácticos no cuentan a menudo con espacios adecuados, ni con personal especializado; no todos los museos cuentan con bibliotecas lo suficientemente nutridas; y no siempre se estudian las colecciones con la debida profundidad. Con estos lastres, no se puede pretender que las necesidades más perentorias de los museos españoles sean de espacio. Las voces más críticas hablan de museos-espectáculo, dirigidos al "consu- midor" y no al espectador. En los casos más extremos, de museos-negocio, con productos altamente comercializables y un gran deseo de expansión.


HABLAN LOS DIRECTORES DE MUSEOS


Mantener vivos los fondos

Las ampliaciones recientes, tanto en el IVAM como en el MNCARS, son necesarias por la simple razón de la demanda social y de la necesidad de mostrar las colecciones propias. Los museos deben ofrecer asimismo otros servicios (de cafetería, didácticos, etcétera). La cultura comprendida como un logro continuo de la civilización supone la confrontación con nuestra historia de imágenes, pero la cultura es también clave de la distensión, de encontrarnos a gusto con los demás y de encontrarnos cómodos mirando aquellas huellas del ser humano que han ampliado nuestros horizontes visuales. Los responsables de los museos no sólo tenemos que cuestionar el sentido de la presentación de los objetos (colocándolos y facilitando la visión de sentidos complementarios a los ciudadanos) sino que también hemos de dar un servicio de atención, puesto que es un servicio público, financiado por los impuestos de todos.

No creo que haya que ir a los museos a verlos en su totalidad, en una maratón cultural, sino que hay que ir a ver "una" exposición, o incluso visitar o revisitar "una" obra.

Las líneas del museo son específicas, debe organizar sus fondos y ampliarlos pero, sobre todo, debe "conservarlos", y este término no señala sólo el mantenerlos "físicamente" bien (política de seguridad y restauradores) sino mantenerlos "conceptualmente" vivos, esto es, política de documentación e investigación. Aquí radica el mayor fallo de nuestra profesión: que los museos no están conectados directamente con la Universidad.

Con respecto al museo ideal, creo que, por su política de difusión y comunicación, es el Metropolitan Museum de Nueva York, de donde hay que aprender; por el sentido de compaginar arte antiguo y contemporáneo, la colección Sainsbury en Norwich; y por la sencillez, sin vigilantes ni cartelas, el Museo Insel Hombroich, cerca de Dösseldorf.

Kosme de Barañano
Director del Instituto Valenciano de Arte Moderno

Recorridos alternativos

Como espectador, me gustan mucho los museos pequeños, en los que un reducido número de obras funciona en tono íntimo, algo que alcanza su paroxismo en el caso de las casas-museo, entre las que siento especial predilección por la de Mario Praz en Roma. Junto a ellos, sin embargo, son necesarios los macromuseos.

Responden a esta definición la Tate Gallery de Londres, el MoMA de Nueva York, el Centre Georges Pompidou de París -un edificio que, junto al Musée National d´Art Moderne alberga, como es bien sabido, otras dependencias- o, entre nosotros, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. El proceso de ampliación que hoy inicia nuestra pinacoteca de cabecera para el siglo XX coincide con los que viven, o han vivido en fechas muy recientes, todas y cada una de las instituciones a las que he hecho referencia. En el umbral de un nuevo siglo, ha llegado la hora de los balances, de las nuevas presentaciones de las colecciones, de la redefinición de las fundaciones y de las miradas. Si, como sucede tan a menudo, tiene prisa, el visitante de estos centros -o de los museos de arte antiguo de las mismas ciudades: la National Gallery, el Metropolitan Museum, el Louvre, el Prado- puede elegir un recorrido mínimo, de unas cuantas obras maestras. Si dispone de más tiempo, puede por el contrario componerse su menú en función de otras solicitaciones, que también hay quien quiere pasar muchas horas en el museo, divagar en él como un flâneur, conocer, junto a los nombres centrales, los de los great minor artists que hacen la sal de una cultura, ver tanto macroexposiciones como otras "de gabinete" y tanto muestras históricas como otras de la más estricta contemporaneidad, escuchar conferencias o recitales de poesía, consultar la biblioteca, asistir a conciertos, comprar libros o catálogos u objetos, tomarse una copa, almorzar... Por mi parte, estoy absolutamente convencido de que hemos de ir a un modelo muy abierto de museo, un modelo en el que las artes plásticas -fotografía y audiovisuales incluidos-, que obviamente constituyen la columna vertebral tanto de su colección permanente como de sus exposiciones y actividades temporales, se articulen, como ha sucedido a lo largo de la modernidad, con otras esferas de la creación: la música, la poesía, la arquitectura, el diseño gráfico e industrial... Y estoy absolutamente convencido -sobre todo después de ver el centro cultural que ha sabido concebir para la ciudad suiza de Lucerna- de que en el caso del Reina Sofía, en el gran arquitecto que es Jean Nouvel tenemos a la persona adecuada para llevar a cabo el proceso de ampliación en que estamos embarcados, proceso tras el cual dispondremos de un centro mucho más en línea con las demandas actuales.

Juan Manuel Bonet
Director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

El arte como objeto de consumo

En la sociedad en la que estamos inmersos prolifera la idea de la cultura considerada como ocio. Es dentro de este contexto donde se entienden las ampliaciones que últimamente se están proyectando en importantes museos españoles. Se trata de una puesta al día de estos espacios para intentar homologarlos a la demanda creciente de cultura que existe hoy. Hay que adecuar estos lugares. Es evidente que las grandes exposiciones del siglo XIX y de principios del XX, a pesar de su gran valor estético, no se ajustan ni dan respuesta a la demanda actual.

Las áreas de servicio que tienen cada vez mayor protagonismo en los museos responden a la misma idea. Los centros culturales se transforman en espacios para el disfrute de la afluencia masiva. El arte es desacralizado, "banalizado", como dice Baudrillard. Los medios de comunicación hacen que cada vez el arte sea más asequible al gran público, por lo que es posible acceder a un tipo de información que antes estaba vedada a las masas, ampliándose los círculos capaces de disfrutar de la cultura. Esta realidad no significa que haya disminuido la profesionalización de los museos ni la calidad de la obra expuesta, sino que el fenómeno de la contemporaneidad facilita que el goce del arte se desplace de los círculos minoritarios hacia una mayoría que lo demanda como objeto de consumo.

Los museos ya no son, como ocurría antiguamente, colecciones privadas creadas por magnates. Al desaparecer esta figura, de gran interés histórico, tanto la sociedad pública como la gran empresa privada toman presencia y empiezan a crear espacios lúdicos, adecuados a la demanda masiva de cultura y en función de sus intereses particulares. Si bien las colecciones en la actualidad son más versátiles y se apoyan fundamentalmente en el poder de la comunicación, la incógnita la prepara su futuro.

Me parece positivo que el arte emergente acceda a los espacios sacralizados del arte. El museo continúa con sus tareas tradicionales de catalogación, investigación y exposición de obra, planteándose además la nueva demanda. Los espacios museísticos han dejado de albergar una colección de manera exclusiva para celebrar el gran festín de la cultura actual.

El objetivo tradicional del museo no ha cambiado. La nueva demanda de uso de estos espacios, siempre sometida a la realidad de su presupuesto, ha añadido un importante e interesante desarrollo .

Me sería difícil escoger un "museo ideal", puesto que no existe el paradigma hoy en día. De todos modos podría referirme al MoMA, al Centro Pompidou o la Tate Gallery como modelos extraordinarios.

Martín Chirino
Director del Centro Atlántico de Arte Moderno. Las Palmas

Abandonar Tópicos

No parece aconsejable hablar de los problemas que tienen en España los museos en términos generales, pues corremos el riesgo de llegar a conclusiones erróneas o simplistas. Como punto de partida, parece lógico que se amplíen aquellos que tienen unos fondos cuya calidad aconseja su exhibición, o que deben trazar un recorrido por la historia de un período concreto del arte, máxime cuando están localizados en ciudades con una demanda cultural. Si al final lo mostrado es inabordable para un turista rápido, el problema se soluciona con un montaje de la colección, unas actividades y unas publicaciones que atiendan a quien quiere perderse sin agobiarse por el tiempo y al que quiere reconocer lo más posible en una visita corta. Por eso defiendo la ampliación de los tres museos que están en proceso de crecimiento en Madrid, Prado, Thyssen y MNCARS, pero también del IVAM valenciano, para que pueda mostrar parte de sus fondos. En estos casos, y especialmente en los primeros, que la ampliación incorpore una notable presencia de espacios dedicados a servicios le parecerá poco acorde a algún purista pero resulta lógico por varios motivos, entre ellos para satisfacer unas necesidades reales y como complemento a la visita que cada uno debe trazar, pero también como fuente de ingresos. Pero nunca debe perderse el lugar preferente para la investigación, tanto de los fondos como en la formación de quienes trabajan en el centro y son los primeros interlocutores entre las obras y el público.

En España, en las dos últimas décadas, se han abierto centros, fundaciones y museos de signo muy diverso. Está claro que la existencia de una red actuará en beneficio del conjunto, pues fomentará la atención general hacia sus actividades. De todos modos, lo fácil es reclamar la máxima profesionalidad y quejarse de las injerencias. Conviene, sin embargo, tener en cuenta algunos detalles que tienen que ver en la configuración de un buen proyecto museográfico y deben servir para abandonar tópicos:

Todo museo o centro tiene un origen político, pero hay que conseguir que se trate de una política cultural amplia y responsable. Detrás de la apertura de cada centro o museo en las últimas décadas existe tanto una defensa de imagen institucional como un riesgo político por parte de quien lo defiende. Sólo recordando esto se puede reclamar la necesaria independencia de los órganos rectores de cada centro. Si se trata de un centro situado en una ciudad con una infraestructura cultural sólida, la especialización parece aconsejable. Cuando el centro está en una zona geográfica y cultural con rasgos diferenciados, como el CGAC, el objetivo es conjugar lo exterior y lo local. ¿Quién puede pensar que tenga futuro un centro de arte contemporáneo en una ciudad de menos de 100.000 habitantes sin un servicio pedagógico imaginativo?, ¿cómo se plantea el futuro de ese centro en una ciudad universitaria sin una biblioteca especializada, o incluso sin una librería que cubra las deficiencias generales?, ¿por qué hemos que avergonzarnos de reivindicar la importancia que poseen espacios para el ocio como la cafetería?, ¿alguien considera incompatibles unos almacenes o un auditorio con la programación de actividades de apariencia más lúdica?

Miguel Fernández-Cid
Director del Centro Gallego de Arte Comtemporáneo

La rentabilidad del espacio

Los museos son instituciones vivas y en constante crecimiento, por lo que resulta inevitable emprender regularmente reformas y ampliaciones de sus instalaciones y servicios. Este hecho se hace aún más perentorio en el caso de museos alojados en edificios históricos no diseñados para afrontar las necesidades y demandas de un museo actual.

No hay por qué despreciar tampoco la búsqueda de un efecto de imagen en la forma de abordar este tipo de proyectos, ya que la arquitectura forma parte indivisible de la propia identidad de los museos, y, como tal, es uno más de los factores de atracción de visitantes.

En cuanto a las directrices de cualquier proyecto de ampliación, y, en particular, desde la experiencia actual de ampliación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, creo que lo prioritario es buscar una buena acomodación de la colección al espacio, a la vez que procurar la flexibilidad de itinerarios para los distintos tipos de usuarios.

Indudablemente la mejora de los servicios de atención al visitantes y los espacios de comercialización forman un segundo y relevante grupo de prioridades.

No obstante, me parece criticable la tendencia, de la que se ha abusado en exceso en los últimos años, a la creación de contenedores arquitectónicos sin la existencia o promesa seria de contenido. Frente a esta tendencia, modelos cercanos a nosotros como el IVAM han demostrado la rentabilidad de una equilibrada inversión en espacio, junto a una apuesta más ambiciosa en la creación de un programa y una colección propias.

En cualquier caso, hablando de modelos, como director de un museo que aborda, con una conciencia histórica y con una clara vocación didáctica, tanto el arte antiguo como el moderno y el contemporáneo, como es el Museo de Bellas Artes de Bilbao, mi museo ideal se acerca más a las Galerías anglosajonas, en las cuales, por otra parte, se inspiró nuestro museo en su origen.

Miguel Zugaza
Director del Museo de Bellas Artes de Bilbao

El museo didáctico

Desde hace 20 o 25 años existe un movimiento internacional de creación y ampliación de museos, que responde al fenómeno del crecimiento del público, a la importancia cada vez mayor de los museos en la sociedad, y en menor medida, al crecimiento de las propias colecciones. España se incorporó con cierto retraso a este movimiento. Los primeros años de la democracia no fueron propicios para ello, pero a partir de 1988-89 se inauguraron el CGAC, el MACBA, el MNCARS, el CGAC, el Thyssen, el Guggenheim... Si ahora los museos españoles deben crecer es porque hay mayor demanda de los servicios que ofrecen. Desde luego que las áreas de servicios son necesarias. Son fuentes de ingresos importantes para los museos y no hay que despreciar la función de los objetos y las publicaciones que se venden en la difusión de los contenidos del museo.

Es cierto que el tipo de público que más ha crecido es el que proviene de otras ciudades o países. Pero creo que la visita completa al museo es una idea que tenemos que ir abandonando. Ha de ser parcial y fragmentada. Tanto en museos grandes como en museos pequeños. Lo que se puede absorber en una visita es limitado. Pero nunca la calidad puede ser abrumadora. Cuando nos referimos a contenedores sin contenidos no deberíamos hablar de museos. Lo que define a un museo es su colección. Pero los centros de exposiciones cumplen una tarea de difusión cultural importante. Pensemos en la Royal Academy of Arts de Londres, que tiene una colección poco relevante pero ha ejercido gran influencia con sus exposiciones.

El público de los museos no sólo crece, sino que, sobre todo, se diversifica. Predominan los "turistas", pero creo que los proyectos museográficos no deben tener a éstos como objetivo, sino centrarse en la difusión asociada a la enseñanza. Por ahora los medios dedicados a este capítulo son escasos. Para que el museo pueda desarrollar sus funciones en la enseñanza debe darse prioridad a su relación con los sistemas públicos de enseñanza.

Pretender que el museo se convierta en una escuela es inadecuado. El gabinete didáctico ideal de un museo es el Ministerio de Educación o los organismos autonómicos equivalentes. Hasta ahora se ha tenido una visión reducida de la enseñanza en el museo centrándola en un período de la infancia que no es el más fructífero.

Debería orientarse más hacia el bachillerato y los primeros años de Universidad, y darse mayor importancia a la formación continuada, difuminando la barrera entre el aprendizaje y la vida profesional.

En lo que se refiere a mi museo ideal, prefiero los museos "anticuados" (los que carecen de esos servicios que hoy son necesarios) y más bien pequeños.

Tomás Llorens
Director de museo Thyssen-Bormenisza

Un público dispar

En los actuales procesos de ampliación en los museos españoles creo que puede haber una estrategia de imagen. Los políticos se han dado cuenta de que el museo es cada vez más frecuentado y que incentivarlos puede ser una fuente de prestigio. Sin embargo, no debe considerarse como algo totalmente negativo; el aprovechamiento político es un factor más.

No creo que las áreas de servicio, a las que se está prestando mucha atención, sean prioritarias en el museo. Son zonas complementarias, que no pueden olvidarse. El museo ha entrado a formar parte de los espacios de ocio, y hay que cuidar aquello que puede suponer descanso o relax. Nunca pueden ser el motor. En la Fundación Joan Miró se hizo una ampliación tras la muerte del artista para poder aumentar la presencia de sus obras al margen de las exposiciones temporales; la segunda ampliación, cuyas obras han dado comienzo, albergará el depósito de una importante colección de obras de Miró.

Los macromuseos se justifican si el contenido tiene gran interés. Sabemos que el Louvre no puede visitarse en un solo día. En cualquier caso, no podemos considerar como macromuseo ninguno de los museos españoles, aún con sus proyectadas ampliaciones.

En cuanto al perfil de los visitantes de los museos, cada vez es más difícil de definir. El público es cada vez más amplio y dispar. Idealmente, en el museo deben poderse encontrar diversos niveles de lectura, de manera que quien quiera profundizar y aprender pueda encontrar los medios para hacerlo y quien se conforme con una idea general pueda obtenerla en un paseo por las salas. Es lo que hemos pretendido en la instalación de la colección permanente en la Fundación.

No se dedican suficientes medios a la investigación y a la docencia, y sería muy importante que pudieran cumplirse estas tareas, y en colaboración con los centros docentes, las Universidades. El problema es que el presupuesto se va en el día a día.

Si tuviera que elegir un museo "ideal" optaría por el Louisiana de Dinamarca, a 60 km de Copenhague. Es un museo que reúne todas las condiciones para una visita agradable y provechosa: el espacio es muy acogedor, las dimensiones son las más adecuadas, la colección interesante, la arquitectura se relaciona con la naturaleza exterior... y además hacen buenas exposiciones temporales.

Rosa María Malet
Directora de la Fundación Joan Miró. Barcelona