Fotograma del cortometraje 'Membrana', realizado con IA.

Fotograma del cortometraje 'Membrana', realizado con IA. Artefacto Films.

El Cultural

Los libros, el cine y la música también se hacen con IA: "El arte nunca ha dependido de una chispa mágica"

Escritores, cineastas, músicos y artistas utilizan la inteligencia artificial para investigar, experimentar, abaratar costes y lidiar con la burocracia.

"La mayoría de la profesión ya lo está asumiendo con la boca pequeña, casi con vergüenza, y eso bloquea el debate".

Más información: ¿Puede la IA resucitar a los muertos? Luces y sombras de un futuro inquietante

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Cuando la premio nobel Olga Tokarczuk reconoció públicamente que solía pedirle ayuda a la IA —a la que se refería como "cariño"— para desarrollar ciertos puntos de la trama de sus novelas como encontrar la música que sonaría en una época pasada, la opinión pública se volvió en contra de la escritora.

Durante esa misma charla, la autora de Los libros de Jacob reconoció que, a pesar de las alucinaciones y los numerosos errores, en la fluidez de la ficción literaria esta tecnología es "una ventaja de proporciones increíbles". "Al mismo tiempo, siento una profunda y muy humana tristeza por una era que desaparece", admitió.

En esta nueva era, la IA es ya una parte, todavía sensible y compleja, del tejido cultural. Estudios de la Unesco como el Report of the Independent Expert Group on Artificial Intelligence and Culture, 2025 reflejan que, además de ser una herramienta de investigación, la IA forma parte del proceso creativo.

Tras la polémica, la escritora polaca emitió un comunicado en el que insistía que utilizaba esta tecnología únicamente con fines de investigación. Y no es la única. Un estudio realizado por BookBub (2025) muestra que el 45% de los escritores (en este caso, 1.200 autores independientes) ha incorporado alguna herramienta de IA en su proceso de escritura. Entre quienes la usan, el 81% lo hace para tareas auxiliares: resumir información, estructurar ideas, corregir estilo o acelerar la documentación, nunca para redacción final.

"Actualmente es tan difícil no utilizarla que seguro que ese 45% es el confeso, pero en realidad la utiliza todo el mundo", asegura a El Cultural José Francisco Ruiz Casanova, autor de Ignorancia artificial. Traducción, lectura y escritura en tiempos de la IA (Altamarea, 2026).

Portada de 'Ignorancia artificial'.

Portada de 'Ignorancia artificial'. Altamarea

Para el filólogo y traductor, en términos de investigación, la IA no deja de ser un recurso más inmediato que antaño cualquier novelista podía procurarse con más o menos esfuerzo, tiempo y echando mano de libros, guías de viajes u atlas. "Alejandro Dumas no viajó a ninguno de todos esos lugares que describe en sus novelas y en cambio los describe como si hubiera estado ahí", apunta.

"Esa prevención de: 'es malo porque es inmediato y no tiene mérito simplemente darle un botón' es algo injusta, si tenemos en cuenta que la persona que haga uso de esto lo utilice como uno más, no como el único recurso". De todos modos, garantiza, "la IA no va a escribir una gran novela, no va a escribir el Ulises de Joyce".

Para Ruiz Casanova, autor también de ¿Sueñan los traductores con ovejas eléctricas? La IA y la traducción literaria (Cátedra, 2023), la cuestión es hasta qué punto vamos a seguir alimentando a la inteligencia artificial para que cada día escriba mejor. Mientras, una corriente anti IA de escritores abogan por escribir mal, con errores, para parecer más humanos.

A pesar de la omnipresencia de la IA en otras industrias, la editorial es la más "cauta, temerosa o silenciosa" en este aspecto. Amazon ya reconoce la participación de la IA, sobre todo en las novelas autopublicadas, pero grandes grupos parecen oponerse a ella: la multinacional Hachette despublicó este año la novela Shy Girl, de Mia Ballard, tras ser acusada de utilizar IA.

Además, señala el filólogo, "cada vez hay más pequeños sellos editoriales, pero importantes, que no editan en versión electrónica porque, saben que si lo hacen, al día siguiente el libro está en Anna's Archive y, por lo tanto, en cualquier IA".

Si en el futuro las editoriales deciden abrirse al mercado y apostar por autores artificiales, pilotados con prompts humanos, "tendrán que esforzarse en cómo vender esto". "Quizá la inteligencia artificial o determinadas noveluchas producidas con IA van a crear todavía más una discriminación sociocultural entre categorías de lectores", considera el filólogo.

El cine se rinde a la IA

Mientras algunos lectores se enzarzan en una caza de brujas contra la IA —En Goodreads, los usuarios han creado una lista de libros que sospechan que no están escritos por humanos—, los espectadores también tendrán que acostumbrarse a ella en las pantallas de cine.

Este 2026 hemos visto de nuevo a Val Kilmer, fallecido en 2025, en la película independiente As Deep as the Grave, que lo ha resucitado mediante IA; y también la primera serie —On This Day… 1776, del cineasta Darren Aronofsky (Cisne negro, Réquiem por un sueño)—donde lo único humano es la voz de los protagonistas.

Ya en 2025, Adrien Brody ganó el Oscar a mejor actor por su papel en The Brutalist a pesar de haber usado un software de IA (Respeecher) para perfeccionar su pronunciación en húngaro. El director de la película, Brady Corbet, también admitió haber utilizado IA generativa para recrear imágenes y abaratar costes de la película, nominada a 10 estatuillas.

Para Daniel H. Torrado, director de El gran reinicio, la primera película española fotorrealista creada con inteligencia artificial y calificada para los Oscar, "la IA empodera al autor". "Reduce la distancia entre una idea y la pantalla y permite abordar historias cuya escala antes estaba reservada a estructuras económicas enormes", explica a El Cultural.

"He pasado cientos de horas haciendo rotoscopias, máscaras, composiciones y procesos mecánicos. Si ahora puedo automatizar una parte de ese trabajo, no significa que dirija menos. Significa que puedo dedicar más tiempo a lo verdaderamente importante: escribir, diseñar una puesta en escena, montar, trabajar el ritmo, buscar una emoción o probar otra solución narrativa".

Torrado, que presentó su película en el Festival de Cannes y la Berlinale, es profundamente optimista respecto a esta tecnología y al mismo tiempo muy exigente con la manera en que se utiliza. Le preocupan el entrenamiento de los modelos, los derechos de autor, de imagen y de voz, así como la estandarización. "La IA puede abaratar y democratizar enormemente la creación, pero también puede abaratar enormemente la mediocridad", recuerda. "Cuanto mejor sea la IA reproduciendo lo convencional, más valiosa será una voz verdaderamente singular".

El cineasta cree que se utiliza demasiado la palabra "sustituir" respecto a la IA, cuando esta "no necesariamente sustituye profesiones enteras", sino "tareas dentro de las profesiones"; y cree que se confunde creatividad con capacidad de ejecución. "Producir no significa necesariamente crear".

Fotograma de 'El gran reinicio'.

Fotograma de 'El gran reinicio'. © Virtual World Pictures

"Una IA no se despierta por la mañana sintiendo que necesita contar una historia. No recuerda a alguien a quien perdió hace veinte años. No observa una injusticia y decide hacer una película sobre ella. No tiene una infancia que reinterpretar ni una muerte que temer". Sigue considerando la IA una herramienta, aunque probablemente sea "la herramienta creativa más sofisticada que hayamos construido".

"La mayoría de la profesión ya lo está asumiendo con la boca pequeña, casi con vergüenza, sin decirlo en público, y esa distancia entre lo que se declara y lo que se hace es lo que de verdad bloquea el debate, porque impide discutir en serio lo que ya se está haciendo a puerta cerrada", aseguran desde Artefacto, productora cinematográfica y centro de investigación que une cine y tecnología.

Fundada en Barcelona en 2023 por Anna Giralt Gris y Jorge Caballero, esta productora da rienda a proyectos audiovisuales desarrollados con inteligencia artificial. En 2025, su cortometraje Membrana —basado en la novela de Jorge Carrión y producido íntegramente con sistemas generativos de IA— fue finalista del Lumen Prize.

A ellos acuden dos perfiles distintos de cineastas: los más numerosos, aquellos que buscan abaratar la producción de un proyecto que por la vía tradicional se les va de presupuesto; y los que menos, pero "más interesantes", los que no quieren ahorrar nada sino "acercarse a la imagen de otra manera, entender qué pasa cuando el material se produce así", explican a esta revista.

Este tipo de cineastas son los que han ido dando forma a un lenguaje cinematográfico que busca capturar "todo aquello que no se puede filmar", desde la psique, los sueños, mundos extraterrestres y viajes psicodélicos. Una búsqueda que lleva desde los años setenta, con los inicios del arte computacional, gestándose: "Es una genealogía que se olvida constantemente cuando se habla de esto como si fuera un invento de 2020", lamentan Giralt y Caballero.

Propuestas más experimentales que tienen cabida en el +Rain Film Festival, el primer festival europeo dedicado al cine hecho con IA que se celebra en Barcelona. Especialmente cortometrajes cuyas historias giran en torno al diálogo de los propios cineastas con la inteligencia artificial generativa, pero también alrededor de la memoria. "Memoria individual, familiar, colectiva, documental; reflexiones sobre cuestiones que tienen que ver con un pasado que no tiene imágenes", detalla Frederic Guerrero Solé, director del festival, a El Cultural.

El festival, apunta el también catedrático, no está interesado en las propuestas que utilicen esta tecnología como herramienta sustitutoria, sino como exploración, desmarcándose de una industria de la IA generativa "obsesionada con emular el cine ya existente". Pero este empeño por imitar la realidad ha generado rechazo en un espectador cada vez más fatigado del contenido sintético, que hoy cuestiona el coste ético, legal y ecológico que esconde la generación de estos contenidos.

"Ahora mismo existe mucho contenido generado con IA mediocre, inconsistente y sin verdadera intención. Es lógico que eso produzca rechazo", reconoce Torrado. Quizá por ello, opinan desde Artefacto, el camino que sigue la industria cinematográfica no pasará por reemplazar a los actores —por mucho que ya existan actrices artificiales como Tilly Norwood— ni dejar de filmar, sino por adoptar "sistemas híbridos" para ahorrar costes en producción y posproducción en localizaciones, gestión de archivo, presupuestos y labores como la traducción y subtitulación, prácticamente ya automatizadas.

Esta integración de la IA en las fases de la creación cinematográfica conlleva otras consecuencias más allá de la pérdida de algunos puestos de trabajo. "Ninguna creación que ha empezado con inteligencia artificial generativa tiene ningún tipo de valor. Si el guion está escrito por ChatGPT u otro LLM enseguida se evidencia la falta de valor de estas creaciones", señala Guerrero Solé.

Desde Artefacto coinciden: "La base del cine es el encuentro con el otro. Una película que sale entera de la cabeza de una persona, sin más encuentro que el que tiene con la máquina, es de las cosas más anticinematográficas que se nos ocurren".

¿Habrá una generación de cineastas que utilicen la IA con normalidad? "Esa generación existe ya. Lo que no tenemos tan claro es que vaya a llamarlo usar inteligencia artificial. Lo llamará trabajar, del mismo modo que hoy nadie dice que monta en digital", concluyen Giralt y Caballero.

¿Y los espectadores se acabarán acostumbrando a ella? "Llegará un momento en que al público le importará muy poco qué porcentaje de una película ha pasado por herramientas de inteligencia artificial", asegura Torrado. "Y nosotros, como creadores, tenemos también una responsabilidad en esa normalización. La solución no es pedir al espectador que perdone las limitaciones de la herramienta, la solución es hacer buenas películas".

Con esa misma naturalidad, la cantante Maria Arnal ha presentado este año su último disco: Ama, donde explora la polifonía, multiplicando su voz y convirtiéndola en un coro de hasta 60 capas vocales a través de la IA.

"Mi voz en este disco es más compleja: tiene una parte física, pero también una digital. He trabajado con mis propios archivos vocales, entrenando distintos modelos y clonando dimensiones de mi voz. No es inteligencia artificial generativa. Es artesanal y muy ético, porque trabajo con mis propias muestras, no con los datasets de nadie más", aseguró la cantante a El Cultural.

La cantante catalana, que ha trabajado en el Barcelona Supercomputing Center investigando los límites y expansiones de la voz en el siglo XXI, sigue la estela de artistas como Holly Herndon y se desmarca de los experimentos caducos —podríamos decir que el nuevo disco del rapero Tyga es uno de ellos— y de esa música slop que ya inunda las plataformas digitales y conquista listas de éxitos.

"Busco usar mi proyecto para explicar que se puede usar la IA de esta manera, y que no es contradictorio con condenar determinados usos. La IA es totalmente dependiente de decisiones humanas. Va a moldear nuestras vidas, no tiene sentido condenarla sin entender cómo funciona".

El mito del genio creador

Dar por muerta la creatividad en los tiempos de la inteligencia artificial es para el artista gallego Eduardo Fernández, conocido como EDU, "un alarmismo excesivo". "Toda evolución tecnológica genera tensiones iniciales y desajustes que con el tiempo se asientan mediante leyes y convenios colectivos", apunta a esta revista. "Lo que realmente me produce escepticismo es cómo se mitifica la palabra 'creatividad'".

"Tratar al artista como un 'creador' es hacer un poco de trampa: nadie crea de la nada, no hacemos trucos de magia. Detrás de cualquier obra hay disciplina, oficio, método, ensayo, error y tradición material. La figura del 'genio creador' no es más que una herencia secularizada del dogma religioso, un intento de envolver con un halo místico lo que en el fondo es trabajo y producción cultural. La IA no puede matar la creatividad porque el arte nunca ha dependido de una chispa mágica: siempre ha sido técnica, proceso y contexto", aclara.

Cuando en 2016 Harold Cohen falleció, AARON, el "robot" al que había enseñado a pintar a principios de los 70, se fue con él. Cohen había dejado atrás su carrera como pintor consagrado para dar vida a este software, con el que compartió el resto de su trayectoria artística.

Para él, AARON era una especie de colaborador, al que diseñó para que pudiese pintar prácticamente de forma autónoma y explorar el potencial de la IA para traducir el conocimiento de un artista y codificarlo.

"¿Soy yo el artista o es AARON?", cuestionaba el programador y artista británico, que nombró a su creación aludiendo a la figura bíblica para cuestionar cómo a menudo se glorifica la creación artística como forma de comunicación con lo divino.

EDU, conocido por piezas virales de videoarte y performance, se siente más cerca de la figura de un programador que de la del artista clásico. "Ya no moldeas la materia directamente: diseñas flujos de trabajo, calibras variables, fuerzas errores del software y seleccionas resultados. Si la frontera dependía de la autonomía técnica, la hemos cruzado hace tiempo".

Para él, la IA entró en su trabajo primero como una herramienta para automatizar esa pesadumbre administrativa y devolverle el tiempo para investigar y producir obra. "La mayoría de la gente no sabe que el trabajo del artista contemporáneo es pura burocracia: redactar dosieres interminables, justificar memorias, cubrir informes... La producción artística a menudo queda relegada a un segundo plano".

'Merryxmas'.

'Merryxmas'. EDU.

Cree que hoy los verdaderos innovadores de la IA no están tanto en el circuito institucional tradicional, sino en creadores de contenido, nativos de internet, como @thearchiveinbetween o @doopiidoo, que mezclan investigación visual, humor absurdo y nostalgia digital. "Mientras el sistema oficial del arte duda sobre si abrirles las puertas o exigirles la liturgia del discurso académico, ellos operan con total autonomía y construyen sus propios canales y comunidades en la red".

Como artista, además de cómo utiliza la obra para entrenar modelos sin compensación —"tarde o temprano el marco regulatorio se ajustará mediante enmiendas a la propiedad intelectual y modelos de remuneración"—, de esta tecnología le preocupa "el modelo de negocio extractivo que hay detrás".

"Cuando contratas estos servicios, en realidad estás entrando en un casino. Las plataformas operan bajo la lógica de la servitización y la economía de suscripción: pagas una cuota mensual por un saldo de créditos y cada orden (prompt) te consume fichas. El sistema rara vez te da exactamente lo que buscas a la primera, lo que te empuja a seguir gastando saldo para llegar al resultado óptimo. Me inquieta una industria diseñada como una tragaperras digital, donde el usuario no posee la herramienta y queda atrapado en un micropago continuo".

Sin embargo, cree que su adopción masiva en disciplinas como la literatura, el cine y la música será cuestión de economía de medios. "En cuanto las industrias culturales calculen el margen de ahorro que supone automatizar fases enteras de producción con IA, la implantación será irreversible", prevé. "El mercado y la cultura han pactado y se mueven por la optimización de costes y la aceleración de tiempos. La IA será la norma, y no porque los resultados sean mejores, sino porque serán más baratos".