El Cultural

Pedro Ugarte: "La familia es el ámbito que demuestra realmente quiénes somos”

El escritor publica ‘Antes del Paraíso’, un volumen de cuentos donde explora desde su mirada de orfebre todas las caras posibles que adoptan las relaciones humanas

9 diciembre, 2020 11:52

Maestro de las distancias cortas, capaz de destilar en unas cuantas páginas esa sutil cotidianidad de la que, al fin y al cabo, está hecha la vida, Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) es un convencido seguidor de aquello que decía Ernesto Sabato de que un escritor es una persona de obsesiones, “y creo que cuanto más profundas sean más escasas son. Cada uno tiene unos referentes de reflexión concretos a los que se agarra a lo largo de su vida. En mi caso son las relaciones muy cercanas entre personas, la familia, el contexto laboral, la amistad…”, explica.

Sobre esos inagotables avatares que construyen nuestros afectos, y sentimientos versan los ocho relatos de su nuevo libro, Antes del Paraíso (Páginas de Espuma), una galería de retratos plagados de detalles e introspección psicológica que nos llevan por parejas con simulacros de intimidad tamizados de alcohol y silencios, por hijos que asumen las frustraciones y las miserias de sus padres o por familias que son laboratorios de la ausencia, la hipocresía y la ruptura.

Todo ello, como siempre en los libros de Ugarte, a través de sus múltiples Jorges, nombre ubico del protagonista que, como explica el escritor, “más que un personaje es una mirada. Un lector que coja mis libros sabe que se va a poner las gafas de Jorge para ver la realidad, y de algún modo es lo que todo escritor persigue, una forma identificable y propia de ver el mundo y los conflictos humanos”.

Pregunta. El eje que vertebra estos relatos es la familia vista en múltiples formas, ¿qué significa para usted y qué tiene tan atractivo para convertirla en literatura?

Respuesta. La familia es una de las grandes claves de la vida. Emocionalmente todos nos sentimos vinculados a ese ámbito de confianza. La familia es un ámbito de incondicionalidad, donde podemos sentirnos más relajados, y por esa misma razón es el único lugar donde las muestras de generosidad son más amplias y donde el dolor escuece más que en cualquier otro ámbito. Cuando hay conflicto o lucha en su seno es mucho más doloroso que cuando lo experimentamos fuera de ella y esa intensidad nos hace realmente conscientes de quiénes somos.

P. Dentro de estas reflexiones familiares pesan mucho las relaciones entre padres e hijos, ¿uno sólo se convierte verdaderamente en hijo cuando se vuelve padre?

R. No creo que sea del todo cierto, porque hay muchos hijos que luego no se convierten en padres. Lo que sí me parece claro es que, dentro del proceso individual de maduración, un proceso complejo y demorado en el tiempo, el primer paso ocurre dentro de la familia, cuando el hijo o hija se da cuenta de que sus padres no son omnipotentes ni seres sin mácula, sino que también tienen sus debilidades, sus frustraciones y sus fracasos. Esto se produce muy temprano en la vida y nos marca, nos hace darnos cuenta por primera vez de que la vida no es un paraíso.

"El primer drama de la vida ocurre cuando uno se da cuenta de que sus padres no son omnipotentes, sino que también tienen sus debilidades, frustraciones y fracasos"

P. En los últimos meses se han publicado muchos libros de gente de su generación volviendo la vista a los padres, a la memoria familiar. ¿Cuando uno llega a cierta edad es inevitable esa reflexión sobre la herencia recibida?

R. Sí, y es posible que por eso se dé este fenómeno generacional, pero también creo que hay otro factor. Vivimos en un momento en el que la literatura está muy vinculada a lo personal y están surgiendo nuevas palabras como autoficción para designar algo que ha existido siempre en la literatura que es lo autobiográfico y que quizá en este momento pesa de forma especial. No sé cómo interpretarlo, pero en mi caso es un tema que siempre me ha interesado mucho.

Una sociedad de conflictos

P. En estos relatos también explora el peso del pasado, de la herencia familiar, ¿hay un equilibrio para que no sea una carga a la que renunciar?

R. Personalmente pienso que hay que mantener una cierta lealtad hacia el pasado de uno, un pasado donde obviamente está la familia. Pero eso no se puede transformar en una carga difícil de sobrellevar. Por una parte, porque no se puede vivir en el pasado, y quien lo intenté está desperdiciando sus energías, pero por otra parte porque hay un tipo de herencias familiares que son inasumibles y no debemos dejar que determinen a un nivel extremo nuestra vida. Es un equilibrio complicado, pero a cada persona le corresponde hallar el suyo.

P. Alude mucho a la diferencia entre la crianza en su época y la de los niños de hoy. ¿Realmente todo tiempo pasado fue mejor o quizá cae en la trampa de la nostalgia?

R. No creo que sea un libro especialmente nostálgico, lo que muestro es una constatación de problemas actuales. Una de las características de nuestro mundo actual es que los cambios, que siempre ha habido, son ahora vertiginosos. Me interesa mucho analizar qué cosas están cambiando y de qué modo afectan a nuestra vida. Por ejemplo, un cuento habla de los pocos niños que hay hoy en día y de cómo ese hecho mediatiza el afecto de muchísimas personas sin hijos que acaban centralizando su amor en un único niño, al que esto puede condicionar de muchas formas no siempre positivas.  

P. Aparece también en estas páginas la generación de esa clase media que creyó en el relato de laboriosidad, esfuerzo, prosperidad y futuro. ¿Fue un sueño inocente del que ya hemos despertado?

"El papel del escritor debe ser obrar como testigo. No debe aportar soluciones, pero sí dejar testimonio de los conflictos que vive"

R. Quienes nos criamos en esa cultura del esfuerzo es cierto que quizá hoy pensamos que esta ética no ha dado tanto como uno había imaginado al principio, lo que produce un cierto desencanto. Pero tampoco tengo muy clara cuál podría haber sido la alternativa como modelo moral. En cualquier caso, creo que el papel de la literatura, y del escritor en concreto, debe ser obrar como testigo. No creo que deba aportar soluciones, pero sí dejar testimonio de los conflictos que vive.

Otro de esos conflictos, esos cambios en la mentalidad y las prácticas de la sociedad es el del concepto muy en boga de la nueva masculinidad. En uno de los relatos, un personaje de Ugarte, hombre separado y derrotado, se convence de que “ser padre también es una forma de ser un hombre”, pues como afirma el escritor, “hoy en día podemos ver a un hombre como un ser capaz de prodigar cuidados, algo que nunca ha ocurrido en la historia”. No obstante, el autor profundiza en otro relato en que “hemos llegado también a un momento en el que a un hombre le puede ser arrebatada la familia de forma absolutamente traumática y en cuestión de días, otra diferencia fundamental con otras épocas que genera un sentimiento doloroso, muy violento y traumático”, expone.

La carpintería del cuento

P. Sus finales siempre son explosivos, sorprendentes, rotundos, ¿ese cierre es una de las claves de hacer un buen cuento?

R. Este final sorpresivo del cuento puede ser sólo una labor de técnica, de carpintería narrativa, un escritor con buena técnica puede lograr un final que sorprenda al lector. Pero yo creo que hay que pedirle algo más al escritor. Pedirle que si idea un final sorpresivo este sirva para revolucionar todo lo que ha leído el lector hasta ese momento. Que no sólo sea un juego, que además cambie el color de toda la narración, que afecte a toda la historia y que perturbe también al lector.

P. Uno de sus personajes continúa escribiendo relatos durante toda su vida, al final sin esperanza, ¿la vocación puede superar al talento?

"Toda actividad artística genera conflictos y turbaciones interiores, y una de las más dramáticas nace de que a veces la vocación puede ser mayor que el talento"

R. El filósofo Jaime Balmes decía que normalmente cuando tenemos una inclinación por algo en la vida suele venir acompañada por talento. Creo que sí existe algo de eso, pero pienso que, como preguntas, puede ser mayor la vocación que el talento y eso es algo dramático. La práctica de cualquier actividad artística genera conflictos interiores, no concibo a un músico, pintor o escritor que desarrolle su actividad sin sentirse personalmente involucrado y con algún tipo de turbación interior, y una de ellas creo que viene generada por esa dicotomía entre talento y vocación.

P. Ha publicado varias novelas, poemarios y hasta diarios, pero siempre vuelve al cuento. ¿Qué le ofrece este género que no le da ningún otro?

R. Supongo que cada escritor tiene sus propias querencias personales y sus espacios de mayor comodidad e incluso de mayor intimidad creativa. En mi caso es el cuento. En su momento sí fue un cambio muy profundo darme cuenta de que todo el aprendizaje que uno puede desarrollar en el género breve no vale para la novela, que son dos disciplinas totalmente distintas. La consideración de que es sólo una cuestión de extensión es una leyenda, son dos géneros distintos con resortes totalmente distintos. El cuento surge más de un clic, de esa especie de chispa que te lleva a escribir de forma inmediata, aunque luego lo haya que corregir. Mientras que la novela es fruto de una maduración más larga, una larga digestión, de esas conversaciones que uno tiene consigo mismo.

Un panorama alentador

P. El cuento en español ha vivido en los últimos años un gran auge y la aparición de nuevos escritores que han tensionado el género, ¿qué opina de esto usted que lleva 30 años escribiendo relatos?

R. Creo sinceramente que en España en concreto hay una tradición del cuento muy reivindicable, porque en Latinoamérica siempre ha gozado de sólido prestigio, igual que en Estados Unidos. En nuestro país, no sé por qué, no se ha consolidado de la misma manera, habiendo habido, por ejemplo en los años 50, grandísimos narradores breves. Yo tuve la suerte de conocer a Medardo Fraile, Antonio Pereira o Esteban Padrós de Palacios, y a veces me pregunto lo duro que tuvo que ser escribir en aquella época para autores como ellos o como Ignacio Aldecoa, un narrador extraordinario, que no tuvieron la consideración de la sociedad de su época por dedicarse al cuento. Afortunadamente esto ha cambiado para mi generación y las posteriores.

P. Contrariamente a una tendencia del cuento actual y más al hilo de esta tradición, sus narraciones parten del más crudo realismo, de lo cotidiano, ¿por qué elige narrar desde ese punto?

"Un escritor no elige su mundo interior, esas decisiones son fruto de una evolución creativa y, al final, cada uno acaba atrapado en su propio universo"

R. Creo que os escritores no eligen su mundo interior, sino que son elegidos. Es muy difícil que un escritor decida ser autor policiaco o de ciencia ficción. No son decisiones conscientes, forma parte de tu práctica personal, de tus intereses, de tu fortuna en tus primeras exploraciones, creativas. Por una razón u otra optas por ese camino o ese camino se va decantando. Quizá este concepto de decantación es el más adecuado, no son decisiones solemnes, sino que son fruto de una evolución creativa y al final se puede decir que cada uno acaba atrapado dentro de su propio universo creativo y no puede salir de él, sino que va modificándolo paulatinamente.

P. Aunque de un tiempo a esta parte, como decía, ha ido ganando terreno, el género todavía sufre en España el prejuicio de género menor. ¿Cómo se puede reivindicar?

R. Posiblemente sí exista aún cierta necesidad de reivindicación, pero no la pondría en primer plano. En este país de constantes reivindicaciones de las cosas más variopintas, más que añadir otra me resulta más estimulante, por ejemplo, fijarme en lo positivo de los cambios que se están produciendo en el mercado de la lectura y en el público lector. Por ejemplo, me encanta el fenómeno de Lucia Berlin que hace dos o tres años logró hacer de un libro de cuentos maravilloso un auténtico best seller que fascinó a muchísima gente. Ojalá haya más como él.