Carlos Alcaraz entrena antes del US Open

Carlos Alcaraz entrena antes del US Open Real Sociedad Club de Campo de Murcia

Tenis

Alcaraz afronta con optimismo su semana más decisiva: las últimas pruebas para decidir su presencia en el US Open

Tras cuatro meses de baja y perderse Roland Garros y Wimbledon, el murciano busca llegar el último Grand Slam del año que arranca el 23 de agosto.

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El calendario del tenis no concede tregua y el margen de maniobra se ha reducido prácticamente a cero. A partir de este lunes 17 de agosto, Carlos Alcaraz se adentra en los siete días más determinantes y vertiginosos de su temporada.

En las pistas de entrenamiento, el murciano apura hasta el último minuto los plazos para despejar el gran dilema que sobrevuela su cabeza y la de su equipo desde hace meses: determinar si su muñeca derecha está lo suficientemente restablecida para resistir el impacto implacable de la competición de élite en el US Open.

Tras verse obligado a renunciar a la cita de Cincinnati en un ejercicio de prudencia, las sensaciones acumuladas en las jornadas más recientes han abierto una brecha real para la esperanza.

La intensidad de las sesiones de trabajo ha ido experimentando un aumento progresivo. Los entrenamientos dobles combinan carga física específica y pruebas biomecánicas en cancha, evaluando la respuesta articular tras golpear cientos de bolas con máxima aceleración.

El impacto seco con la bola en el golpe de derecha ya no genera las reticencias o molestias de semanas atrás, y un cauto optimismo vuelve a impregnar su entorno más cercano.

Junto a Samuel López dirigiendo la parcela técnica y bajo la supervisión médica y física de Juanjo Moreno, el tenis del prodigio de El Palmar ha recuperado paulatinamente la velocidad, el ángulo de tiro y la contundencia de antaño.

Sin embargo, otorgar el visto bueno definitivo para tomar el vuelo rumbo a Nueva York exige un filtrado riguroso donde la salud a largo plazo prima sobre la prisa competitiva.

Cuatro meses fuera

El trayecto hasta alcanzar este punto de inflexión ha estado marcado por una travesía especialmente amarga. El origen del problema se remonta a mediados de abril, cuando durante el Conde de Godó, una persistente molestia en la articulación de la muñeca derecha encendió todas las alarmas en el box del tenista.

Lo que inicialmente se diagnosticó como una sobrecarga puntual derivó en una lesión articular y ligamentosa más severa que obligó a decretar un parón indefinido, riguroso e imprevisto.

La mecánica biomecánica de Alcaraz, fundamentada en una aceleración endiablada de la raqueta y una empuñadura extremadamente cerrada que exige una torsión articular máxima para generar su característico topspin, exigió un periodo estricto de inmovilización y posterior rehabilitación.

El peaje deportivo resultante ha sido extraordinariamente elevado: el tenista español tuvo que presenciar como espectador la celebración de Roland Garros y Wimbledon, dos torneos en los que partía en las quinielas como uno de los máximos aspirantes a alzarse con el título.

Ver las grandes citas desde el televisor supuso una dura prueba psicológica para un competidor de su calibre. Además, la imposibilidad de defender la inmensa cantidad de puntos obtenidos la campaña anterior significó un lastre monumental en la clasificación de la ATP, ampliando drásticamente la distancia respecto a Jannik Sinner en la lucha por el trono mundial.

La baja de última hora en el Masters 1000 de Cincinnati supuso un duro contratiempo emocional, pero el cuerpo técnico prefirió no precipitar la reaparición sobre superficie dura sin las garantías absolutas de resistencia.

El reto neoyorquino

Aceptar el desafío de disputar el US Open sin haber completado un solo encuentro oficial en casi cuatro meses sitúa al murciano ante un territorio inédito en su carrera profesional.

Reaparecer directamente en un Grand Slam, donde los partidos se disputan a la exigente escala de cinco mangas y bajo las duras condiciones del verano neoyorquino, implica asumir un desgaste físico y articular monumental.

Las pistas rápidas de Flushing Meadows destacan por la dureza de sus apoyos y por transmitir una vibración seca a través del cordaje que pone a prueba la solidez del brazo en cada intercambio prolongado desde el fondo de la pista.

A esto se suma el evidente hándicap competitivo frente a unos rivales que llegarán con el rodaje acumulado en los torneos de Toronto y Cincinnati, totalmente adaptados a la velocidad del juego y al ritmo frenético del circuito.

No obstante, la fortaleza mental de Alcaraz se mantiene firme en la búsqueda de lo que sería una reaparición épica en el escenario donde ya levantó el trofeo el año pasado y en 2022. En su cabeza no existe la renuncia mientras la articulación no mande señales claras de alarma.

Las pruebas finales de esta semana simularán sets de entrenamiento a máxima intensidad competitiva, incluyendo saques a máxima potencia y restos agresivos, para comprobar cómo responde la articulación tras esfuerzos prolongados.

La respuesta de su cuerpo dictará la sentencia definitiva: renunciar para preservar el futuro o desembarcar en Nueva York dispuesto a desafiar a la lógica y pelear por la gloria en el último Grand Slam del año.