El refugio de Álex Márquez en un pueblo español

El refugio de Álex Márquez en un pueblo español EE

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El refugio de Álex Márquez en un pueblo español: calas y playas vírgenes y varios monumentos del siglo XVI

El piloto de MotoGP, protagonista de un grave accidente en Montmeló, acostumbra a pasar sus vacaciones en esta localidad.

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J. P.
Publicada

Cuando el Mundial de MotoGP levanta el pie del gas, Álex Márquez cambia los boxes por un escenario muy distinto: un pueblo blanco colgado sobre el Mediterráneo, con calas casi vírgenes y piedras del siglo XVI asomadas al mar.

Lejos del ruido de los circuitos, el piloto encuentra en Mojácar un refugio donde la velocidad solo la marca el sol al caer sobre las fachadas encaladas y las playas interminables. Allí, entre amigos, familia y algún entrenamiento ligero, recompone el cuerpo y la cabeza para lo que viene.

Mojácar, en la costa de Almería, ha dejado de ser una simple escapada para convertirse en una especie de clásico en la agenda estival de los Márquez. No es casualidad.

El municipio combina lo que un deportista de élite necesita en pleno calendario: discreción, buena climatología, opciones para mantenerse activo y un entorno fotogénico pero manejable, lejos de las grandes aglomeraciones.

En una misma jornada, Álex puede salir a correr al amanecer junto al mar, perderse después por callejuelas moriscas y acabar el día cenando en un chiringuito con vistas al Mediterráneo.

La postal que se encuentra el piloto dista mucho de los destinos de playa más masivos. El casco antiguo, en lo alto de la colina, es un entramado de casas cúbicas encaladas, puertas de colores y macetas, que desemboca en plazas donde el tiempo parece ir más despacio.

Entre esos rincones destacan la iglesia-fortaleza de Santa María y la Plaza Nueva, dos monumentos del siglo XVI que siguen vigilando el pueblo desde hace más de cuatrocientos años.

Álex Márquez traza un viraje con su GP26 durante la carrera al sprint, en el circuito de Barcelona-Cataluña.

Álex Márquez traza un viraje con su GP26 durante la carrera al sprint, en el circuito de Barcelona-Cataluña. Efe

Son el telón de fondo de muchos paseos veraniegos, pero también el recordatorio de que Mojácar no es solo costa: es historia, frontera antigua, defensas frente a otros tiempos turbulentos.

Abajo, a los pies de ese casco histórico, se extiende una franja litoral que ayuda a entender por qué Álex repite destino. A lo largo de kilómetros de costa, Mojácar alterna arenales equipados con chiringuitos y beach clubs con calas más salvajes, donde aún es posible encontrar cierta soledad incluso en verano.

Esa dualidad encaja con la vida del piloto: un rato de exposición pública en locales conocidos y otro, más reservado, en pequeñas playas donde el casco y el mono de cuero quedan definitivamente lejos.

Para un deportista acostumbrado a vivir monitorizado, Mojácar ofrece algo parecido a un paréntesis.

El pueblo es lo bastante turístico como para que nadie se obsesione con su presencia y, al mismo tiempo, lo bastante compacto como para que pueda moverse con naturalidad entre entrenamientos suaves, comidas en familia y ratos de puro ocio.

En ese equilibrio entre el ruido controlado del paseo marítimo y el silencio de los miradores del siglo XVI, Álex Márquez ha encontrado su refugio español. Un lugar donde, por unos días, la palabra 'velocidad' se limita al viento que sube desde las calas hasta las plazas antiguas.