El restaurante de Oliva al que todo el mundo vuelve: 40 años de arroces, salazones y cocina de la Safor frente al mar
El restaurante de Oliva al que todo el mundo vuelve: 40 años de arroces, salazones y cocina de la Safor frente al mar
Nacido como un pequeño bar junto a la playa en 1973, Soqueta sigue siendo uno de los grandes referentes gastronómicos de la Safor gracias a una propuesta basada en el producto, el recetario valenciano y el relevo de dos generaciones.
Más información: El restaurante en la montaña de Gandía famoso por la paella valenciana y sus empanadillas
La costa de la Safor. El primer nombre que suele venir a la cabeza es Gandía. La gran ciudad vecina concentra desde hace años los veranos multitudinarios, apartamentos por doquier y una playa kilométrica. También es hogar de unas cuantas buenas propuestas en las que darse un festín.
Pero apenas unos kilómetros más al sur, hay otra población que merece -y mucho- la pena. Esa es Oliva. Menos saturada, más tranquila y con una playa larguísima de dunas naturales, arena fina y casas bajas. Aquí parece que el Mediterráneo todavía es más puro y menos turístico.
Y es precisamente ahí, a pocos metros del mar, donde se encuentra uno de esos restaurantes que llevan años posicionados entre los imprescindibles. Se llama Soqueta y pertenece a esa categoría de sitios que no necesitan reinventarse, porque lo que llevan haciendo durante décadas, sigue funcionando y atrayendo clientela casi a diario.
De un pequeño bar de playa a una institución de la comarca
La historia comenzó en 1973 cuando la familia Fuster, encarnada en Juan y Lola, abrió un pequeño bar junto a la playa de Oliva, simplemente como ellos mismos afirmaban, "con la idea de encontrar un sustento para la familia". Por aquel entonces la zona tenía poco que ver con la de hoy. Había muchas menos construcciones, menos movimiento y esta parte de la costa era mucho más tranquila.
La idea era sencilla, dar de comer a quienes pasaban el día junto al mar. Poco a poco, aquel local fue creciendo hasta convertirse, en 1985, en el restaurante Soqueta.
Desde entonces han pasado cuatro décadas, varias generaciones de clientes y también un relevo dentro de la propia familia. Pero el restaurante sigue funcionando prácticamente de la misma manera.
En cocina están Isabel Santapau y su hija, Isabel Fuster. En sala, Juan Fuster y su hijo Juan Francisco. Ellas se encargan de los arroces, los fondos y todas las maravillas que tienen en su carta. Ellos, reciben a los clientes, recomiendan qué pedir, explican el pescado del día y se mueven entre las mesas con soltura.
Y ese es parte de su encanto, que siendo un sitio casi frente al mar, no es un lugar de moda, sino un espacio que sigue teniendo eso que conecta tan bien dado los tiempos que corren, cercanía y familiaridad.
2010 marcó un antes y un después. En ese año, acometieron una reforma importante. El local se amplió y ganó luz, pero sin perder esa esencia de casa de comidas junto al mar. Hoy tiene dos ambientes muy diferenciados, la sala, más abierta y luminosa con ventanales de suelo a techo y conectada con la terraza y la playa, y otra un reservado perfecto para grupos o celebraciones familiares.
Una cocina que mira al mar, a la huerta y a la propia comarca
Si el lugar tiene su historia, es bonito y la gente ya le tiene cariño, el mayor aliciente de esta casa no es otro que apostar por la cocina valenciana y una propuesta profundamente ligada a la comarca.
Gamba roja, cigalas, salazones y por supuesto, arroces. Nada estrambótico, todo reconocible. Y es que la cocina del Soqueta, tiene dos despensas claras. Por un lado, el Mediterráneo y las lonjas cercanas y por otro, la huerta de la Safor.
Por eso aquí los arroces cambian mucho más de lo habitual. No se limitan a la paella de marisco de manual o el arroz a banda. En sus paellas aparecen alcachofas, habas, sepia, rape o verduras, muchas de ellas, que solo están disponibles durante su temporada.
Uno de los más conocidos es el arroz de habas y alcachofas, más ligado al invierno y comienzo de la primavera. También el de alcachofa y rape o el meloso de sepia y alcachofa. Son arroces muy valencianos, menos evidentes que los habituales, pero igualmente deliciosos.
No faltan los de siempre: arroz del senyoret, meloso de bogavante y la paella valenciana. La suya es especial y muy típica de la zona. Se prepara con verduras de temporada y le añaden albóndigas hechas en casa, algo que rara vez se ve fuera de La Safor.
Otra de las cosas más interesantes de este restaurante, es la versatilidad al prepararlos. Como siempre, son para un mínimo de 2 personas, algo lógico, pero ofrecen algo diferencial. Se puede cambiar el arroz por fideo de fideuà, ya sea curvo o fino e incluso pueden elaborar la fideuá sin gluten.
Gambas, cigalas, salazones y pescados de lonja
El arroz es el final, pero antes de él, la carta merece todos los halagos. Y aunque muchos digan que es plato único, aquí vale la pena pedir otras tantas cosas. Y si sobra arroz, se lleva a casa y se disfruta igual de rico al día siguiente.
La carta de entrantes es casi un homenaje a la tierra. Para empezar, por supuesto, una cesta de pan con alioli y tomate. A partir de ahí, conviene probar varias cosas.
La parte de los salazones es, de hecho, una de las señas de identidad del restaurante. Hay melva, ventresca, mojama, lomos de bonito, tonyina de sorra... Le siguen tellinas -que es como se llama en la Comunidad Valenciana a las coquinas-, calamar de playa a la plancha, buñuelos de bacalao o una extensa colección de croquetas: de jamón, de chistorra con huevo frito, setas y foie o bogavante, entre otras.
Otro de sus grandes alicientes es el marisco de las lonjas cercanas: gambas rojas, las cigalas de Dénia, quisquilla... Y un bocado para no perderse, que difícilmente se encuentra fuera de la zona, es la empanadilla de la Mari, rellena de gamba amb bleda.
La carta se completa con otros platos sencillos donde manda el producto. Una lubina a la sal, lenguado del Mediterráneo, escorpa, negrito... También alguna carne como solomillo de ternera macerado, lingote de cochinillo o entrecot entre otros.
Todos los postres son caseros. La carta mezcla clásicos reconocibles con algunas elaboraciones más golosas. Hay coulant de chocolate, tarta de queso, tarta tatin, tarta de limón y merengue o una versión de la tarta de la abuela con dulce de leche.
También propuestas como el cremoso de chocolate blanco y coco, la tarta de naranja y chocolate o la llamada Corona de Gloria.
A todo ello suman una propuesta de menú diario llamado 'Soca y Arrel'. Por 40 euros por persona incluye aperitivos, un primero y segundo a elegir, postre y café o infusión. ¿Los platos? De steak tartar con tuétano a gambas en tempura como entrantes a arroces como principal, ya sea una fideuà, un arroz caldoso u otros platos como suprema de dentón o tiras de entrecot.
Y es que, a veces, no hace falta mucho más: un restaurante junto al mar, un servicio cercano y un buen arroz para ser feliz alrededor de la mesa.