Un gato intentando hacerse con un botín para humanos

Un gato intentando hacerse con un botín para humanos iStock

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Los expertos coinciden: "Ni ajo ni jamón, esta es la lista de alimentos humanos que nunca debes compartir con tu gato"

Hay gatos que son muy persuasivos. En cuanto te ven comer, se les antoja lo que comes, te ponen caritas y cuesta resistirse, pero puede ser un gran error.

Más información: Un veterinario revela cómo evitar que tu gato se alimente de la comida del perro: "Este es el único truco que funciona"

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En cualquier cocina hay alimentos que pueden resultar peligrosos para un gato.

El problema, según advierte el veterinario Carlos en su último vídeo publicado en el canal de YouTube Mascotas y Familias Felices, es que "nadie nos explica realmente qué riesgos son graves de verdad y cuáles no tanto".

Con ese objetivo -separar verdades, mitos y urgencias reales- el experto repasa uno a uno los alimentos que todo dueño de un felino debería tener identificados.

El ajo: pequeño pero muy peligroso

Si hay un alimento que Carlos señala sin dudarlo como el más peligroso, ese es el ajo. "No hay una dosis segura que puedan comer nuestros gatos", afirma el veterinario.

La razón está en una sustancia llamada tiosulfato, presente en su composición, que destruye los glóbulos rojos del animal, es decir, las células encargadas de transportar el oxígeno por el torrente sanguíneo.

Lo que hace especialmente traicionero a este alimento es que sus efectos son retardados. Esto quiere decir que pueden pasar varios días hasta que empecemos a notar que nuestro gato se ha intoxicado.

Y el peligro no se limita al ajo crudo. Las formas deshidratadas, presentes en condimentos y salsas, tienen incluso mayor concentración de tiosulfatos. "Es muy importante retirar de la cocina todos esos platos manchados de alguna salsa que contenga ajo", insiste el experto.

En la misma familia se sitúan la cebolla, el cebollino y el puerro, que comparten el mismo mecanismo de toxicidad, aunque en menor concentración. Ninguno de ellos es apto para el consumo felino.

Los embutidos: un veneno lento

El jamón York, el jamón cocido, el queso... Carlos agrupa estos alimentos bajo la categoría de "intoxicación silenciosa". No van a provocar que el gato caiga fulminado sobre el suelo, pero su consumo habitual sí puede deteriorar seriamente su salud con el paso del tiempo.

"Muchas veces el gatito está un poco pesadillo y dices: venga, toma un poquito de jamón York, que no pasa nada", reconoce el veterinario con tono comprensivo.

Una excepción puntual puede no ser grave, pero el problema surge cuando estos alimentos, a menudo cargados de sal, azúcar, grasa y conservantes, se convierten en parte de la dieta habitual del animal.

Y la perspectiva se agrava si se tiene en cuenta que un gato puede pesar entre 12 y 15 veces menos que una persona adulta. La cantidad que le afectaría es proporcionalmente mucho menor.

La leche: el mito más extendido

Pocas imágenes están tan arraigadas en el imaginario colectivo como la de un gatito bebiendo leche de un cuenco. Pero el veterinario desmonta ese mito. Los gatos adultos van perdiendo progresivamente la capacidad de digerir la lactosa y se vuelven intolerantes a ella.

"Algo que les guste no significa que sea lo mejor para ellos", aclara el veterinario. El resultado de darles leche con frecuencia son problemas gastrointestinales como diarreas, vómitos, gases y malestar general.

No es que vaya a provocar un daño irreversible o que requiera atención inmediata, pero tampoco algo que deba ignorarse si queremos lo mejor para nuestro gato.

El peligro de la fruta

Que un determinado grupo de alimentos sea muy saludable para los humanos no implica que también lo sea para los felinos. Las uvas y las pasas pueden provocar un fallo renal agudo en los gatos.

Las pepitas de manzana, melocotón, cereza y ciruela contienen compuestos que generan cianuro al metabolizarse. "Es más probable que tu gato se coma una pepita de manzana que se te haya caído al suelo que un diente de ajo completo", razona Carlos, subrayando que son precisamente estos peligros poco evidentes los que merecen más atención.

Los huesos de frutas como la cereza también suponen un riesgo de obstrucción gastrointestinal porque son lo suficientemente pequeños para que un gato se los trague, pero lo suficientemente grandes para quedarse atascados en el intestino.

Tomates, patatas y el aguacate

Las solanáceas, como el tomate o la patata, contienen una sustancia llamada solanina, especialmente concentrada en las partes verdes. Un tomate maduro puede no representar un problema, pero los rabitos del tomate en rama o las patatas crudas y germinadas sí pueden provocar vómitos, diarreas y malestar general.

En cuanto al aguacate, contiene persina, un compuesto tóxico que se concentra principalmente en las hojas y la piel, no en la pulpa.

Sin embargo, la carne del aguacate tiene un alto contenido graso que puede derivar en pancreatitis si el animal consume una cantidad elevada. "Me da igual que sea de aguacate o de cualquier otra fuente: su páncreas tiene que funcionar muchísimo para poderla digerir", explica.

El chocolate: tóxico, pero menos

El chocolate contiene teobromina y pequeñas cantidades de cafeína, sustancias que los gatos metabolizan peor que los humanos y que producen excitación del sistema nervioso.

Cuanto más puro y negro sea el chocolate, mayor es la concentración de estas sustancias y, por tanto, el riesgo.

Sin embargo, Carlos reconoce que no suele ser un gran problema, porque a los gatos no les atrae tanto ese sabor dulce. A diferencia de los perros, donde las intoxicaciones por chocolate son frecuentes, en gatos son menos habituales.

ALIMENTOS que DEBES EVITAR darle a tu GATO 🐱🚫🍛

El peligro más grave: las sobras de la mesa

Aparte de tener controlada esta lista de alimentos concretos, el veterinario advierte que dar sobras a los gatos es una práctica arriesgada porque "dentro de nuestras sobras puede haber un montón de cosas que para nosotros no suponen ningún problema y que puedan resultar tóxicas para ellos".

El desconocimiento, concluye Carlos, es el verdadero enemigo. Y la solución pasa, simplemente, por informarse y, si no estamos seguros de que algo es inocuo para nuestro pequeño peludo, tener claro que lo mejor es no dárselo.