El Pont Nou de Camprodón

El Pont Nou de Camprodón iStock

Reportajes gastronómicos

El pueblo medieval del siglo XII conocido como "la pequeña Suiza": tiene la fábrica de galletas más antigua de España

Camprodón, en el corazón del Pirineo de Girona, esconde entre sus calles empedradas y su monasterio del siglo X una historia dulce que lleva más de 130 años horneando felicidad.

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Hay pueblos de los que te podrías enamorar con solo ver una foto y Camprodón es de esos.

Situado a unos 950 metros de altitud, en la confluencia de los ríos Ter y Ritort, este municipio de la comarca del Ripollès arrastra desde el siglo XIX el apodo de "la pequeña Suiza" del Pirineo catalán.

Sus profundos valles rodeados de montañas, prados verdes que se extienden hasta donde alcanza la vista y un casco antiguo con calles estrechas y fachadas de piedra hacen que parezca sacado de una postal alpina.

Ya en aquella época, las familias acomodadas de Barcelona solían elegirlo destino veraniego, y esa tradición de acogida ha marcado la identidad del pueblo hasta hoy.

Birba: la fábrica de galletas más antigua de España

Si Camprodón tiene un sabor, es el de las galletas Birba. Una empresa cuya historia se remonta a finales del siglo XIX, cuando la familia del mismo nombre regentaba un pequeño negocio de ultramarinos en el centro del pueblo.

Por aquel entonces, la localidad ya empezaba a recibir veraneantes de Barcelona, y el negocio iba bien en verano gracias a los bizcochos y productos de confitería que ofrecían a los visitantes. El problema llegaba en invierno; sin turistas, las ventas caían en picado y los dulces se echaban a perder rápidamente.

La solución llegó en 1893, cuando la familia decidió elaborar galletas. Al ser menos perecederas que los pasteles, podían distribuirse durante todo el año sin problemas de conservación.

Las primeras se hornearon en un obrador artesanal instalado en el sótano de la casa familiar, con un horno de escopeta y unas pocas máquinas. Pronto empezaron a envasarlas en cajas y la demanda creció por toda Cataluña.

En 1929, el obrador del sótano se quedó pequeño y se construyó la primera fábrica Birba en la avenida Maristany. Ese mismo año, la marca recibió el Gran Premio de la Exposición Internacional de Barcelona.

La guerra civil golpeó con fuerza; la fábrica tuvo que ser reconstruida y, ante la escasez de materias primas, la familia llegó a sembrar trigo y remolacha para obtener harina y azúcar con las que seguir produciendo.

A finales de los años 80, la empresa dejó de pertenecer a la familia Birba, pero los sucesivos propietarios han respetado la elaboración artesanal y la calidad de los ingredientes.

En 2008 se inauguró la fábrica actual, con más de 7.000 metros cuadrados y capacidad para producir un millón de galletas al día, donde todavía se conservan hornos de la planta original.

En 2023 fue adquirida por Adam Foods, el grupo catalán propietario de Cuétara y Artiach.

La buena noticia para los amantes de la gastronomía es que, además de disfrutar de las galletas, la fábrica se puede visitar los martes a través de la Oficina de Turismo de Camprodón.

El recorrido permite conocer el proceso de elaboración artesanal y descubrir cómo muchas de las variedades que se fabrican hoy son las mismas que se hacían en 1893.

La mejor ruta para conocer Camprodón

Camprodón se recorre bien en una mañana, aunque merece la pena dedicarle un día entero para disfrutarlo sin prisas.

Una buena ruta comienza en el Pont Nou, un puente de origen medieval que cruza el río Ter con sus característicos arcos de medio punto y es quizá la imagen más reconocible de Camprodón.

Aparece en documentos históricos desde el siglo XII, aunque ha sido reformado en varias ocasiones. De hecho, es tan icónico que la propia marca Birba lo incorpora en sus envases y logotipos.

Monasterio de Sant Pere en Camprodón

Monasterio de Sant Pere en Camprodón iStock

Desde allí se puede subir hacia la parte alta del casco histórico hasta llegar al monasterio de Sant Pere y a la iglesia de Santa María, que está justo al lado.

Los primeros documentos que mencionan esta parroquia datan de 1017, y en su interior alberga piezas de orfebrería medieval de gran valor, como el busto-relicario y la urna del patrón San Paladio.

De vuelta al centro, el Paseo de la Font Nova es un remanso de paz junto al río Ritort, flanqueado por mansiones del siglo XIX incluidas en el catálogo de Patrimonio Histórico de Cataluña.

Entre las más destacadas se encuentran Can’Oliveda, de 1880, la casa del Doctor Robert o la Casa Pomar, obra del arquitecto que construyó el Arco de Triunfo de Barcelona.

La ruta debe incluir una parada en la Plaza de la Vila, donde está la casa natal de Isaac Albéniz, y en el Museo dedicado al compositor, situado en la calle Sant Roc, con partituras manuscritas originales, pianos de la familia y objetos personales.

Para quienes dispongan de más tiempo, esta villa medieval es también la puerta de entrada a todo el valle de Camprodón. Desde ella se puede llegar a Beget, un pequeño pueblo de postal con apenas un puñado de casas de piedra, o a Setcases, punto de partida hacia las pistas de esquí de Vallter 2000.

Las rutas de senderismo y ciclismo por los alrededores son incontables, y la Oficina de Turismo, situada junto al Pont Nou, ofrece toda la información necesaria para planificarlas.

Dónde comer: cocina de montaña con identidad propia

La despensa local incluye productos muy valorados como la carne de ternera y potro criados en el valle, embutidos artesanales, quesos frescos de leche de oveja y vaca, setas y trufa de temporada, y la trumfa, una patata autóctona del valle con un sabor muy particular.

Entre los platos típicos destacan la escudella, los canelones a la catalana, la espalda de cordero con setas, la butifarra con mongetes y los caracoles a la llauna.

  • Cal Marquès es uno de los restaurantes más reconocidos de la villa. Ubicado en un edificio del año 1702, la antigua casa Ribas, apuesta por una cocina que fusiona tradición catalana y toques de vanguardia con producto de proximidad.

    Su menú del día, a partir de 19,90 euros entre semana, incluye entrante, principal y postre. Destacan sus canelones de espinacas gratinados con queso de oveja del Ripollès y el bistec de ternera de Girona a la brasa con salsa de ceps.

  • El Pont 9, situado junto al puente que le da nombre, lleva abierto desde 2001 y es otro de los mejor valorados, con un menú del día por 22 euros y carta en torno a los 35 euros.

  • Para una experiencia gastronómica más sofisticada, el Restaurante Mític, en el Hotel Puig Francó, ofrece cocina de temporada con platos como los raviolis trufados rellenos de hongos o el canelón de ciervo.

  • Y para quien busque algo diferente, El Petit Vegà d’en Pep i la Laura es una opción vegana sorprendente, pequeña y acogedora, con una carta basada en producto de proximidad.

Los domingos, la Plaza del Doctor Robert acoge un mercado local de frutas, verduras y productos de la zona que merece una visita.

Y como broche, cualquier visita a Camprodón debería terminar con una caja de galletas Birba bajo el brazo. Las panaderías y pastelerías del pueblo ofrecen también dulces artesanos, tortas y roscones que completan una oferta golosa difícil de igualar en el Pirineo catalán.