La semana pasada me topé en Twitter con la foto de una tabla de cortar. No era una tabla de cortar cualquiera, era un foco de conflicto matrimonial, un destruyefamilias. En la tabla había varias inscripciones y cada una de ellas dejaba leer entre líneas el drama latente en esa casa. Un drama causado por la obsesión por la higiene alimentaria de una mujer y el apego a la literalidad de su marido. Dos trenes destinados a chocar. 

La cosa venía a ser más o menos así:  

No cebolla

Sólo fruta

(NO AGUACATE)

MEJOR PREGUNTEN

Ni Stephen King consigue tanta tensión con tan pocas palabras. Notas el crescendo. Aquello no va a acabar bien. 

Me imagino a ese esclavo de la literalidad queriendo ver cuánto de grande era la parcela del “Sólo fruta” y allá que fue a explorar los límites. Me sentí muy identificada con ese conflicto y muy representada por los dos bandos, porque todos hemos estado alguna vez en cada uno de ellos. 

Cada uno tiene sus manías, pero como en nuestra cabeza tienen toda la lógica del mundo, lo que creemos que tenemos nosotros no son manías sino “pura coherencia”. Manías son lo que tienen los demás, que no hay quien las entienda.

El caso es que no soy especialmente intolerante con que la cocina no se quede recogida inmediatamente después de comer, pero odio que la encimera quede llena de platos con restos de comida. Pues ahí vino el analista de la palabra con el que vivo para dejar los platos sin restos de comida, pero sí con servilletas de papel arrugadas. Odio eso. ¿Tú sabes la rabia que da que se quede pegado el papel y tengas que frotar un poquito antes de meterlo en el lavavajillas? Aunque lo frote él, me molesta a mí. 

No me quedó más remedio que ampliar la norma: “No dejar los platos con restos de comida ni cosas” y ya puesta, añadí que tampoco hay que dejar platos —ni vasos, ni nada— sucios en la encimera. Todo lo que hay sucio tiene que estar vacío en el fregadero. La encimera es territorio sagrado. 

Con mi estricta y coherente norma, entro en conflicto con la única norma de mi conviviente: “La cafetera italiana no puede estar en el fregadero con otros platos sucios porque se llena de aceite”. Para que él no colapse ni yo tampoco, la escondo detrás del bote de Fairy hasta que alguno de los dos la limpie. Tampoco le parece bien, pero de momento no ha redactado ninguna cláusula. Estaré pendiente.

Para manía la que tienen “algunos” de usar mi delantal como trapo para limpiarse las manos. El otro día, en un intento evitar un posible conflicto, puse un paño de cocina en el colgador donde siempre estaba mi delantal y mi delantal en otro lugar más escondido. Pues allá que volvió a limpiarse las manos en mi delantal. Tuve que hacer una TED talk exprés con la diferencia entre delantal y paño de cocina. La respuesta de mi único asistente fue que el delantal es una tela para ser manchada. “Una tela para ser manchada”. Suerte que no está casado con el señor literal del tuit, porque ya tendría en el colgador de la cocina la ropa interior.

Aún así, la cocina de mi casa es un remanso de paz en comparación con las de los pisos de estudiantes. He visto interiores de neveras con más nombres propios que el registro civil. Todo, absolutamente todo, marcado con el nombre de su propietario para que otro no lo use “sin querer”. De las cosas que se acumulan en esas encimeras y en las paredes de esos microondas, no hablaremos, no sea que me llamen maniática.