No corren buenos tiempos para los jóvenes en España. A los sueldos precarios y la escasez en la oferta de vivienda a precios asumibles, se une el agotamiento mental que supone la aventura de los que se atreven a dar el paso de emprender.
Esa sensación de remar contra una corriente que parece diseñada para arrastrarlo todo hacia atrás es la realidad de la pequeña y mediana empresa, ese motor que compone la inmensa mayoría del tejido productivo del país y que, mes a mes, se enfrenta al abismo de la burocracia y el pago de unos impuestos que muchos no tienen muy claro a dónde van.
Un testimonio que ilustra bien esta situación es el de Carlos Catalá, un carnicero de 30 años al frente de la empresa que lleva su nombre que ha decidido romper el silencio.
En una sucesión de stories publicadas en su cuenta de Instagram, con los números en la mano y una indignación que le quema garganta. Su intervención no es solo una queja; es una radiografía cruda de lo que significa emprender hoy en España.
Carlos Catalá, dueño de una carnicería en Aldaia (Valencia)
Un país que es una vergüenza
Visiblemente alterado, el empresario describe su estado de ánimo con una sinceridad aplastante: "Estoy muy caliente. Vivimos en un país que es una vergüenza".
Su enfado no es una rabieta momentánea, sino el resultado de una acumulación de presiones que le llevan a cuestionar la pasividad de la sociedad civil. "No entiendo, de verdad, cómo tanto los trabajadores como los empresarios podemos asentir con la cabeza y permitir que nos roben como nos roban", sentencia.
Para este joven empresario, el coste del éxito se mide no solo en euros, sino en salud física. A sus 30 años, asegura que el estrés le está pasando una factura visible.
"Me estoy quedando calvo. Mirad, estoy calvo y soy un tío con pelo [...]. Vivo por y para mi empresa", explica, señalando que trabaja a destajo y que, a pesar de su juventud y su capacidad de trabajo, el sistema parece diseñado para desgastar al que produce.
Impuestos "salvajes"
Más allá del desahogo emocional, Catalá aporta datos concretos que desmontan la idea de que facturar equivale a enriquecerse. El inicio de año se presenta como una tormenta perfecta para la tesorería de su carnicería. Según detalla, tras haber abonado la Seguridad Social de diciembre, el golpe fiscal de enero es demoledor.
"Me acaban de pasar las retenciones, veintitantos mil euros. Ahora, en unos días, el trimestre, que va a ser salvaje", explica mientras muestra en pantalla la notificación de un cobro en concepto de IRPF que asciende 23.513,98 €.
A esto se suman las nóminas de su plantilla y los seguros sociales corrientes. La suma de estos conceptos dibuja un escenario que él califica, sin rodeos, como "insostenible".
Para un negocio que funciona bien, gracias a que él y su equipo "trabajan como animales", la carga impositiva se siente como un castigo.
Catalá hace un cálculo rápido de lo que ha salido de su caja en apenas unas semanas: "Ya me han cobrado no sé si 14 o 15.000 euros de Seguridad Social de los trabajadores; bien. Pero ahora también las retenciones, otros veintitantos. O sea, casi 40.000 euros de impuestos".
Su reflexión posterior toca uno de los puntos más sensibles del debate económico actual: la productividad y los salarios. Catalá asegura ser una persona "ultrapagadora" que valora el talento de su equipo.
Sin embargo, lamenta que el Estado se lleve una parte tan grande del pastel que podría ir directamente al bolsillo de sus empleados. "¿Este dinero no lo podríamos repartir entre el equipo y así que aún cobraran más y la economía fuera mejor?", se pregunta.
Impuestos de primera, servicios de tercera
El argumento clásico a favor de una alta presión fiscal es el mantenimiento del Estado del Bienestar. Sin embargo, es aquí donde el discurso de Catalá se vuelve más doloroso y personal.
El carnicero narra una experiencia reciente con la salud de su hija, Olivia, aquejada de bronquitis, que desmonta la promesa de la protección pública.
A pesar de contribuir con decenas de miles de euros a las arcas públicas, la atención recibida fue nula. "La hemos llevado ya al médico, no hace ni puñetero caso".
Pero la crítica no se queda solo en la sanidad pública; también alcanza al sector privado, saturado ante la ineficacia del primero. "Aparte pago un seguro privado... Los seguros privados están bloqueados. El otro día fuimos de urgencias, dos horas para que atendieran a Olivia".
El desenlace de la historia es la imagen de la redundancia fiscal: pagar tres veces por el mismo servicio. "Ayer me tocó, porque ya no nos hacía caso nadie, gastarme 150 euros para que un médico privado atendiera a Olivia y diera con la tecla".
La pregunta que lanza al aire es demoledora para cualquier defensor del sistema actual: "Entonces, ¿para qué pago? ¿Para qué pago si no tengo derecho a nada?".
Además, señala una incoherencia flagrante en su propia cotización: "Pago casi 1.000 euros al mes de autónomo solo por trabajar, aparte de mi Seguridad Social por la nómina que cobro de mi empresa".
Imposible crecer así
Carlos Catalá considera que él mismo representa el perfil del empresario que España necesita: joven, trabajador, honrado y con un negocio próspero que emplea a unas 15 personas.
Sin embargo, su conclusión sobre el futuro de su empresa es desoladora. En un entorno favorable, estaría planeando su expansión. La realidad es la opuesta.
"Yo debería tener ya ocho carnicerías, tendría que haber dicho: 'Voy a expandirme'. Pues yo tengo una y no pienso abrir ni una más. ¿Qué me voy a expandir? Si esto es imposible, es inviable".
El sistema de incentivos parece estar roto. Catalá explica que, después de sortear todos los gastos e impuestos, si el empresario logra la hazaña de obtener beneficios, el Estado vuelve a aparecer con el Impuesto de Sociedades. "Si logras dar beneficio, hay un impuesto más... que te quitan un 25 % del beneficio que hayas obtenido".
Esta dinámica lleva al carnicero a una conclusión aritmética frustrante sobre su vida laboral: "Al final, el 80 o 90 % del tiempo que trabajamos es para pagar y el resto es lo que te queda".
Abandonado tras la DANA
El contexto geográfico de la localidad de Aldaia, donde se encuentra la carnicería, añade una capa más de amargura. La localidad fue una de las más afectadas por las inundaciones del 29 de octubre de 2024 (DANA) y tanto la carnicería como el obrador fueron arrasados por el agua.
La nefasta gestión de la catástrofe ha dejado una herida abierta en la confianza de los ciudadanos hacia sus instituciones.
"Aquí no vino nadie a ayudar", denuncia Catalá, agradeciendo a los voluntarios ("vosotros") que fueron quienes realmente los salvaron.
Este cóctel de presión fiscal, burocracia, servicios deficientes y abandono en la catástrofe ha llevado a este empresario a verbalizar un deseo que se extiende entre muchos: la fuga. "Yo amo a mi país... pero si pudiera, yo me piraba. Yo me iba fuera a un sitio donde al menos me dejen trabajar".
Su mensaje final es una advertencia sombría. Si alguien con su energía, su juventud y un negocio que funciona bien se siente así, ¿qué queda para los que están al límite? "Es que no van a quedar empresarios. Imaginad los que van con el agua al cuello".
