Un niño con su gato.

Un niño con su gato. Freepik

Ciencia

La psicología dice que los niños de 4 a 12 años que cuidan a su mascota tienen más autocontrol que los que solo juegan con ella

Los niños que cuidan a su perro o gato muestran menos dificultades para controlar impulsos, según un estudio.

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Las claves
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Los niños de 4 a 12 años que participan activamente en el cuidado de sus mascotas muestran mayor autocontrol y mejores habilidades de memoria de trabajo.

El estudio de la Universidad La Trobe analizó a 293 niños y halló que las tareas de cuidado, más que el apego emocional, están asociadas a mejores funciones ejecutivas.

Realizar tareas como alimentar o cuidar a la mascota requiere recordar, planificar y regular el comportamiento, lo que fomenta habilidades útiles en otros ámbitos de la vida.

La responsabilidad sobre el cuidado debe adaptarse a la edad del niño y ser supervisada por adultos, según la Academia Americana de Pediatría.

Dar de comer al perro, comprobar que el gato tenga agua o acordarse de que el animal necesita determinados cuidados pueden parecer pequeñas obligaciones domésticas. Sin embargo, una nueva investigación apunta a que participar de forma habitual en ellas está relacionado con habilidades cognitivas importantes durante la infancia.

Un estudio de la Universidad La Trobe, en Australia, analizó a 293 niños de entre 4 y 12 años y encontró que aquellos que participaban más activamente en el cuidado de sus perros o gatos presentaban menos dificultades de memoria de trabajo y de inhibición, una de las capacidades que utilizamos para controlar impulsos y comportamiento.

En términos cotidianos, la inhibición se parece bastante a lo que solemos llamar autocontrol: ser capaz de detener una respuesta impulsiva, mantener la atención o pensar antes de actuar.

Los investigadores dividieron la muestra prácticamente por igual. 151 niños convivían principalmente con un perro y 142 con un gato, y su edad media era de algo más de siete años. Los padres respondieron cuestionarios sobre la relación del menor con el animal y sobre diferentes aspectos de sus funciones ejecutivas. La diferencia no apareció simplemente por querer mucho a la mascota.

El grado de apego emocional hacia perros y gatos no estaba relacionado significativamente con una mejor memoria de trabajo o un mayor control inhibitorio. Lo que aparecía de manera consistente era la participación en el cuidado del animal.

Eso hace especialmente interesante la comparación. Jugar con un perro, acariciar a un gato o sentirse muy unido a él puede formar parte de una relación positiva, pero las tareas de cuidado añaden algo distinto: obligan al niño a recordar, planificar y adaptar su comportamiento a las necesidades de otro ser vivo.

Cuidarlo exige recordar, esperar y controlar

Los propios investigadores plantean esta explicación. Actividades como proporcionar comida y agua o comprobar que el animal esté seguro pueden requerir memoria de trabajo, planificación y regulación del comportamiento. Un niño tiene que recordar que existe una tarea pendiente, mantener esa información en la cabeza y realizarla aunque en ese momento prefiera hacer otra cosa.

Los resultados aparecieron tanto con perros como con gatos. Después de tener en cuenta variables como la edad, el sexo, el orden de nacimiento, la educación de los padres o la presencia de alguna discapacidad, una mayor implicación en los cuidados seguía asociándose con menos dificultades de inhibición y memoria de trabajo.

El hallazgo resulta además curioso porque un trabajo anterior del mismo equipo no había encontrado esta relación específicamente con las tareas destinadas a mascotas.

En 2022 estudiaron a 207 niños de entre 5 y 13 años. Las tareas relacionadas con el autocuidado y con ayudar a la familia sí estaban vinculadas con mejores funciones ejecutivas, pero las de cuidado de animales no mostraron entonces un efecto significativo.

Los autores creen que una posible explicación está en cómo se midieron aquellas responsabilidades. Los estudios anteriores utilizaban preguntas muy generales o respuestas de tipo “lo hace/no lo hace”. El nuevo trabajo empleó escalas específicas para perros y gatos y evaluó con mayor detalle cuánto participaba realmente cada niño en sus cuidados.

Eso tampoco permite concluir que dar de comer al perro haga automáticamente que un niño desarrolle más autocontrol.

El estudio es transversal: observa una asociación en un momento determinado, pero no permite determinar qué ocurrió primero. Puede ser que cuidar regularmente a una mascota ayude a practicar estas habilidades, pero también que los niños que ya tienen más autocontrol y memoria sean precisamente quienes asumen mejor estas responsabilidades.

Además, tanto la participación en los cuidados como las funciones ejecutivas fueron valoradas por los propios padres, algo que los investigadores reconocen como una limitación. Serán necesarios estudios longitudinales y pruebas directas con los niños para comprobar si el cuidado del animal produce realmente mejoras con el tiempo.

La responsabilidad tampoco debería trasladarse completamente al menor. La Academia Americana de Pediatría recomienda adaptar los cuidados a la madurez del niño y recuerda que la responsabilidad última sobre el animal continúa correspondiendo a los adultos. Alrededor de los cinco o seis años muchos niños pueden comenzar a participar en tareas sencillas, siempre con supervisión.

La conclusión del nuevo estudio es, por tanto, más interesante que limitarse a decir que tener mascota beneficia a los niños. No parece importar únicamente tenerla o quererla mucho, sino lo que el niño hace con ella.

Llenar el bebedero, acordarse de la comida o ayudar a cuidar al animal pueden convertirse en pequeñas oportunidades diarias para practicar precisamente habilidades que después necesitará en otros ámbitos: recordar instrucciones, controlar impulsos, organizarse y cumplir con una responsabilidad aunque en ese momento resulte mucho más apetecible simplemente ponerse a jugar.