Un perro mayor.
Stephanie McGrath, veterinaria: “Los cambios de envejecimiento en perros son muy similares al Alzheimer”
Que un perro mayor se desoriente o duerma peor no siempre es “edad”: puede ser una señal temprana de deterioro cognitivo.
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Que un perro mayor duerma peor, se pierda dentro de casa o deje de responder como antes no siempre significa que “se ha hecho viejo”. A veces es la primera pista de un cerebro que empieza a cambiar.
La neuróloga veterinaria Stephanie McGrath, de Colorado State University, lleva años estudiando ese proceso. Su trabajo se centra en la disfunción cognitiva canina, un síndrome neurodegenerativo asociado a la edad que muchos propietarios todavía confunden con manías.
El paralelismo que propone McGrath resulta llamativo: los cambios de envejecimiento vinculados al deterioro cognitivo en perros se parecen de forma notable a los observados en humanos con Alzheimer. No son enfermedades idénticas, pero comparten señales importantes.
En los perros, este deterioro puede afectar al aprendizaje, la memoria, la orientación, el sueño, la interacción social y los hábitos adquiridos. Por eso un animal que antes era limpio, tranquilo o sociable puede empezar a comportarse de otra manera.
Los síntomas suelen avanzar despacio. El perro se queda mirando una pared, se atasca en una esquina, deambula por la noche, pide salir sin motivo, se muestra más ansioso o parece desconectado de su familia.
Hay que descartar otras causas
La dificultad está en que esas señales también pueden aparecer por otros problemas. Dolor, artrosis, sordera, pérdida de visión, alteraciones hormonales, enfermedad renal, efectos de fármacos o tumores cerebrales pueden cambiar la conducta de un perro mayor.
Por eso los veterinarios no recomiendan etiquetar el caso como demencia sin una revisión completa. Primero hay que descartar causas tratables, valorar el dolor, revisar los sentidos y analizar si el cambio responde a un deterioro cognitivo real.
Una herramienta útil es el acrónimo DISHAA: desorientación, cambios de interacción, alteraciones del sueño, pérdida de hábitos de higiene, cambios de actividad y ansiedad. No todos los perros presentan todo, pero la combinación debería activar la consulta.
Las cifras explican por qué conviene tomárselo en serio. Colorado State University señala que la disfunción cognitiva canina puede afectar al 35% de los perros mayores de ocho años, una proporción demasiado alta para considerarla excepcional.
El Dog Aging Project también encontró un patrón claro. En más de 15.000 perros, las probabilidades de disfunción cognitiva aumentaban un 52% por cada año adicional, al ajustar otros factores como salud, raza, esterilización y actividad física.
El dato sobre actividad es especialmente interesante. Los perros inactivos presentaban muchas más probabilidades de deterioro que los muy activos, aunque los investigadores advierten de que la relación no demuestra causalidad y puede funcionar en ambos sentidos.
La biología refuerza el interés científico. Estudios recientes han analizado biomarcadores usados en neurodegeneración humana, como neurofilamento ligero, GFAP y beta-amiloide, y han observado señales compatibles con envejecimiento cerebral y deterioro cognitivo canino en perros mayores.
Para las familias, la conclusión es práctica: no hay que esperar a que el perro parezca gravemente enfermo. Si cambia su sueño, su orientación, su carácter o sus rutinas, conviene consultar antes de que el proceso avance demasiado.