Maricarmen poco antes del desahucio.
Ya tienen lo que querían: un traje de falso luto confeccionado para la ocasión. La muerte de Maricarmen, ciudadana española a la que han presionado hasta su colapso para convertirla en un símbolo de lucha por el derecho a una vivienda digna, ha auspiciado a un sector de la izquierda a organizarse para protestar contra la oposición a un Gobierno que, tras ocho años en el poder, no ha sabido adoptar ninguna medida eficaz para acabar con uno de los mayores problemas a los que se enfrenta hoy nuestro país. Encarnando una de las tantas muestras del fracaso institucional al que nos tiene acostumbrados Pedro Sánchez, la memoria de Maricarmen será durante toda la campaña mancillada para, desde un sector político carroñero y amoral, justificar todo lo que pueda acontecer.
En las últimas semanas hemos visto la degeneración democrática en su máximo esplendor. Sindicatos se han ajustado la cofia y han desenrollado pancartas olvidadas en el armario de los últimos recursos para, recibida la orden, defender un modelo que los ceba premiando un mutismo servil e indiscreto; periodistas todólogos que, no conociendo el mundo más allá de las páginas de la Súper Pop y resaltando sus labios ante las cámaras con el gloss que regalan al comprarla, se permiten la licencia de llamar asesinos a los que se han ceñido a consultar y aplicar las normativas que el Gobierno, con desidia, mantiene vigentes desde que llegó al poder; y una clase política que sin respeto ni pudor ha utilizado la imagen –y la vida– de una anciana anónima para hacer saltar un nuevo 11-M que les permita manosear las urnas y reinfectar a la desesperada las instituciones de un país cada vez más hastiado de su gestión.
Todos se han puesto manos a la obra para asestar el tiro de gracia al contrato social que garantiza la convivencia, lanzando una mirada nostálgica al germen guerracivilista que sembró Jose Luis Rodríguez Zapatero y cuya incandescencia notamos hoy sobre nuestras cabezas.
Que nadie se engañe. Lo acontecido durante el último mes en torno a la figura de una ciudadana vulnerable no ha sido más que la consecución de un plan proyectado al milímetro en la línea temporal de una legislatura ensuciada por la corrupción y los escándalos de una mafia que, avistando su final, invoca prácticas éticamente cuestionables para manejar la voluntad del pueblo.
Hay quienes todavía manifiestan perplejidad y se llevan las manos a la cabeza viendo la insolencia con la que se atreven a escurrir el bulto Sánchez y sus socios, pero no es de extrañar, pues durante los últimos años han dedicado sus esfuerzos a tomarle el pulso a una sociedad que, a golpe de titular, ha tolerado comportamientos propios hoy de otras latitudes democráticamente inertes. Sin más pretensión que su propia supervivencia, la izquierda ha preferido utilizar el poder para incendiar de nuevo debates que nos retrotraen a conflictos pasados, y para ello ha ido dejando languidecer las instituciones que hasta ahora ejercían de contrapeso a los eventuales desvaríos autoritarios de cualquier inquilino de la Moncloa. Al principio lo hacían tímidamente, por encargo directo a sus matones mediáticos que en prensa cuestionaban sentencias judiciales, señalaban públicamente a periodistas y ciudadanos críticos y justificaban represalias contra ellos. Con el paso del tiempo y viendo el nivel de transigencia del español medio, fueron perdiendo la compostura e iban validando métodos de una repugnancia ética proporcional al descontento social para seguir incrustados en el escaño.
Y es hoy aquí cuando Sánchez, desprovisto de decoro y acorralado por sus propias fechorías, decide que es el turno de Maricarmen. Casi trescientos mil desahucios después de llegar al poder, ella ha sido la elegida para frenar su caída. Útil hubiera sido legislar con temple, y, sin embargo, políticos, tertulianos y activistas decidieron que sería más efectivo lanzar a una ciudadana a los leones. Entrevistas, desahucio televisado, especiales informativos y la parodia de aquel 15-M que tanto daño hizo a la salud democrática de nuestro país, donde se permitió extravasar los límites de la convivencia para pisar lodazales éticos en los que el orden y el respeto brillaban por su ausencia.
Ese era en todo momento el objetivo: un sacrificio obligado, la muerte anunciada de Maricarmen para mandar a la ciudadanía la advertencia adulterada de lo que ocurriría si en las próximas elecciones la derecha sumase mayoría. Maricarmen dejó de ser una mujer anónima para convertirse en un mero instrumento político al que estrujar para que unos pocos puedan tapar sus vergüenzas. Probablemente ella misma no supiera quién debía rendir cuentas de su desahucio, pero quizá le hicieron creer que su lucha serviría para algo más que para la supervivencia de un autócrata sin escrúpulos que, de no caer, acabará por desmembrar el espíritu de la concordia para levantar un muro que vuelva a fragmentar los cimientos sociales de un pueblo que no hace tanto que aprendió a entenderse.