Maricarmen en el hospital.

Maricarmen en el hospital. Sindicato de Inquilinas.

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Adiós, señora Abascal

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El pasado 24 de septiembre escribí un artículo titulado «Maricarmen: summum ius, summa iniuria». En él reflexionaba sobre la relación entre la ley, la Justicia y el bien común a propósito del desahucio de una mujer de 87 años.

El pasado 7 de octubre, Maricarmen Abascal falleció.

Hoy habría podido regresar a su casa.

No voy a escribir otro artículo sobre el desahucio. Ya expresé entonces mis dudas jurídicas y mis reflexiones sobre las insuficiencias que puede revelar nuestro ordenamiento. Tampoco pretendo buscar culpables de una muerte cuyas causas y circunstancias no me corresponde determinar.

Hoy quiero escribir sobre una persona.

Sobre una mujer que había vivido más de setenta años en una misma vivienda. Una mujer que, como cualquiera de nosotros, no siempre tuvo 87 años. Antes fue una niña, una joven, una mujer adulta. Una persona con ilusiones, esperanzas, alegrías, penas, vergüenzas y su propio carácter. Seguramente tuvo virtudes y defectos, como todos. Vio pasar generaciones, cambiar las calles y transformarse el mundo mientras aquella casa permanecía como una referencia constante de su existencia.

No conocí personalmente a Maricarmen.

No sé cuáles eran sus costumbres, qué recuerdos conservaba con mayor cariño, qué le hacía reír o cuáles eran sus pequeñas alegrías cotidianas.

Y precisamente por eso me resisto a convertirla en un personaje construido a conveniencia de mis opiniones.

Porque Maricarmen no era un símbolo.

Era una persona.

Otros podrán convertir su historia en una bandera política, en un argumento ideológico o en una consigna. Cada cual responderá de sus palabras y de sus intenciones.

Yo prefiero recordar que detrás de aquella anciana que vimos salir en camilla había una vida entera que merecía respeto.

Me han impresionado especialmente los insultos y las descalificaciones que ha recibido. La facilidad con la que algunos han juzgado su situación, cuestionado su sufrimiento o convertido su desgracia en motivo de burla.

No hace falta compartir sus reivindicaciones, ni estar de acuerdo con quienes la apoyaron, ni siquiera considerar injusta la resolución judicial para comprender algo elemental.

Una persona merece respeto.

También cuando se equivoca.

También cuando reclama algo a lo que quizá no tenga derecho.

También cuando su situación resulta incómoda para nuestros argumentos.

La dignidad humana no depende de que tengamos razón.

Y tampoco desaparece cuando alguien pierde un pleito.

En mi anterior artículo recordaba que una sociedad mercantil puede tener patrimonio, derechos y sufrir perjuicios económicos, pero no envejece, no enferma ni siente miedo.

Maricarmen sí.

Y ahora ha muerto.

No sabemos qué habría sucedido si hubiera permanecido en su vivienda. Sería irresponsable afirmar que el desahucio causó su muerte sin disponer de elementos suficientes para establecerlo.

Pero conocemos algo que resulta dolorosamente cierto.

Cuando finalmente se había alcanzado un acuerdo que le permitiría regresar a su hogar, ya no hubo tiempo.

Hay algo profundamente triste en esa circunstancia.

Los procedimientos tienen plazos. Los contratos tienen fechas. Los derechos pueden reclamarse, discutirse y reconocerse después de años de controversia.

La vida humana, en cambio, no admite prórrogas.

Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que nos deja esta historia: no basta con encontrar una solución justa. También importa que llegue cuando todavía pueda servir a quien la necesita.

Pero hoy no quiero terminar hablando de leyes.

Quiero pensar en aquella mujer de 87 años, en los recuerdos que debieron acompañarla durante toda su vida y en la casa a la que deseaba volver.

Quiero pensar también en quienes la acompañaron, la cuidaron y procuraron que no se sintiera sola.

Y quisiera que, al menos por un momento, dejásemos de discutir sobre propietarios e inquilinos, sobre partidos, leyes y resoluciones judiciales.

Que dejásemos de utilizar su nombre para defender nuestras propias convicciones.

Que recordásemos sencillamente a Maricarmen.

Una mujer que quería volver a su casa.

Adiós, señora Abascal.

No tuve el honor de conocerla, pero su historia me hizo reflexionar sobre el Derecho cuando todavía vivía. Su muerte me recuerda ahora algo anterior y superior a cualquier controversia jurídica: el valor de cada vida humana.

La semana pasada murió.

Hoy habría podido regresar.

Descanse en paz y que Dios la guarde en su memoria.