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El asalto que sobraba

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Todo empezó en la intimidad. Podemos, con un contundente abrazo, asaltó la cama del presidente del Gobierno. Y el presidente, perezoso, durmió feliz como un oso. Había mentido, pero era un signo halagüeño. Todo quedó en un sueño. Al poco y ya bien despierto le asaltaron por la espalda un par de pedigüeños. EH Bildu y los indepes, con un "pacto de gobernabilidad". Lo que nunca, ¡en qué cabeza cabe!, iba él a permitir. El presidente, desperezado y con prisa, ¡aceptó con una sonrisa! España bien vale una sisa. Había mentido de nuevo, esta vez lúcido, insomne. ¡Caray, si basta con cambiar de opinión! Pues a lo hecho, pecho: asaltó él mismo el "procés" con una Ley de Amnistía. Esa que nunca, ¡jamás!, propondría. El presidente, altruista, "presos políticos" mediante, enfiló camino adelante. Había mentido otra vez, ¡pero actuando en conciencia!, harto de incomprensión, y sometido a obediencia.

Durante el dichoso Covid, -un virus intrascendente-, de un asalto y sin pudor confinó a propios y extraños. Los encerró a cal y canto, innecesariamente, por la ciencia de unos "expertos" de un grupo ¡inexistente! Y por dos veces, ¡dos!, contra la Constitución. El presidente, sin importarle ya ley, ni expertos, ni gente, decretaba medidas a tientas, sin tino ni seso. La Fiscalía todo este rato callada, porque, ¡eh!, "¿de quién depende?" Pues eso… Había mentido, ¡otra más!, pero es que el virus, primero, no iba a llegar y, entretanto, se había ido.

Al llegar, esta vez sí, de la dana el fango y el barro, decidió asaltarnos a todos, ya plenamente chulesco. Se le agotó la paciencia: "si quieren ayuda, que la pidan". Al presidente se le apagó la conciencia.

En fin, así estamos… Ha habido tantos asaltos, al bienestar, la honestidad, la rectitud y la honradez, la dignidad y el respeto, y a la incorruptibilidad. Cometidos sin pudor, sin decoro ni recato, perdiendo la compostura y faltos de moralidad. ¿A quién le puede extrañar que nuestro "más fiel aliado", ese que "siempre coopera" y que jamás "actuó mal", tolere y aliente un asalto humanitario a un reducto insolidario que debía estar preparado para su "nueva realidad estructural"? Lo sabe el Comendador de los Creyentes: el presidente, en cualquier crisis, miente, y más le vale no hacer nada, ni útil ni hiriente.

En verano, que cumpla con su "derecho al descanso" por "trabajador" incansable. Estuvo al "pie del cañón", en Tenerife y Andorra, pero no por holgar ni vacar. Estuvo reflexionando, cruelmente acongojado ante un dilema existencial: ¡disparar o no disparar, esa era la cuestión! Un hombre, -¡gracias, bendito Marx!-, cauto en vez de insensato.

Porque, ¿qué otra cosa podía hacer con un inmigrante-asaltante que debía rechazar si no es "liarse a tiros con él"? Pues hombre, sin necesidad de acribillar a nadie, -¡válganme Ulbricht y Honecker, qué idea, Sr. Presidente!-, se me ocurre así, a bote pronto, desincentivar su entrada, deshacer el efecto llamada, disuadir con inversión defensiva, militarizar lo indispensable, incluso usar unos botes de humo o unos chorros de agua a presión, ¡pero sin asesinar a nadie! Y bueno, quizá con antelación, desautorizar con firmeza y con sus ministros a coro cualquier reivindicación de Marruecos. Desde luego, sobre Ceuta, y ya puestos, sobre Melilla, y las Islas Chafarinas, y las que dicen Afortunadas, y todos los islotes patrios, incluido Perejil.

Ha sido el asalto a Ceuta la gota que colma el vaso, el asalto que sobraba, pero que hasta para un ciego evidencia la más absoluta inconsecuencia. A saber, la falta de correspondencia entre lo que se piensa, dice o promete y lo que al final se hace. ¡Y siempre a costa de los demás! Presidente, ¡que van ocho años de daños! Presidente, ¿por qué no se va?