La adopción de la IA demanda nuevos perfiles que combinen negocio y tecnología. Freepik
La inteligencia artificial ya no es una promesa de futuro. Es una decisión de presente.
En apenas dos años, miles de empresas han comenzado a sustituir tareas tradicionalmente realizadas por perfiles junior por sistemas automatizados capaces de redactar informes, analizar datos, programar código básico, atender clientes o generar contenido en segundos. Según el último informe de McKinsey & Company, hasta un 30% de las horas trabajadas actualmente podrían automatizarse antes de 2030. Y los puestos más expuestos no son precisamente los directivos: son los empleos de entrada.
El problema es que muchas compañías están descubriendo la eficiencia, pero olvidando algo esencial: el talento no nace, se fabrica.
Durante décadas, los perfiles júnior fueron la cantera natural de las organizaciones. Entraban para aprender el oficio, equivocarse, observar y adquirir criterio. Nadie empezaba siendo senior. Había un recorrido lógico de crecimiento profesional que permitía transmitir experiencia entre generaciones.
Hoy ese recorrido empieza a desaparecer silenciosamente.
Las tareas repetitivas o básicas que antes servían como entrenamiento profesional están siendo absorbidas por la IA. Desde departamentos financieros hasta despachos jurídicos, agencias de marketing o consultoras tecnológicas, la pregunta empieza a repetirse en muchos consejos de administración: “¿Por qué contratar a un junior si la inteligencia artificial puede hacerlo más rápido y más barato?”
La cuestión parece razonable… hasta que se mira a largo plazo.
Porque los juniors no eran solo un coste operativo. Eran la inversión necesaria para crear el talento del futuro. El lugar donde se construía el criterio profesional. Y el criterio no se descarga desde una aplicación.
Se aprende viviendo errores, interpretando matices, gestionando conflictos y entendiendo cómo funcionan realmente las personas y las organizaciones. La inteligencia artificial puede generar respuestas, pero todavía no sabe transmitir oficio.
Ahí aparece la gran contradicción de esta revolución tecnológica: estamos automatizando precisamente la etapa donde nacían los futuros expertos.
Según datos del World Economic Forum, el 44% de las habilidades laborales actuales cambiarán en los próximos cinco años. Sin embargo, mientras las empresas hablan constantemente de transformación digital, muy pocas están hablando de cómo van a transformar también sus modelos de aprendizaje interno.
Porque si desaparecen los espacios donde se forma el talento joven, dentro de unos años faltarán perfiles preparados para asumir posiciones de responsabilidad. Y entonces llegará una pregunta incómoda: ¿de dónde saldrán los próximos líderes, especialistas o directivos si nadie tuvo oportunidad de aprender el oficio?
La tecnología no es el problema. Negarlo sería absurdo. La inteligencia artificial probablemente sea la mayor revolución productiva de las últimas décadas. El error está en utilizarla únicamente como sustitución y no como acelerador del talento humano.
La IA debería permitir que un junior aprenda más rápido, no que desaparezca antes de empezar.
Porque quizá el mayor riesgo de esta nueva economía no sea perder empleos.
Quizá el verdadero riesgo sea que las empresas dejen de saber cómo se construye una persona imprescindible.