Un joven consume cannabis. Getty Images
SOS de una madre
Hoy ha sido un día en el que pago, una vez más, mis malos manejos como madre.
Me repito que no existe un manual para criar hijos. Que somos, en la mayoría de los casos, una versión mejorada —o deformada— de lo que aprendimos de nuestros padres.
La adolescencia es dura, para ellos y para nosotros. No es excusa, pero sí contexto.
Llevo días buscando artículos sobre las leyes que protegen a los menores. No hay duda de que son necesarias. Incluso creo que podrían ser más rigurosas.
Pero no encuentro nada sobre qué pasa cuando son ellos quienes dañan: al sistema, a su familia, a sí mismos.
Sé que es un tema polémico, pero también sé que este grito puede servir a muchas familias.
Cuando mi hijo mayor, con 16 años, conoció las leyes que lo protegían, me ató de pies y manos.
Fueron dos años duros. Llegué a pesar 56 kilos. Se iba de fiesta, volvía pasadas las 4 am con la Guardia Civil, diciendo que su madre no lo dejaba entrar. Repetía esa historia cada fin de semana… hasta que en el cuartel entendieron que no era verdad.
El consumo de marihuana era parte del caos. Hoy, si bien ha bajado, sus efectos siguen presentes.
Y ahora, parece que todo se repite con el pequeño.
¿Es mi culpa? En gran parte, sí.
Pero también pienso que por mucha ley que los proteja, eso no puede ser vía libre para hacer lo que quieran. No reciben ayuda ni límites: se encaminan a ser adultos rotos.
¿Cómo puede un menor inventar una historia y que los adultos la crean sin más?
¿Cómo puede decidir irse de casa y quedarse donde unos amigos, sin que nadie consulte primero a su familia?
Yo sé leer en una piel si hay hambre, en una mirada si hay cariño. ¿Por qué no se actúa con más criterio antes de juzgar a una madre?
No pido castigos severos ni centros de reeducación por defecto. Pero algo tiene que pasar.
¿Qué fue de las labores sociales como forma de despertar humanidad?
Si no hacemos algo, seremos una población envejecida cuidada por una generación sin empatía ni límites.
Muchos educadores quieren enseñar, pero están sobrepasados. ¿Cómo atender a 30 alumnos si cinco se desbordan y tú no puedes intervenir sin que se te vuelva en contra?
Antes me preguntaba por qué no sacaban a esos niños de pasillos. Hoy entiendo que si los persiguen, se quedan sin atender al resto.
Mientras tanto, leo a Stefan Zweig. Me conmueve saber que se quitó la vida, empujado por una época inestable, por sentirse sin patria ni sentido.
No quiero volver al autoritarismo. Tampoco creo que esta generación supere a las anteriores.
De tanto protegerlos, los hacemos frágiles, y eso los vuelve vulnerables a lo mismo que queríamos evitar.
No estoy contra la marihuana. Creo que el alcohol es más dañino. Pero esta permisividad absoluta es peligrosa, que para todo hay una edad. Se están fumando hasta la hierba de los parques, y encima se justifica.
La libertad sexual en los institutos no es el problema. El problema es la ignorancia sin freno.
Me impactó leer que una niña de 16 puede abortar sin permiso. ¿Y el trauma emocional?
Ahora nos venden que las FP son mejor opción que la universidad. Que no hay que esforzarse.
¿De verdad eso no traerá consecuencias?
Quien escribe esto no tiene títulos. Sólo soy una madre que ha vivido. Una que piensa. Una que compara lo que fue con lo que ve. Y que, por necesidad, analiza.
Probablemente esto no sea aprobado. Dirán: "Otra loca más con teorías".
Pero si una sola persona recoge este grito como recoge una bolsa para no tirarla en la calle... entonces habrá valido la pena.