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La carrera hacia La Moncloa llegó a los videojuegos en 1986

Elecciones Generales, un título de ordenador de los ochenta, permitía vivir los entresijos para formar gobierno frente a los partidos de Felipe González, Manuel Fraga y Adolfo Suárez.

Alfabetajuega

La situación política por la que está pasando España es algo que, a falta de desenlace, ya es seguro que quedará para la historia. Nunca se había presentado un panorama de estas características, propiciado en buena medida por la irrupción de formaciones políticas de nuevo cuño que se presentan como alternativa a partidos tradicionales. Y si visto desde fuera ya parece bastante compleja la tarea de llegar a la presidencia del gobierno en medio de un reparto de votos encarnizado, visto desde dentro debe ser para ponerse a sudar la gota gorda.

Todo un reto lo de ganar unas elecciones, no cabe duda. Un reto que los amantes de los videojuegos tuvieron la posibilidad de vivir en primera persona, claro que en este caso todo quedaba entre el usuario y el sistema, y no pasaba nada si ese primer intento de culminar con éxito una andadura como esta tenía un resultado tirando a “desastroso”. Sobre todo porque siempre quedaba la opción de volver a empezar otra partida para finalmente lograr ser elegido el partido que gobierne el país durante los siguientes cuatro años.

Está quedando claro estos días que alcanzar la presidencia desde las filas de un partido político, especialmente con poca trayectoria a cuestas, no es moco de pavo, y precisamente esa fue la clase de desafío en la que un desarrollador avispado encontró su musa para crear un juego. Corría el año 1986 y la idea tuvo lugar dentro de otro marco de elecciones generales. El título fue destinado para la “humilde” circuitería de un ya desaparecido ZX Spectrum.

Aquella cinta de cassette con el título 'Elecciones Generales' escondía un juego llamado a romper moldes. No porque inventara la simulación política, que no es el caso, sino por su originalidad. En un momento en el que la mayoría de los videojuegos domésticos estaban abonados a terrenos más dados a la acción, y el género de la estrategia bebía más de los juegos de guerra, a un programador llamado Paco Martín, que también sorprendería con otros títulos como “Fernando Martín Basket Máster” o “Aspar Gp Máster”, se le ocurrió hacer un programa para la línea “Juegos y Estrategia” de Hobby Press, que representara, precisamente, la carrera electoral de aquellas elecciones generales de junio del 86 y que permitiera al jugador tomar parte en ella con su propia formación política.

¿Los contrincantes?, los tres partidos mayoritarios que presentaban candidatura con sus líderes al frente: El PSOE de Felipe González, buscando revalidar su legislatura en mayoría absoluta; Alianza Popular con Manuel Fraga a la cabeza, y el CDS de Adolfo Suárez.

Comprometidos por su ciudad

El jugador se erigía como presidente de la formación a la que creaba de cero, y a la que también debía bautizar con siglas. Su tarea era administrar un capital inicial y, a lo largo de 16 semanas, establecer delegaciones a lo largo y ancho de la geografía española para ganar afiliados y que el partido y sus arcas fueran creciendo. Todo el juego se manejaba con sistema de menús y las acciones estaban al alcance de una sola pulsación de tecla, por lo que la complejidad en el control no era excesiva, y en realidad tampoco lo era en su funcionamiento.

Las reglas para el juego político de Elecciones Generales consistían en contratar hasta cinco delegados y ubicarlos en alguna de las principales provincias. Una vez allí, se podía adquirir una sede para el partido, asegurar la actividad en la zona y mover al personaje a otra región. Eso sí, había que tener en cuenta el saldo disponible y los costes, tanto en sueldos para los delegados como el gasto que suponía el comprar un edificio, al alza en las provincias de mayor relevancia nacional.

La semana concluía al realizar tres acciones, dando paso a un telediario que ponía al día sobre la situación en el país. Principalmente hablaba de las aperturas de nuevas sedes y las representaciones adquiridas por cada partido, lo que poco a poco iba copando el mapa político español. Una de las acciones que estaba en la mano del jugador era echar un vistazo a la situación, ver qué sedes y delegaciones estaban ya abiertas y a qué terreno se podía llegar todavía en primer lugar, e incluso encargar un sondeo de opinión a nivel local o nacional, si es que se contaba con un saldo que lo permitiera.

Y es que la “financiación del partido”, como sigue pasando actualmente, era otro de los dolores de cabeza que se tenía como presidente del mismo, más cuando sucedía la desgracia de que un incendio arrasara una de las sedes principales.

Por supuesto en Elecciones Generales, había posibilidades de financiación al alcance de un partido. E igual que también sucede en la realidad, y no de aquel año 1986, si no de ahora, estas posibilidades podían ser legales, o “subterráneas”, como se denominaban. Un hecho que cuando uno cae en que en aquella época ya se contemplaba algo así en un juego de simulación política, y que si ese título se lanzara ahora mismo, tendría que ser una opción que seguiría incluyéndose porque estaría vigente, da que pensar en qué poco se ha avanzado en según qué cosas.

Pero volviendo al juego, y a cómo se financiaba el partido creado por el jugador, Se tenía por un lado una medida no muy popular pero efectiva que era subir las cuotas a los afiliados, que al aumentar en número y dar más visibilidad al partido, se convertían en el motor económico al que había que cuidar para que pudiera dar el máximo posible. Si la cosa no funcionaba, siempre había un banco dispuesto a ofrecer un suculento crédito con intereses, claro está.

La inversión podía ir directa a seguir construyendo sedes y obteniendo territorios, o se tenía la opción de fundar nuestro propio medio de comunicación para dar difusión a las siglas y que repercutiera en la cantidad de afiliados. Y luego estaba esa tercera opción de “dinero subterráneo”, que podía venir a parar a las arcas del partido a través de cuatro tramas (sueca, alemana, soviética y americana) para sumar 25, 50, 75 y 100 millones respectivamente. Lógicamente, a mayor embolso menos disimulo, por lo que había que proceder con precaución para que los competidores no notaran que de la noche a la mañana el partido se podía permitir abrir tres sedes más con dinero “aparecido de la nada”.

Alguien ha sido malo…

También se sabe el dicho de que en la guerra y en el amor todo vale, y en Elecciones Generales no pasaba por alto esa faceta más controvertida de la política. Ya en las noticias semanales se iban dando en el juego algunos retazos de factores un tanto turbios. Un delegado que era detenido por actividades ilegales y condenado a cárcel con multa ejemplar, otro que de repente sentía ganas imperiosas de salir de viaje a “Sebastopol” con el descuido de llevarse encima 5 millones de la caja del partido, sospechas de espionaje y de financiaciones ilegales por parte del resto de las formaciones… Había un lado oscuro en Elecciones General en el que se podía meter la cabeza como con las opciones de financiación, pero en el juego había que estar listo para asumir las consecuencias.

Es curioso seguir comprobando como un juego de aquel año, tiene tantas similitudes con la actualidad, ya que, no a través de grabaciones, pero sí de otras formas, permitía hasta espiar a los otros partidos. ¿Qué estarían tramando en sus despachos? Practicar el espionaje político facilitaba un valioso dato sobre el próximo movimiento de uno de los tres partidos restantes a nuestra elección. Pero ojo, porque era muy fácil, y sobre todo si según las noticias ya se encontraban con la mosca detrás de la oreja, que lo cogieran en un renuncio y todo saliera a la luz. En ese caso el partido era declarado ilegal y se daba con los huesos virtuales en prisión, tal como recordaba el juego, “por tu mala cabeza”.

Elecciones Generales era un juego cuya mecánica era fácil de dominar, contaba con una gran originalidad en cuanto a temática y era muy cercano por ese toque de política vista desde pie de calle. Detalles como estos, unidos al simpático trabajo de M. A. Hijosa en los gráficos, hacían que a pesar de no aparecer en primera instancia junto a los clásicos de la llamada edad de oro del software español, siga siendo recordado con gran cariño por los usuarios que en su día intentaron asaltar desde las urnas la presidencia del gobierno. Ya se encontraron entonces con que no era tarea fácil, y si encima hubiesen tenido que negociar con el ramillete actual de formaciones habiendo temas delicados sobre la mesa, más aún. De hecho, si se decidieran a hacer una secuela situada a día de hoy, se cambiaría muy poco, pero sí se podrían añadir muchas otras opciones que la realidad política actual está mostrando cada día. ¿Alguien se anima a programar esa secuela?