La tribuna

Rusia vota, gana Putin

Rusia vota, gana Putin

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"Dos ideas muy extendidas se dan en torno a las quejas de la oposición en Rusia. La primera es que, por alguna extraña razón, Rusia está exenta de la regla general de que la popularidad del régimen cae al mismo tiempo que se deteriora la economía. La segunda es que las autoridades han conseguido amordazar a la oposición de tal manera que las voces descontentas no son en realidad protestas, sino solo demandas locales o personales. Ambas se basan en supuestos erróneos. (…) Y ambas impiden explicar los movimientos de oposición en el país”. Así comenzaba la politóloga Yekaterina Schulmann uno de sus últimos artículos en The Moscow Times, en el que explicaba que, efectivamente, existe una creciente oposición al Kremlin.

Tras años de apoyo casi incondicional a Putin, desde 2011 las críticas de los ciudadanos son frecuentes. La hasta ahora mayoría silenciosa ha empezado a hacer ruido, y las huelgas y las protestas se suceden. Sin embargo y salvo sorpresa mayúscula, el escenario político no va a cambiar con las elecciones legislativas de este domingo; al contrario, se prevé que estos comicios seguirán apuntalando el régimen que tan meticulosamente ha levantado Vladimir Putin. ¿Dónde está esa oposición, pues? ¿Hasta qué punto son importantes estas elecciones?

La cita con las urnas servirá para elegir la composición de la Duma, la Cámara Baja de un sistema bicameral que completa el Consejo de la Federación, el órgano de representación regional. Con 450 diputados, la Duma es el principal órgano legislativo del país.

Desde Yeltsin, las elecciones legislativas se toman como verdaderos plebiscitos sobre la naturaleza y validez del sistema

Ya desde la era Yeltsin las sucesivas citas electorales no se tomaron tanto como una simple elección de representantes sino como verdaderos plebiscitos sobre la naturaleza y validez de un sistema en construcción. El liderazgo de Putin, al igual que el de Yeltsin antes, ha sido indiscutido como dirigente de la nueva Rusia: votando sus opciones políticas no se les votaba a ellos, se refrendaba el nuevo régimen. Esto explica el limitado apoyo que históricamente viene teniendo el Partido Comunista, que nunca ha sido una verdadera opción de oposición al gobierno, sino que representa los ideales nostálgicos de los pocos que todavía sueñan con volver a un sistema soviético.

La disolución de la URSS en 1990 causó seguramente tanta conmoción entre los rusos como la Revolución de 1917. Los años siguientes el país vivió un caos liberalizador en economía -que se abría a los mercados después de décadas de control estatal- y también en política, con la aparición de numerosos movimientos, asociaciones y partidos. Cuando Putin, gestor experimentado elegido y respaldado por el régimen, llegó al poder en el 2000, prometió no traer “más revoluciones”, de las que sus compatriotas no querían oír hablar más.

Desde entonces siempre ha defendido su gestión de la nueva y tan ansiada estabilidad, basada en una serie de reformas que sirvieron para devolver verticalidad a la estructura de poder en el país. Al principio, el nuevo presidente se ocupó de regular y restringir el sistema de partidos, limitando notablemente su número. Además, recuperó parte del poder otorgado por Yeltsin a las regiones, cuyo pulso con la Administración federal había llegado tan lejos que algunas desafiaban abiertamente no solamente las leyes ordinarias de la Federación sino también la Constitución.

La oposición a Putin en la Duma es de la considerada sistémica: el régimen se vale de ella para legitimar su dominio

Situándose por encima del debate político, Putin ha logrado que se llegue a la peligrosa confusión Estado-nación-partido-líder, con lo que la oposición queda desactivada y el poder del Kremlin permea todas las instituciones.

Hoy, además de Rusia Unida -el partido representado por un oso pardo que extraoficialmente lidera Putin-, los tres partidos presentes en la Duma están considerados como oposición sistémica, de la que el régimen se vale para legitimar su dominio. Además del Partido Comunista, el partido de izquierdas Rusia Justa y el ultraconservador Partido Liberal-Demócrata -dirigido por un anciano militar, Zhrinovski, a quien se ha comparado con Trump- apoyan con frecuencia en la Asamblea las iniciativas del gobierno.

Fuera de la esfera oficial, la verdadera oposición política se organiza en movimientos o pequeños partidos que nunca consiguen superar el mínimo del 5% de los votos necesarios para entrar en la Duma. Líderes, periodistas críticos y activistas sufren persecuciones. La corrupción es elefantiásica y la burocracia pesada. Pertenecer a Rusia Unida facilita las cosas; militar en la oposición te hace blanco de intimidaciones.

Los rusos acuden a las urnas con el desilusionado convencimiento de que, voten lo que voten, no se verá un cambio

La consecuencia de todo ello es la apatía social. Los ciudadanos, actores necesarios en esta ficción democrática que sirve para revestir de legitimidad al sistema, acuden a las urnas con el desilusionado convencimiento de que, voten lo que voten, no se verá un cambio. Por si fuera poco, no votan con demasiada frecuencia y los candidatos resultan poco atractivos. Cerrada la vía política natural, las protestas se suceden hoy en toda Rusia, alimentadas por la acusada recesión económica.

Producto de la frustración, las voces críticas han crecido desde diciembre de 2011, cuando en las últimas elecciones legislativas se extendió el rumor de fraude y multitudes tomaron la plaza Bolótnaya de Moscú pidiendo que Putin dimitiera. En febrero de 2015 se dio la última gran crisis tras morir tiroteado el líder opositor Boris Nemtsov, algo que muchos atribuyeron a secuaces afines al gobierno.

Sin embargo hoy no pueden esperarse revueltas organizadas ni un movimiento revolucionario a nivel estatal: los ciudadanos políticamente involucrados no son tan jóvenes como para estar dispuestos a enfrentarse en las calles a una policía altamente preparada para tal eventualidad. Las protestas son a pequeña escala y persiguen victorias locales, en su mayoría. Además el conflicto con Ucrania ha alimentado el sentimiento nacionalista, que ayuda a ensombrecer las críticas.

Según las encuestas, el Partido Comunista dejará por primera vez de ser el primer partido de la oposición

En cualquier caso, las elecciones de 2011 ya supusieron un grave retroceso de Rusia Unida, que bajó del 64% al 49% de los votos, perdiendo su mayoría absoluta. Apoyado en casi todo por alguno de los partidos presentes en la Duma, el programa de reformas ha salido adelante, pero Putin no está dispuesto a cometer el mismo error. Por ello ha recuperado un viejo sistema de elección que bajo el argumento de acercar las regiones más remotas a la política estatal le beneficiará en los resultados.

La mitad de los parlamentarios (225 de 450) se elegirán a través de votos a listas cerradas de partidos, y los restantes, directamente por los ciudadanos en una circunscripción única de todo el territorio, lo que, aunque quizá traiga alguna cara nueva a la Asamblea, favorece al partido hegemónico. Si la legislatura entrante se encara con gran número de diputados propios en la Duma, se habrá puesto una buena base con la que afrontar las próximas elecciones presidenciales de 2018.

No cabe esperar sorpresas en estas elecciones. A tenor de las encuestas, Rusia Unida obtendrá entre un 41% y un 45% de los votos, lo que no sería un mal resultado, mientras que el Partido Comunista dejará por primera vez de ser el primer partido de la oposición, confirmando su progresiva desaparición. El Partido Liberal-Demócrata ocupará su lugar, aunque su estrambótico líder ha declarado en numerosas ocasiones que tiene intención de apoyar al gobierno en lo necesario. Nada nuevo, en definitiva. El invernal gobierno del oso continúa en Rusia.

*** Blas Moreno es graduado en Relaciones Internacionales y miembro de la dirección de la revista 'El Orden Mundial en el siglo XXI'.