Crisis refugiados

Cuando una chabola convertida en restaurante te hace feliz: así es la vida de los refugiados en Calais

En las calles embarradas del campamento, han surgido tiendas, cafés, restaurantes o barberías que corren el riesgo de ser desmantelados.

Despliegue de la policía francesa durante el desalojo de 'La Jungla' de Calais

Despliegue de la policía francesa durante el desalojo de 'La Jungla' de Calais Reuters

El restaurante Hamid Karzai es uno de los más populares del campo de refugiados de ‘La Jungla’ en Calais. Abrió hace tres meses y ofrece media docena de especialidades afganas que van cambiando. “Los afganos queremos paz”, reza el cartel de la puerta. Su chef, Mohamed, me explica que el plato más popular es el kebab de cordero. Lo sirve como si fuera una hamburguesa, acompañado por el típico pan sin levadura y una salsa picante afgana. También prepara pollo frito, berenjenas con tomate y salsa de yogur o varios tipos de alubias.

En ‘La Jungla’ se pueden encontrar no sólo varios restaurantes sino también cafés en los que fumar la tradicional pipa de agua y muchas tiendas de alimentos, en cuyos escaparates abundan las latas de refrescos y las especias. Hay al menos dos barberías y en uno de los refugios ofrecen duchas calientes y un hammam, el tradicional baño árabe. Tampoco faltan varias escuelas, mezquitas, una iglesia cristiana con una minitorre o incluso una biblioteca, Jungle Books. Todo dentro de las precarias cabañas hechas de tablas de madera y recubiertas de plástico para protegerlas del frío y la lluvia.

La torre de la iglesia

La torre de la iglesia

Destino, Reino Unido

El campo de refugiados de Calais se ha transformado en los últimos años en una ciudad efímera en miniatura. Reino Unido es el destino soñado por la mayoría de los habitantes con los que he hablado, sudaneses, afganos o paquistaníes. Porque tienen familia allí, porque aparte de su lengua materna sólo hablan inglés, muchas veces rudimentario, o porque creen que los británicos les darán asilo más fácilmente que Francia. Pero a la espera de una oportunidad de cruzar, cada vez más difícil por el refuerzo de los controles en el Eurotúnel y en el puerto, han creado una comunidad en ‘La Jungla’.

La biblioteca

La biblioteca

La situación en Calais ha dominado precisamente la cumbre franco-británica celebrada este jueves en la localidad de Amiens, en el norte de Francia. Si Reino Unido sale de la Unión Europea, Francia dejará pasar a territorio británico a los refugiados que viven ahora en ‘La Jungla’, ha amenazado el ministro de Economía galo, Emmanuel Macron. El primer ministro británico, David Cameron, ha prometido 22 millones de euros para ayudar al Gobierno de François Hollande a alojar en otras partes de su geografía a los migrantes afectados por la demolición de la parte sur del campo.

En los días de mi visita, las calles de ‘La Jungla’ son un barrizal casi impracticable por la lluvia y el granizo. Sólo algunos tramos se han reforzado con gravilla. Los refugiados se lavan, se cepillan los dientes o hacen la colada en varios puntos de agua potable que hay en el campo. También hay sanitarios portátiles. Las brigadas municipales de Calais recogen la basura. La mayoría de los negocios serán desmantelados en las próximas semanas. Pero las autoridades galas se han comprometido a respetar los espacios comunitarios, en especial escuelas, mezquitas e iglesias.

Guerra, guerra y más guerra

A la hora a la que voy a comer al Hamid Karzai, la mayoría de los comensales son periodistas que han ido a cubrir el desmantelamiento del campo o activistas que tratan de impedirlo. Pero Mohamed me dice que también tiene clientes afganos. Según sus cálculos, hay entre 1.500 y 2.000 en ‘La Jungla’. Decorado con varias alfombras, el restaurante tiene cuatro mesas con manteles de plástico coloridos y bancos para sentarse. El suelo es de tablas de madera y el techo de lona. Dispone de un generador para la luz y bombonas de gas para alimentar los tres pequeños fuegos que se usan para cocinar. La vajilla se lava en un cubo de agua.

El chef del restaurante Hamid Karzai

El chef del restaurante Hamid Karzai

“Todo se estropeó con los bombardeos de EEUU” sobre Afganistán tras los atentados del 11-S en 2001, me dice Mohamed mientras sigue trabajando en la cocina. “Durante los años siguientes no hubo más que guerra, guerra y más guerra”, se lamenta. Originario de la provincia de Kunar, el joven chef tenía un gran restaurante que podía acoger hasta dos centenares de personas. Su especialidad era un pescado con arroz y limón que no puede preparar aquí por la precariedad de medios. Así que apuesta por pequeños platos fáciles, adaptables a un espacio tan pequeño. De pinche tiene a un amigo.

Se marchó de Afganistán hace tres años para escapar de la violencia sin fin. Hizo ruta por Irán y Turquía hasta llegar a Grecia. Y pasó por Italia antes de acabar en Calais. Le gustaría llegar hasta Londres, pero desde que abrió su restaurante en ‘La Jungla’ está contento. “Estoy feliz de trabajar. Sin trabajo no hay dinero. En Calais, en Londres o en cualquier otra parte. Yo lo que quiero es trabajar. Si no trabajo no estoy bien y no puedo sostener a mi familia”, resalta. Con lo que gana ayuda a una veintena de familiares que todavía viven en Afganistán.

El restaurante Hamid Karzai

El restaurante Hamid Karzai

El kebab está riquísimo, igual que las berenjenas con tomate y salsa de yogur. La cuenta es de seis euros. ¿Por qué le ha puesto de nombre Hamid Karzai al restaurante? “Fue presidente de mi país (el primero tras la caída de los talibán). Un gran hombre que trabajó para la gente. Me gusta”, dice Mohamed. De momento, no quiere pensar en la demolición de ‘La Jungla’ que ha empezado a unos 200 metros de su local.

“Francia no es segura”

Me tomo un té con leche en el café Kabul, muy cerca del restaurante. Dos voluntarios franceses explican a un grupo de jóvenes afganos lo que deben hacer para registrarse y pedir asilo. A mi lado se sienta a comer Ahmed, un hombre de alrededor de 50 años con mirada triste. Fue soldado del ejército afgano, pero su situación se volvió “muy peligrosa” por la amenaza de los talibanes y el Daesh, me explica. Su familia todavía está en Afganistán.

El ex soldado Ahmed en el café Kabul

El ex soldado Ahmed en el café Kabul

El destino final deseado por Ahmed es también Londres. Dice que lo ha intentado ya una veintena de veces, pero no me cuenta cómo. No quiere que le tomen las huellas en Calais ni pedir asilo en Francia. “Francia no es un lugar seguro”, afirma.

A primera hora de la tarde empieza a granizar y los habitantes de ‘La Jungla’ corren por las calles embarradas en busca de refugio. Yo lo encuentro en la barbería de Mohamed, que todavía no debe de haber cumplido los 30, y aprovecho para cortarme el pelo. A pesar de lo precario de la cabaña, dispone de todo el instrumental necesario: muchas maquinillas eléctricas, tijeras y navajas de cuchilla recambiable. Cuando les digo que soy un periodista español, Mohamed y los amigos que le acompañan me preguntan si del Madrid o del Barça. Al Valencia no lo conocen.

Todos vienen de la ciudad pakistaní de Peshawar, cerca de la frontera con Afganistán. Mohamed trabajaba de peluquero y uno de sus amigos, el más hablador, estudiaba ingeniería informática. Pero tuvieron problemas con el Gobierno y con los talibán, que no acaban de explicarme, y decidieron huir del país. Llegaron a ‘La Jungla’ de Calais hace tres meses. Me piden información sobre lo que ha decidido el Gobierno francés respecto al futuro del campo de refugiados.

El amigo de Mohamed no quiere quedarse en Francia. “Francia no respeta mis derechos, el otro día un policía me empujó y me rompió el móvil”, cuenta indignado. Me pregunta cómo está la situación en España. Conoce a unos amigos que tienen una tienda de alfombras en Barcelona y les va bien. No descarta seguir su camino. A Mohamed no le importa su destino, siempre que pueda trabajar. “Me gustaría tener mi peluquería en Francia, Italia o España. Donde sea posible”, dice.