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Son las 9 de la mañana y en la taquilla del Royal Albert Hall, en el barrio londinense de South Kensington, ya se reúne un pequeño grupo de visitantes en torno a Peter, uno de los guías. Jubilado desde hace años, este señor vivaracho y de aspecto gentil se dedica, por verdadera vocación, a acompañar a diario a aquellos interesados en recorrer las bambalinas del teatro más grande del mundo.

En la hora y media que dura la visita, desvela con pelos y señales todo tipo de anécdotas. Curiosidades como que, por su escenario, utilizado tanto para conciertos o espectáculos circenses como para partidos de tenis e incluso combates de sumo, han pasado personajes tan diversos como el mismísimo Wagner o The Beatles, Frank Sinatra, Rosalía o Carlos Moyá.

También cuenta algún chisme, como que un atrevido Nelson Mandela se saltó el protocolo y se animó a bailar junto a Isabel II de Inglaterra en un concierto de unión por los artistas africanos y británicos. ¿Lo mejor? La reina, por no dejarlo en evidencia, le siguió los pasos.

Faiths and Empires del Albert&Victoria Museum.

Faiths and Empires del Albert&Victoria Museum. Victoria and Albert Museum, London

Historias que han moldeado el alma de este mítico teatro abierto en 1871. Precisamente, una década después de que el promotor de su creación, el príncipe Alberto, falleciera.

Para entender cómo acabó South Kensington convirtiéndose en el núcleo cultural por excelencia de Londres, hace falta que nos remontemos a mediados del siglo XIX, cuando la ciudad se hallaba en plena revolución industrial.

El país vivía uno de sus momentos más boyantes y a la cabeza de aquel imperio estaba la reina Victoria, máxima representante de la corona británica. Su marido y rey consorte, Alberto, fiel amante de las artes y las ciencias, se encaprichó entonces con un proyecto cultural que situaría a Gran Bretaña a la cabeza del mundo.

Y lo hizo realidad. Empezando por organizar la primera Gran Exposición Universal, un evento con el que mostró los avances logrados por Reino Unido y sus colonias al resto del planeta. Sucedió en 1851 en el Palacio de Cristal de Hyde Park, y fue un éxito: más de 6 millones de personas lo visitaron y la recaudación fue cuantiosa.

¿Qué harían con tanto dinero? Alberto no tuvo duda: seguir invirtiendo en arte.

El Royal Albert Hall en Londres.

El Royal Albert Hall en Londres. Annabel Moeller

Así se creó Albertópolis

Al pasear hoy por las calles de South Kensington, además del Royal Albert Hall, aparecen majestuosos edificios victorianos que acogen algunos de los más renombrados museos del país. También escuelas de música, espacios para la ciencia y monumentos.

Alberto, que luchó por acercar la cultura al pueblo, nunca imaginó que una fiebre tifoidea acabaría con su vida prematuramente, dejando tras él una decena de proyectos inacabados y una devastada reina Victoria que, por honrar a su marido, hizo lo posible por darles vida.

Sin embargo, sí que tuvo tiempo para vivir una inauguración: la del Victoria&Albert Museum, que abrió sus puertas bajo el lema 'Better is to get wisdom than gold' (Mejor es obtener sabiduría que oro) en 1852.

Este ecléctico espacio, el mayor dedicado a las artes aplicadas y al diseño en el mundo, atesora 4 millones de piezas: desde cerámicas chinas a textiles islámicos, armaduras japonesas e incluso reproducciones de esculturas como el David de Miguel Ángel. Sus 45.000 metros cuadrados son el paraíso para los amantes del arte —y su cafetería el mejor rincón para un break con sabor a té inglés—.

Donatello and the Making of Art, en el museo.

Donatello and the Making of Art, en el museo. Victoria and Albert Museum, London

Junto al museo, en la enorme Exhibition Road —la gran avenida que hace las veces de espina dorsal del barrio que acabó conociéndose como Albertópolis en honor a su padrino— se continuaron levantando emblemas de la cultura.

El Museo de Historia Natural, sin ir más lejos, abrió en 1881 en un mastodóntico edificio de estilo neogótico donde descubrir los cómos, cuándos y porqués de las maravillas de la naturaleza. Entre sus 70 millones de objetos hay esqueletos, fósiles, plantas, piedras…. Y una sala completa dedicada a los dinosaurios.

En el Museo de las Ciencias, otro tesoro más de Albertópolis, los esqueletos son sustituidos por grandes obras de la ingeniería como el mismísimo Apolo X, la primera nave espacial que fue tripulada.

Pero el afán de Alberto fue más allá y, de nuevo en la calle, lo comprobamos. Porque ahí está el Royal College of Arts o el Royal College of Music, desde cuyas ventanas fluye la música con la que sus estudiantes se encargan de ponerle banda sonora al barrio. Melodías que animan cada resquicio de este inmenso campus de instituciones culturales y educativas en los que hay lugar, obviamente, para otros dos clásicos: la Real Sociedad Geográfica y el Colegio Imperial de Londres.

Para descubrir la guinda del pastel que es Albertópolis, eso sí, hay que ir hasta el deslumbrante Hyde Park. Allí, frente al Royal Albert Hall, es donde se alzó, por orden de la mismísima reina Victoria, el monumento en homenaje a Alberto.

Amado por unos, odiado por muchos, el Albert Memorial destaca no solo por sus desmesuradas dimensiones —solo hay que contemplar los 53 metros de su aguja gótica o las 169 esculturas que acompañan a la del rey para entenderlo—, sino también por la controversia que generó que la reina gastara gran parte de aquellas ganancias de la Exposición Universal destinadas al arte en su creación.

Sea como sea, ahí continúa, fiel al paso de los años, mientras es testigo de cómo su sueño se hizo realidad: Albertópolis es, sin duda, la ciudad de la cultura por excelencia en Europa.